La Fe: Ideología, decisión o convicción. Por José Ma Castillo

Como es sabido, después de casi quinientos años de controversias y enfrentamientos, se ha llegado a un acuerdo entre católicos y protestantes en lo que se refiere a la justificación por la fe. Hoy estamos de acuerdo en que una fe, que no se traduce en un comportamiento coherente con esa fe, no es verdadera fe. Una fe sin obras, sería una fe muerta. El problema está en saber qué clase de conducta es que debe ser la correcta manifestación de que una persona tiene fe. La fe que corresponde a un cristiano.

No es posible analizar aquí este asunto en toda su hondura. Me limito a indicar tres posibilidades: la fe como “ideología”, la fe como “decisión”, la fe como “convicción”.

1) La “ideología” evoca espontáneamente un sistema de ideas que sirve para explicar o para justificar la situación y los objetivos de un grupo. Por eso hablamos de ideologías de izquierdas o de derechas, de ideologías progresistas o conservadoras, etc.

2) La “decisión” es un acto de la voluntad, que, por más sincero y firme que sea, siempre está expuesto a la labilidad y la inconstancia que nos caracterizan a los mortales. Por eso hay tanta gente que hace buenos propósitos, toma firmes decisiones, pero luego no cumple lo que ha decidido.

3) La “convicción” se define por el hecho de que orientamos nuestro comportamiento conforme a ella. Quien mejor ha explicado este asunto ha sido Ch. S. Peirce: “La convicción consiste principalmente en el hecho de que está uno dispuesto reflexivamente a dejarse guiar en su actividad por la fórmula de la que está convencido”. O también: “La esencia de la convicción consiste en el establecimiento de una forma de comportamiento”. De ahí que “las convicciones verdaderas definen los hábitos de comportamiento que el sujeto tiene bajo control”. En otras palabras: el que está convencido de una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no tiene esa convicción.

De lo dicho, se sigue esto:

1) Las “ideologías” son inevitables, incluso necesarias, pero enteramente insuficientes. Hay gentes con ideología de izquierdas, que viven como los burgueses de derechas. Como hay personas y grupos con una ideología evangélica, pero les gusta el dinero, subir y trepar en la vida, estar como el perejil en todas las sopas, o sea viven de espaldas al Evangelio.

2) Las “decisiones” son importantes, pero son sólo el punto de partida. Hay gente que decide todos los días quitarse del tabaco, pero no se quita. Con la sola decisión, no vamos a ninguna parte.

3) Las “convicciones” son constitutivas de la fe. Porque una persona que está convencida de que el Evangelio expresa la voluntad de Dios, hace lo que dice el Evangelio. Y si no lo hace, es que no cree en el Evangelio.

Las ideologías nos engañan. Y el exceso de ideología, trastorna al que lleva esa sobrecarga de ideas, que no se corresponden con los hábitos de vida que expresan lo que es importante de verdad para una persona o para un grupo. La convicciones no engañan, sino que revelan en qué cosas cree de verdad cada uno. Hay gente que, por defender su ideología, se pelea con los que piensan de otra manera. Es evidente que quien tiene una ideología así, no puede creer en Jesús, que se hizo amigo de publicanos, pecadores, prostitutas, pordioseros y samaritanos.

No entiendo cómo, desde una cátedra dorada y solemne, se puede alabar la humildad y la pobreza de Jesús. No entiendo cómo, desde la izquierda política, se desprecia a la gente de derechas. Ni entiendo cómo, desde los ideales de la ortodoxia católica, se insulta a las personas que tienen otras ideas. Todo eso está feo. Pero hay algo peor: ir por la vida como hipócritas y embusteros, invocando para eso (porque es eso lo que se hace) el nombre del Señor. Sus razones debió tener Jesús para decirnos que, cuando recemos, lo primero que hay que pedir es: “santificado sea tu nombre”. ¡Por favor!, no echemos nunca mano del nombre santo de Dios (o de la Iglesia o del papa…) para faltarle al respeto a quien sea.

Fuente: Teología Sin Censura

“El actual funcionamiento del ministerio episcopal no responde a criterios democráticos” Por José Arregui

José Arregi, teólogo vasco, ha optado por desvincularse de la orden a la que pertenecía desde hacía 48 años, ante el enfrentamiento abierto con el recién nombrado obispo de su diócesis, la de San Sebastián, José Ignacio Munilla. “Agobiado” por el revuelo mediático, pero “tranquilo y bien”. Sin más miedo del necesario cuando uno cambia “el marco” de su vida, explica que ha dado este paso “para dejar vivir en paz y vivir en paz yo mismo”.

–¿Cómo explica lo que le ha pasado?

Adopté una posición muy crítica con el nombramiento del obispo Munilla, hice algunas declaraciones comprometedoras. No creo haber dicho ninguna mentira pero, a lo mejor, tenía que haber medido un poco más lo que dije. Esto desencadenó una cierta actitud de mayor control hacia mí. Antes de venir Munilla –en las vísperas de Navidad de 2009– a petición de instancias eclesiásticas superiores, el provincial me impuso el silenciamiento por un año, medidas que yo acepté porque no tenía otra alternativa y para evitar otras medidas peores. Unos meses más tarde, Munilla llamó a nuestro superior provincial y le exigió que me impusiera un silencio total en todos los campos. Entonces juzgué que las medidas primeras habían sido anuladas y me desligué de aquel voto de silencio que hice y así lo hice saber a mi superior franciscano. Al mismo tiempo, difundí un pequeño escrito titulado “Pido la palabra” en el que, de alguna forma, me declaraba en actitud de desobediencia eclesial, crítica, insumiso.

–¿Qué motivó esta decisión de insumisión?

Lo hice por dos motivos: primero, porque quería que se aclarara mi situación cuanto antes, y, segundo, porque no quería colaborar con la estrategia de mi obispo de exigir al superior provincial que me impusieran un silencio para que al cabo de un tiempo él se sintiera autorizado a tomar personalmente esas medidas. Me situé en una posición muy delicada e insostenible: o creaba un grave conflicto a la fraternidad provincial o dejaba la orden. Opté, de acuerdo con mis superiores, por dejar la orden para dejar vivir en paz y vivir en paz yo mismo.

–¿Cuáles son las principales líneas de pensamiento teológico que defiende?

Me he situado en la frontera a sabiendas de que no todo lo que pensaba o expresaba era una opinión segura. Es preciso arriesgarse para responder a las cuestiones de siempre y a las de hoy, no con las fórmulas tradicionales, sino con un nuevo paradigma, con nuevas categorías. Mi intención y deseo profundo hoy, en nuestra sociedad y cultura, es encontrar una palabra y unos planteamientos nuevos que vayan hacia una renovación profunda de la institución de la Iglesia y una reinterpretación a fondo de los dogmas tradicionales de fe. Esto se plasma de manera especial en todo lo que tiene que ver especialmente con dos cuestiones fundamentales: quién tiene la última palabra en la Iglesia; y la diferencia entre la palabra humana y la palabra de Dios, la fe y el texto.

–¿Ha ido demasiado lejos o ha cambiado el clima en el que se venía desenvolviendo?

El clima ha cambiado, no tanto la posición teológica o ideológica del Vaticano, pero sí el talante. El Concilio Vaticano II no alcanzó a hacer una expresión coherente en todos sus documentos de la nueva teología y eclesiología, sino que fue el fruto de los consensos y del equilibrio de las diversas fuerzas. En muchos casos hay dobles lenguajes y concepciones contradictorias que no acaban de armonizarse. No fue un paso muy decidido hacia la renovación de la teología y la Iglesia, pero sí abrió una nueva época de renovación, se podía soñar con nueva Iglesia y se podía arriesgar la palabra y la teología. Eso cambió en el pontificado de Juan Pablo II y con el nombramiento de Joseph Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se ha visto en todas las medidas jurídicas, disciplinares que se han tomado con muchos teólogos con más renombre que yo –la lista es muy larga– y de manera muy especial en el nombramiento de los obispos.

–¿Ha echado en falta mecanismos de mediación, mayor transparencia e incluso procedimientos jurídicos que eviten que la solución a este tipo de conflictos sea impuesta por la autoridad?

He mantenido diversos encuentros con José Ignacio Munilla. Había buena voluntad de ambas partes, pero chocábamos siempre con dos escollos: ¿qué es lo que define la verdad o quién la define?, y ¿cuál es la medida para poder decir que esto entra o no dentro de la fe? El actual funcionamiento del ministerio episcopal no responde a criterios democráticos mínimos, tampoco se acepta el principio, que ya en 1943, una encíclica de Pío XII sobre la interpretación de la Biblia adoptó claramente al establecer que había géneros literarios y por tanto no se puede leer al pie de la letra, de que hay afirmaciones que no hay que entender al pie de la letra. Yo, a lo mejor, voy demasiado lejos, pero eso no me importa. En repetidas veces le he dicho a mi obispo que no pretendía tener la razón. Reivindico en la Iglesia un lugar amplio para poder expresar la propia opinión teológica sin que se le responda con el peso de la autoridad.

–¿Se siente más libre?

Me siento más libre, pero mi propósito de fondo es el mismo de antes. Tengo muy claro que no debo pensar de ningún modo que mi postura es la buena. De la manera más responsable y respetuosa que pueda, con mi propio temperamento y contradicciones, siendo el que soy, quiero seguir prestando dentro de la comunidad eclesial y en esta sociedad, más allá de si uno es creyente o no creyente, heterodoxo o hereje, mi pequeño servicio como cristiano. Quiero ser seguidor de Jesús, y del espíritu de Francisco de Asís y caminar con mi comunidad. Llevaba tiempo trabajando en ámbitos no ligados a ninguna institución religiosa. La hipoteca a la que están sometidas todas las instituciones religiosas y todas las obras que dependen de ella nos llevan a renunciar a la libertad o a pagar un precio muy alto.

–¿Ve cerca el final del invierno eclesial y el resurgir de la primavera?

No lo veo cerca, soy bastante pesimista, porque todos los hilos y mecanismos del poder están prácticamente monopolizados por un sector ultraconservador, lo que es muy visible en toda la Iglesia católica y más en la del Estado español. El futuro institucional va a ir cerrándose cada vez más y ofreciendo menos oportunidades a la renovación. Vamos hacia una Iglesia no sólo convertida en gueto, sino también en secta. La masa de la sociedad va a ir desertando más o menos silenciosamente, como viene pasando desde hace 30 años.

–Algún brote verde habrá, que por lo menos nos anuncie la llegada, más pronto o más tarde, de la primavera…

No hay que esperar a que se produzca la implosión de la Iglesia institucional, que se va a producir tarde o temprano. Para mí es motivo de optimismo el creer en el Espíritu Santo, que es verdor, no ya un brote verde, sino que hace reverdecer todo, creo en el Espíritu que está presente y habita en todos los seres humanos. Y creo en el Espíritu activo en nuestra cultura. Muchas veces se manifiesta más en los márgenes y fuera de las fronteras de los ámbitos institucionales confesionales. Es importante crear espacios que respondan a esas demandas de espiritualidad, que trasciende fronteras, que es muy viva y que van más allá de todas las expresiones y límites institucionales de tipo religioso.

Fuente: Alandar.org

Fuera del plato. Guillermo “Quito” Mariani

Una verdadera lástima. Porque así embarró a muchos. Y sobre todo embarró una cancha que permanecía relativamente limpia, ya que calificó de “turros” a los integrantes de la Corte, dejando de lado todos los aciertos ya constatados y faltando al respeto a sus integrantes ya que los amontonó a todos en la misma bolsa con muchos jueces de quienes se puede sospechar complicidad y corrupción.

La sra. Bonafini, en el entusiasmo de su discurso, no tuvo en cuenta que un exabrupto de esta categoría, además de no ser eficaz en ningún sentido, favorece a quienes desde el otro bando pueden legítimamente acudir a la ridiculización o la denuncia ante la justicia.

Pueden darse explicaciones y encontrar alguna razón en el reclamo de que la ley de medios sea constantemente obstaculizada en su cumplimiento por quienes ven perjudicados sus intereses no compatibles con la verdadera libertad de expresión, y que el fallo de la Corte aparezca como una venganza contra la disminución de su presupuesto. Pero las explicaciones no cuadran ante una descalificación tan absoluta e injusta como la de la fundadora de las Madres de la Plaza, con todo el respeto que ella se merece.

La policía y la Fuerza aérea de Ecuador ensayaron un levantamiento ante la decisión de la Asamblea legislativa de disminuir las retribuciones económicas a sus miembros. Indudablemente se trata de una situación distinta.

Es una lástima, vuelvo a repetirlo. No solamente por las reacciones suscitadas sino porque me parece injusta, al atacar precisamente a esta institución democrática que ha dado abundantes muestras de moderación e independencia en sus definiciones, t está integrada por personas de mentalidad abierta y práctica jurídica.

Que haya detrás una pretensión de respuesta a la disminución del presupuesto por parte del gobierno nacional, puede discutirse desde distintos puntos de vista, pero un organismo que es pedestal de la democracia no puede ser descalificado de un plumazo y por un solo motivo. Aún para el rechazo de la corte adicta del Dr. Saúl Menem hubo paciencia y espera, a pesar de sus pronunciamientos injustos desde una parcialidad manifiesta.

Los ataques a la democracia pueden concretarse de varios modos. Como está sucediendo en Ecuador con la grave sospecha de tratarse de un movimiento incitado por los Estados Unidos (como lo afirma Evo Morales), como lo que nos sucedió varias veces con el pretexto de redimir al país por parte de las Fuerzas Armadas, o también por estos disparos desacertados, como las afirmaciones de la sra. Hebe que contribuyen a debilitar la fuerza de las instituciones que funcionan, aunque puedan objetarse o discutirse algunas de sus acciones.

Los fantasmas represivos no han desaparecido del todo. La ley con media sanción del senado nacional mandando a ser educados por los militares a los chicos y jóvenes que ni estudian ni trabajan es una expresión más de que se cree que “con mano dura” todo se remedia. Que además de ser de derecha no ha logrado históricamente otra cosa que aumentar los problemas. Es de desear entonces que nos acostumbremos a cuidar al máximo lo que tenemos. Hoy ni hace falta golpear las puertas de los cuarteles. Las actitudes destituyentes de poderosas corporaciones nacionales e internacionales, pueden dar por acabados los mejores intentos de democracia participativa. Y hay que permanecer despiertos.

J.G.Mariani (pbro)

Ni clérigo ni laico. Por José Arregui

Iba a titular este artículo “Soy laico”. Ahora que, por motivo de doctrinas e interpretaciones que nunca debieron habernos traído hasta aquí, he iniciado el doble proceso de exclaustración (abandono de la “Vida religiosa”) y de secularización (abandono del sacerdocio), quería brindar por mi nuevo estado y decir: “Me honro de ser laico por la gracia de Dios. Me alegro de ser uno de vosotros, la inmensa mayoría eclesial”.

Pero debo corregirme en seguida. ¿Laico? No, realmente no soy laico ni quiero serlo, pues este término sólo tiene sentido en contraposición a clérigo y siempre lleva las de perder. No soy laico ni quiero serlo, porque ese nombre lo inventaron los clérigos -que nadie se extrañe: siempre han sido los poderosos quienes han impuesto su lenguaje-. No quiero ser laico, que es como decir cristiano raso y de segunda, cristiano subordinado.

El Derecho Canónico vigente da una extraña definición del término: “laico” es aquel que no es ni clérigo ordenado ni religioso con votos. No designa algo que es, sino algo que no es. Laico es el que, por definición canónica, carece en la Iglesia de identidad y de función, por haber sido despojado. Laico es el que no ha emitido los tres votos canónicos de pobreza, obediencia y castidad, aunque es casi seguro que habrá de cumplir esos votos, y otros varios, tanto o más que los religiosos instalados en su “estado de perfección”. Laico es el que no puede presidir la fracción del pan, la cena de Jesús, la memoria de la vida. Laico es el que no puede decir en nombre de Jesús de manera efectiva: “Hermano, hermana, no te aflijas, porque estás perdonado, y siempre lo estarás. Nadie te condena, no condenes a nadie. Vete en paz, vive en paz”. Laico es el que no puede decir a una pareja enamorada: “Yo bendigo vuestro amor. Vuestro amor, mientras dure, es sacramento de Dios”. Laico es el que no tiene en la Iglesia ningún poder porque se lo han sustraído. Aquellos que se apoderaron de todos los poderes se llamaron clérigos, es decir, “los escogidos”. Habían sido escogidos por la comunidad, pero luego se escogieron a sí mismos y dijeron: “Somos los escogidos de Dios”.

No soy laico ni quiero serlo, porque no creo en una Iglesia tripartita de religiosos, clérigos y laicos, de cristianos con rango y cristianos de a pie, de clase dirigente y masa dirigida. Jesús no dispuso clases, sino que las anuló todas. Y nadie que conozca algo del Jesús histórico nos podrá decir que a los “Doce” -que luego fueron llamados apóstoles- los puso Jesús como dirigentes, menos aún como clase dirigente con derecho a sucesión. A lo sumo, y como judío que era, los designó como imagen del Israel soñado de las doce tribus, del pueblo reunido de todos los exilios, del pueblo fraterno, liberado de todos los señores. (Y, por lo demás, ¿qué hay de los “setenta y dos” que Jesús también escogió y envió a anunciar que otro mundo es posible? ¿Cómo es que ellos no tuvieron sucesores? A alguien debió de interesar que no los tuvieran, tal vez para que el poder no quedara repartido). Jesús no era sacerdote, pero no por ello se consideró laico y a nadie nos llamó con ese nombre. Es un nombre falaz.

Hace veinte años que así lo veo y lo digo. ¿Por qué, entonces, no he abandonado hasta ahora los votos y el sacerdocio? Simplemente, porque era lo bastante feliz con lo que vivía y hacía, y pensaba que no cambia nada importante por unos votos de más o unos cánones de menos. Y ahora que, por las circunstancias, dejo los votos y el sacerdocio, sigo pensando lo mismo: que “laico” es una denominación clerical y que, en la Iglesia de Jesús, es preciso dejar de hablar de clérigos y laicos, es decir, superar de raíz el clericalismo.

Hablar de clérigos y laicos en la Iglesia es un fraude al Nuevo Testamento, pues esos términos no se utilizan una sola vez ni en los evangelios, ni en las cartas de Pablo, ni en ningún otro escrito del Nuevo Testamento. Sí se utiliza el término griego “laos” (pueblo), del que se deriva “laico”, pero “laos” designa a toda la Iglesia, no a una supuesta “base eclesial” informe e inculta. A toda la Iglesia nos llama el Nuevo Testamento “pueblo de Dios” (1 Pe 2,9-10), y a todos los creyentes nos llama “templo de Dios” (1 Pe 2,5; 1 Cor 3,16), “sacerdotes santos” (1 Pe 2,5), “escogidos” y, sobre todo, “hermanos”. Todo somos pueblo, templo, sacerdotes, elegidos, hermanos; lo somos sin otra distinción que la biografía misteriosa de cada uno con sus dones y sus llagas.

Hablar de clérigos y laicos es también un fraude a los primeros siglos de la Iglesia, pues esos términos no figuran en la literatura cristiana hasta el siglo III. Durante los dos primeros siglos no hubo “laicos” en la Iglesia, porque aún no existía “clero”. Luego, la Iglesia se fue sacerdotalizando, clericalizando, y así surgió el laicado, que no es sino el despojo de lo que el clero se llevó. Nunca habría habido laicos en la Iglesia de no haber habido clérigos primero.

Más cerca aun de nosotros, hablar de clérigos y laicos es un fraude al sueño insinuado por el Concilio Vaticano II que, en la Constitución Lumen Gentium, invirtió el orden tradicional y trató primero sobre la Iglesia como pueblo de Dios y luego sobre los ministerios jerárquicos. Primero, el pueblo; luego, las funciones que el pueblo considere oportunas. Los obispos, presbíteros y diáconos nunca debieron constituirse en “jerarquía” (poder sagrado); no son sino funciones que derivan de la comunidad y han de ser reguladas por ella. Sólo representan a Dios si representan a la Iglesia y no a la inversa.

Hablar de clérigos y laicos es, en definitiva, un fraude a Jesús, pues él rompió con la lógica y los mecanismos de quienes se habían atrincherado en la Ley y el Templo y se habían erigido a sí mismos como dueños absolutos de la verdad y del bien. Jesús les dijo: “Dios no quiere eso. Dios quiere que curemos las heridas y seamos hermanos”. Y por eso le condenaron.

Doce siglos después, vino Francisco, que nunca se reveló de palabra contra el orden clerical ni quiso criticarlo, pero que por alguna otra poderosa razón, además de la humildad, rehusó a ser clérigo y, con la dulzura y la firmeza que le caracterizaban, impidió mientras pudo que se reprodujera en su fraternidad la división entre clérigos y laicos. Y, cuando ya no pudo impedirlo, su cuerpo y su alma se llagaron y murió a los 45 años.

Una vez que él con algunos hermanos moraba de paso en un pobrecillo eremitorio, llegó en visita una importante dama y pidió que le mostraran el oratorio, la sala capitular, el refectorio y el claustro. Francisco y sus hermanos la llevaron a una colina cercana y le mostraron toda la superficie de la tierra que podían divisar y le dijeron: “Este es nuestro claustro, señora”. Que era como decir: “No queremos ser ni monjes ni religiosos ni seglares, ni clérigos ni laicos. Es otra cosa, Señora. Queremos vivir como Jesús”.

Fuente: Lamiarrita

CURSO – TALLER: EL EVANGELIO DE JESUS Y LA IGLESIA EN ESTE SIGLO.

CURSO – TALLER en La Cripta Para profundizar en nuestra reflexión crítica sobre el cristianismo Para no perder la esperanza Para reunirnos y confraternizar Para poner en funcionamiento las neuronas…

Participá de nuestro próximo Curso – Taller en La Cripta.

Tema: EL EVANGELIO DE JESUS Y LA IGLESIA EN ESTE SIGLO. Nos guían: los sacerdotes Juan Carlos Ortiz y Nicolás Alessio (un lujo…!) Cuándo: 19 y 20 de Octubre del 2010 Horario: de 20,30 a 23 hs. Dónde: en el Salón Terraza de La Cripta El tema es de sumo interés y los expositores nos darán un valioso aporte. LOS ESPERAMOS!!!!

Domingo 31 de Octubre de 2010 – 31 del año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.19,1-10)

Entrando a Jericó Jesús atraviesa la ciudad en donde vive un rico llamado Zaqueo jefe de publicanos. Quiere conocer a Jesús. Se sube a un árbol porque la multitud se lo tapa. Cuando pasa Jesús lo mira y le dice “baja pronto porque quiero hospedarme en tu casa” Zaqueo baja y lo recibe alegremente mientras la gente murmura porque se aloja en la casa de un pecador. Zaqueo dice a Jesús: Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y si defraudé a alguien le devolveré cuatro veces más. Jesús dice entonces que ha llegado la salvación a esa casa y ese hombre es hijo de Abraham. Que el hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.

Síntesis de la homilía

Varios relatos preceden a este capítulo de Lucas. El del publicano que resulta justificado por su humildad, los niños rechazados por los discípulos y a los que Jesús reúne y alaba; el rico que no puede entrar al reino porque se lo impiden sus bienes; el ciego curado ante la incomprensión de los discípulos. Zaqueo aparece aquí como el solucionador de todos esos problemas afrontados por Jesús. Zaqueo vive en Jericó ciudad maldita en el concepto bíblico ( no en la Jerusalén del templo); es rico en serio, como jefe de los cobradores de impuestos para Roma; es bajito como los chicos(esos locos bajitos); se arriesga al ridículo subiéndose a un árbol. Zaqueo prescinde de todo eso y Jesús descubre en él al hombre de buena voluntad y de un brochazo lo limpia de todas las acusaciones. “Voy a alojarme en tu casa”.

El mayor de los obstáculos, y sobre todo para Lucas, es la riqueza. Porque toda riqueza implica acaparamiento. Zaqueo lo remueve inmediatamente: va a entregar la mitad de sus bienes a los pobres y, de acuerdo a lo que establece la Ley va a indemnizar con una cantidad cuatro veces superior a los que haya defraudado.

Si hay alguna duda de que en el proceder de Jesús se está revelando un Dios que penetra el corazón del hombre y descubre sus mejores sentimientos, ésta es la prueba concreta e irrefutable.

Y eso nos lleva a descubrir qué poco practicamos nosotros esa actitud de penetrar hasta el fondo para no condenar y reconocer las cualidades de cada uno, de modo que resulte aprovechable con sus condiciones personales para bien de toda la comunidad. Eso hace Jesús y declara a Zaqueo un pagano complicado con el poder imperial, hijo de Abraham. Es común sostener con Pablo que somos hijos de Abraham por la fe en el sentido de la confianza puesta en Dios por el patriarca de Israel. Pero aquí la fe es afirmada de alguien que no ha dicho “creo” sino ha realizado de un solo golpe, lo más agradable a Dios reparar y compartir.

La universalidad del amor de ese Dios que ante la ofensa y el pecado cometido en contra de sus hijos, no deja de acompañar a los que se han desviado o están alejados, en lugar de hacerlos víctimas de su castigo, es también un testimonio que debería abundar más en las relaciones humanas por parte de nosotros los seguidores de Jesús. Porque a veces somos los primeros en fomentar las discriminaciones y hasta declarar guerra santa contra los que consideramos pecadores.

Domingo 24 de Octubre de 2010 – 30 durante el año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.18,9-14)

Refiriéndose a algunos que apreciándose como justos despreciaban a otros, Jesús expuso esta parábola: dos hombres subieron al Templo a orar. Uno, fariseo, oraba así “Te doy gracias Dios mío porque no soy como los demás, ladrones, injustos adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos.” El otro, publicano, a distancia se golpeaba el pecho y sin atreverse a levantar los ojos decía: “Dios mío ten piedad de mí porque soy un pecador!” Éste, concluyó Jesús, volvió a su casa justificado y no el primero. Porque el que se exalta termina humillado y el humilde ensalzado.

Síntesis de la homilía

El fariseo no sube a orar sino a jactarse delante de Dios que se supone está en el templo.

El otro, tiene necesidad de mirarse a sí mismo sin espejismos, delante de Dios, implorando su misericordia. A veces decimos que lo más importante es agradecer a Dios sus beneficios en lugar de pedirle cosas o implorar su perdón. Y eso es una gran verdad que ratifica frecuentemente la liturgia en las exclamaciones de los prefacios. Porque el único modo de apreciar y utilizar los regalos de Dios que nos vienen a través de la naturaleza y toda la creación, es reconocerlos con agradecimiento, que significa fijarnos en ellos. Pero aquí también hay que estar alerta porque ese dar gracias, como en el caso del fariseo, importa dos cosas. La primera, considerarse privilegiado de Dios y con derechos a su intervención favorable, como pago de sus virtudes. Y la segunda, menospreciar a otros que no están en su misma línea de conducta, sin examinar los motivos en que se fundan estas diferencias. Además, notemos que el fariseo es un hombre absolutamente satisfecho de sí mismo. No bastándole con toda la enumeración de lo que lo diferencia de los ladrones, los injustos o los adúlteros, añade ese plus que significa ayunar dos veces por semana y pagar exactamente los diezmos, es decir la referencia al culto que aparece como lo más importante porque ambos suben al templo para orar.

Hay, entonces, muchas cosas aprovechables para los discípulos de Jesús en esta parábola. Jesús oró en el templo muy pocas veces (2 según Lucas) el resto de sus oraciones fue en la montaña, el desierto, a orillas del río, en la calle, en el monte de los olivos, en cualquier lugar en que compartía con la gente común los sufrimientos e inquietudes cotidianas. Y esto es en gran manera aprovechable para nosotros que hemos sido formados en una oración reducida a lugares (el templo) y fórmulas.

Lo más importante, sin embargo, porque forma parte de la renovación profunda de las relaciones humanas que anhela Jesús como enviado del Padre, es la consideración respetuosa de quienes tienen formas de conducta, pensamiento y vida diferentes a las nuestras. Y la cerrazón que suele clausurarnos a los cambios porque estamos satisfechos de nosotros mismos. La ventaja del que se reconoce pecador es precisamente esa, su inquietud por el cambio personal y social. Cosa extraña para quien está absolutamente satisfecho consigo mismo.

Desde luego que es llamativa la preferencia mostrada por Jesús como actitud de Dios ante los pecadores y en realidad es la única que puede corresponderse con la idea del Padre Dios que nos ha trasmitido Jesús. Los padres siempre preocupados y ansiosos por los hijos que sufren psíquica, física o moralmente. Cuánto más el que abarca la plenitud de la bondad.

Domingo 17 de octubre de 2010 – 29 durante el año litúrgico (ciclo”C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.18,1-8)

Con una parábola Jesús enseña a sus discípulos que hay que orar siempre sin desanimarse. (Un juez sin temor a Dios ni a los hombres, recibe a una viuda que recurre a él pidiendo justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez se niega, la viuda insiste y finalmente el juez para que deje de molestarlo le hace justicia. Si este juez injusto hizo justicia ¿no la hará Dios a sus elegidos que claman a El día y noche aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero ¿Cuándo venga el hijo del hombre ¿acaso encontrará fe sobre la tierra?

Síntesis de la homilía

Lucas es el evangelista que insiste más en presentar a Jesús orante y preocupado por la oración de sus discípulos. Si bien en varias oportunidades esa oración de Jesús se realiza en soledad e intimidad, su actitud referida constantemente a la realización del reino de que habla en su “padre nuestro”, es acción realizada ante Dios y en comunicación con El, de modo que puede calificarse de verdadera oración. No olvidemos que el padre nuestro como modelo de oración no es una oración vocal sino la asunción de un compromiso concreto de vida. Esta valoración por parte de Jesús de la oración, y la seguridad de ser escuchados porque clamamos a El día y noche, no es una afirmación de que pidiendo y pidiendo haremos verdadera oración y conseguiremos lo que deseamos. El final de Lucas en la parábola del amigo que va a pedir pan a medianoche, y lo consigue gracias a su insistencia, asegura que Dios nunca negará su espíritu a quien lo pide. Todo lo demás corre por cuenta de las diversas interpretaciones de la oración reduciéndola a la de petición de la cual, con sentido común, ni siquiera podemos afirmar que Dios la escucha y accede siempre. Basta para eso recordar las grandes calamidades que pretenden solucionarse con oración y evidencian la no intervención de Dios porque no se cesan ni en su consumación ni en sus consecuencias funestas. La oración de petición es sólo un clamor espontáneo de quien está necesitado. Sólo Dios sabe, por lo general antes de que se lo pidamos, lo que realmente es nuestra necesidad. Y su remedio, de acuerdo a la instrucción de Jesús, sucede de un momento a otro después de esperar cualquier cantidad de tiempo. La oración en su sentido pleno consiste en estar en comunicación con Dios. Lo cual para nosotros es posible a pesar de la inaccesibilidad del Ser supremo, porque lo tenemos a Jesús de Nazaret, como su revelación y su camino. Sabiendo que como El, nosotros tenemos el espíritu de Dios como fuerza interior para realizar su obra, la oración consiste en poner nuestros esfuerzos en el seguimiento del camino liberador de Jesús.

Todas las iglesias, todas las religiones, todas las sectas han hecho de la eficacia de la oración un medio propagandístico excelente y el culto que debiera consistir en recuperar con plena vigencia la dignidad de cada ser humano se ha reducido a practicar diversas y a veces complicadas formas de pedir para sentirse beneficiado.

El resultado es, con mucha frecuencia una especie de alienación, alejamiento y descompromiso con la realidad.

Domingo 10 de octubre de 2010 – 28 durante el año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Marini

Tema(Lc. 17,11-19)

Yendo a Jersualén Jesús atraviesa Samaría y Galilea. A la entrada de un pueblo diez leprosos salen para gritarle “Maestro, compadécete de nosotros”. Viéndolos jesús les dijo “vayan a presentarse a los sacerdotes” Mientra ellos se iban quedaron limpios. Uno, notando su curación se volvió dando gracias a Dios y a Jesús echándose a sus pies. Era un samaritano. Jesús preguntó ¿y los otros dónde están? Sólo vino a dar gracias este extranjero? Y volviéndose a él le dijo : Levántate y vete. Te ha salvado tu fe.

Síntesis de la homilía

La salud pública no atendida es un modo de dominio. Aunque la lepra de aquel tiempo no coincidía con esa enfermedad tan degradante de hoy porque se trataba en muchas oportunidades de diversas afecciones de la piel que obligaban al aislamiento hasta que se constatara por parte de los sacerdotes que no era contagiosa. Lo de que fueran los sacerdotes los que debían extender ese certificado de salud, se explica porque cualquier enfermedad era considerada castigo de un pecado. Detrás de lo cual quedaba absolutamente disminuida la dignidad del enfermo y lo ponía en disponibilidad de obedecer como absolutas las prescripciones de la autoridad. No estamos muy lejos con estos manejos infames de muchos laboratorios que no solamente inventan medicamentos ineficaces o dañosos sino que hasta utilizan las drogas para producir enfermedades.

Pero el mensaje especial de Lucas ante la súplica de esos diez enfermos que al parecer estaban unidos por la misma desgracia y juntos se ayudaban a buscar la salud, se empeña en destacar la gratitud como cualidad humana, y la discriminación como fuente equivocada de rechazos y negativa de derechos.

El extranjero, el pagano, era en la tradición judía más estricta, “un perro”, aludiendo a la situación despreciable de los animales callejeros (nada que ver con nuestros perros tantas veces privilegiados) y así trataban a los samaritanos los judíos ortodoxos. Sin embargo éste, que a sí mismo se consideraba indigno queda en el centro de la escena, por una cualidad eminentemente humana y constructora del reinado de Dios entre los hombres. La gratitud. Jesús se encarga de destacarla. A veces la vivimos como obligación. (¿qué dice? –Gracias!). Se trata de mucho más que eso. No se trata de dejar contento a quien nos hace un favor. Se trata de comprender ese desprendimiento del propio egoísmo que siembra entre todos ese valor tan importante de apreciar y compartir los favores recibidos.

Con Jesús no dejemos de apreciar las virtudes muchas veces ejemplarmente humanizantes de muchos discriminados en nuestra sociedad y hagamos de la gratitud a Dios, la naturaleza y quienes viven con nosotros una actitud permanente del amor que contagia la generosidad.

Domingo 3 de Octubre – 27 durante el año litúrgico “ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.17,5-10)

Los apóstoles piden a Jesús que les aumente la fe. El les replica que con una fe grande como un grano de mostaza pueden lograr que una morera se trasplante al mar. Supongan que un sirviente trabaja de labrador o pastor. Cuando vuelve del campo ¿alguno de ustedes le diría “pasa corriendo a la mesa”? Seguramente que no. Le dirían ponte el delantal y sírveme mientras como. Después podrás comer tú. ¿Ustedes tienen que agradecerle lo que hizo? Aprendan entonces. Cuando ustedes hayan hecho todo lo que deben no tienen por qué esperar agradecimiento sino decir somos unos pobres servidores hemos hecho lo que debíamos.

Síntesis de la homilía

La higuera y la morera, como las vides, árboles de los que se esperaban sabrosos frutos son con frecuencia símbolo del pueblo de Israel. Cuando Jesús habla de que con un poquito de fe se podría trasladar una morera con raíces profundas, al fondo del mar, no está refiriéndose a un milagro que altere las leyes naturales, está significando la fe que es necesaria para vencer la resistencia de las autoridades judías a recibir la palabra y la realidad del reino Por eso se refiere a la firmeza de esas raíces que parecen hacerla inamovible. La comparación actualizada puede ser entendida en nuestro tiempo como la fuerza, al parecer invencible, de los sistemas opresores del hombre, como había llegado a ser el sistema judío.

Para luchar contra esa fuerza tremenda hace falta fe. Pero no mucha fe. Solamente la mínima del tamaño de un pequeño grano de mostaza. Pero ese mínimo, de fe auténtica. ¿por qué auténtica? Porque estamos acostumbrados a escuchar: ¡Ah! Yo tengo mucha fe, ó, pero ¿ud. no tiene fe? Y si podemos investigar a qué se refiere eso de tener mucha fe lo descubrimos referido a creer con firmeza absoluta, una cantidad de cosas que han sido propuestas como soluciones divinas de los problemas habituales de los hombres y son hábilmente manejadas por las diversas religiones, incluyendo la nuestra. No hace falta más que un punto de fe. Admitir y optar por Jesús de Nazaret como la revelación de Dios, no en el conocimiento y la teoría, sino en la conducta con nuestros semejantes que encamina a la construcción del reinado de Dios. Todos los dogmas son disquisiciones intelectuales difícilmente apreciados en profundidad, por más que se afirme creer en ellos. El aspecto de la creencia intelectual ha monopolizado la atención de la iglesia y ha producido un alejamiento de la verdadera fe que implica el compromiso de vivir y anhelar activamente la justicia del reino.

Todo lo demás que se llama fe , imágenes, devociones a los santos, promesas, peregrinaciones a lugares de supuestas apariciones, gula de milagros…etc. constituye más bien obstáculo para la fe auténtica, dando las apariencia de mucha fe, que abarca todo lo que se propone, pero resulta vacía de sentido como no sea el propósito de utilización de Dios para provecho propio.

Siguiendo la comparación de Jesús no pareciera que nuestra fe fuera siquiera como grano de mostaza ya que los sistemas opresores siguen vigentes e incluso crecen amparados por la iglesia. Y esto es no hacer lo que deberíamos tener como nuestra meta fundamental.