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Justamente inoportuna

Lo justo nunca es inoportuno. Pero la inoportunidad puede oscurecer la justicia de una decisión. Creo que es el caso del polémico aumento de los salarios legislativos en el orden nacional. Los argumentos para defender la medida, acordada ya en diciembre en una reunión con todos los bloques de la oposición, sale a luz con la agradable sorpresa de un aumento exorbitante en el recibo de sueldo, revelada por algunos legisladores que, con agudeza política, intuyen la polémica que se va a desatar y ensayan recursos para librarse del desprestigio.
Los argumentos van desde la defensa institucional de la función legislativa que pierde dignidad pública si quienes la ejercen no reciben una retribución extraordinaria por su trabajo, hasta la minimización del aumento afirmando que es nada más que el precio de un traje, una camisa y una corbata. En ese amplio margen justificatorio se mueven las actitudes de algunos que generosamente anuncian su renuncia a una parte de esta retribución para obras de beneficencia, manejándose también la excusa de que el importe de las dietas aumentados (30 a 35.000 pesos) es superado ampliamente por el sueldo de muchos ejecutivos de empresas públicas y privadas y, en realidad, esos aumentos no inciden prácticamente en el presupuesto destinado a la Legislatura.
La seguridad con que Julián Domínguez, presidente de diputados afirma que los aumentos no pasan de un 20 % parece ridícula, si se comparan los sueldos anteriores con los actuales, ya que el aumento real es del 100 por ciento. Es necesario entonces aclarar que lo establecido en diciembre de 2011 es un acuerdo de subir los salarios de los legisladores, un 20 por ciento por encima de los mayores sueldos que se perciben en el Parlamento. Y con este acuerdo (que nadie objetó) se llega a la cantidad establecida.
El argumento, si se compara la responsabilidad de un legislador con la de un secretario o un jefe del equipo de limpieza de los recintos, desde luego que suena muy razonable. Pero entonces también habría que comparar los salarios de los profesionales de la medicina con los de los jugadores de fútbol, porque su responsabilidad social es mucho mayor, y de aquí sí debía brotar una compensación oficial mucho mayor.
Pero cualquiera que sea la argumentación de un lado o de otro, creo que esa medida acordada en diciembre y llevada a ejecución con el sueldo de enero es tremendamente inoportuna. ¿No se podía esperar a que las reuniones de las paritarias y el resultado de las discusiones entre empresarios y obreros dieran una medida equilibrada para todas las variantes de salarios? ¿No es difícil justificar a una oposición que rechazó tenazmente las retenciones a los poderosos agroexportadoras, pero aprobó esta ingente suma de aumento en sus propias retribuciones? ¿No se fomenta así una tensión innecesaria que podía haberse evitado? Si se tiene en cuenta el trabajo realizado durante toda una vida por los jubilados, cuya asignación mínima alcanzará, recién ahora, casi los $2.000, ¿no habría que usar el mismo argumento de la dignificación pública de esa etapa final y ponerla al menos por encima de las mínimas de los funcionarios públicos?
Justamente ahora, con absoluta inoportunidad, una medida que, en cuestión de justicia distributiva tampoco las tiene todas consigo.

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