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Homilias Dominicales – Domingo 3 de junio de 2012 – Festividad de la Trinidad (ciclo “B”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Mt. 28,16-20)

Reunidos los once en el monte que Jesús les había indicado, cuando vieron a Jesús se postraron, pero algunos dudaban. Jesús se acercó y les habló: me ha sido dada toda autoridad sobre el cielo yla tierra Vayan y hagan discípulos en todos los pueblos, y bauticen consagrándolos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes hasta el fin.

 

Síntesis de la homilía

La trinidad evangélicamente no es una verdad frente a la que hay que romperse la cabeza sin lograr entenderla. La trinidad es simplemente la perspectiva más clara de la realidad de Dios. El Amor, su esencia relacional. Meterse en las definiciones aclaratorias intentadas en la catequesis tradicional, distinguiendo entre naturaleza y persona, entre igualdad y diferencia, es internarse y perderse en un laberinto filosófico aristotélico tomista que ya no tiene vigencia entre nosotros. Lo revelado, lo enseñado, lo vivido por Jesús de Nazaret, quie es para nosotros lo más completo de que disponemos con relación a Dios y su relación con el hombre, es nada más que un afán  relacional entre nosotros. Desde allí, los vuelos intelectuales más sofisticados, han afirmado lo que es el allá,  lo trascendente, lo impenetrable: un misterio de relaciones. La teología “descendente” que parte del supuesto conocimiento de qué y cómo es Dios, se preocupó de copiar el modelo y dedujo que así como en Dios hay una relación profunda e inmanente, tiene que haberla entre nosotros. Pero hay otra teología, ascendente que, en todo lo que afirmamos de Dios ha encontrado que el comienzo del camino se sitúa en lo más íntimo que requiere nuestra naturaleza humana.  Allí se asienta la originalidad del cristianismo: desde el hombre a Dios. Desde la excelencia de las relaciones humanas vislumbrada en el amor vivido y practicado, al descubrimiento del Dios relación, del dios comunicación, del Dios amor. Un análisis imparcial y crudo de la historia de la Iglesia permite descubrir los intereses sustentados por esa teología descendente que afirma al todopoderoso para saciar la ambición de poder. Y  no es extraño por eso que los primeros concilios ecuménicos, definitivos para la expansión de la Iglesia con definiciones dogmáticas y disciplinarias, fueran  convocados no por las autoridades de la comunidad eclesial sino por los Emperadores romanos.

Todo este razonamiento no es  un juego especulativo. Es necesario conocerlo para hacer posible la vuelta a la riqueza de la propuesta de Jesús considerándose hijo amado de Dios y trasmitiendo a sus seguidores ese mismo espíritu de amor para animar la construcción de un mundo relacional conforme a la voluntad del Padre. Un mundo sin opresiones, sin odios, sin descalificaciones, sin discriminaciones, sin exclusión de los más débiles, sin desigualdades.

Mirar hacia las relaciones del Padre con su hijo Jesús y de éste con sus discípulos llenándolos de su espíritu de amor, es convertir en absoluta y definitiva la valoración de la dignidad de cada persona, la afirmación de sus derechos, la legitimidad de la búsqueda de la felicidad y por tanto de la solidaridad para lograrla. Y eso es lo que da sentido a la vida, la lucha y el progreso de la humanidad en una marcha constante y esperanzada.

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