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Reflexiones sobre la “marginación” del pensamiento franciscano. Por Eduardo Marazzi

Reflexiones sobre la “marginación” del pensamiento franciscano

(Una propuesta “incómoda”)

Indice

I.- Una mirada a la historia

II.- ¿Qué cosa esta en juego? El pensar “como si Dios no existiese

III.- Una pregunta impostergable: ¿Primado de la Bondad o de la Verdad?

IV.- Primado de la Bondad: Abraham, la libertad creativa

I.- Una mirada a la historia

1) Nos introducimos en nuestra problemática subrayando una consonancia histórica la cual tiene, para nuestras reflexiones, un peso teorético relevante. Me refiero a la declaración que el papa León XIII, cuando terminaba el 1800, hizo a favor de san Tomás de Aquino. Esta declaración, que era la promoción de Tomás a la categoría de modelo del pensamiento cristiano y también, por consecuencia, guía de las escuelas católicas, tiene no pocas analogías con la canonización de Tomás que llevó a cabo Juan XXII, en el lejano siglo XIV. Decimos que tiene analogías con ese momento histórico sea por el cuadro eclesial  y sea también por la estrategia cultural, que es substancialmente homogénea. Es verdad que entre un hecho histórico y el otro hay una diferencia de cinco siglos pero las sintonías históricas y culturales autorizan nuestra comparación.

1.2) En el año 1323, Juan XXII canoniza a Tomás, lo hace después de la dura condenada a la que habían sido sometidas muchas de sus tesis. Fueron condenadas porque el obispo de París, Esteban Tempier, las consideró inconciliables con la visión cristiana. Tempier consideraba que las tesis en cuestión tenían un acento neo-pagano (aristotélico-averroísta) y, por lo tanto, tendían a alterar el logos cristiano.

1.3) Juan XXII es, además, el árbitro o juez que intervino en la polémica que vivió la familia franciscana al interno de sí misma cuando se debatió el tema de la pobreza. Su arbitraje fue totalmente determinado de su perspectiva tomista. Juan XXII era un Papa que admiraba el pensamiento de Tomás y alimentado de tal pensamiento dará solución – contra la tesis del franciscano Guillermo de Occam – a la cuestión de la pobreza. Bajo el influjo de la filosofía de san Tomás de Aquino, Juan XXII consideraba “natural”  el derecho a la propiedad, de modo que no era posible, según él renunciar a la propiedad, en la Iglesia, y aprobar la propuesta de los franciscanos. Estos sostenían, en línea con el “usus pauper”, que se podía y debía renunciar a la propiedad en la Iglesia, y sin por esto violar o desconocer uno de los rasgos esenciales de la naturaleza humana.

1.4) En pocas palabras: los franciscanos sostenían – guiados por la mente de uno de los más importantes pensadores franciscanos de todos los tiempos, Guillermo de Occam,  que el derecho a la propiedad es natural, pero no para la Iglesia, sino para la autoridad secular, para el mundo laico – diríamos hoy. Según la filosofía y la teología franciscana la “possessio” y el “dominium” no se aplican a la Iglesia, sino al mundo laico. La Iglesia sí puede usufructuar pero no poseer. Esta era la visión de los franciscanos. Se sabe que en ocasión de la canonización de Tomás, el papa Juan XXII leyó un solemne discurso cuyo tema central era la “pobreza” desde el punto de vista tomista. (Para estos temas puede leerse con provecho: L. Parisoli, Volontarismo e diritto soggettivo. La nascita medieval di una teoria dei diritti nella Scolastica francescana, Instituto Storico Cappucini, Roma, 1999; Orlando Todisco, Assisi francescana e tempo mesianico, en la revista “Studium” 99 (2003) 171-185; J. A. Weisheipl, Tommaso d’Aquino. Vita pensiero opere, Jaca Book, Milano, 1988).

1.5) León XIII, después de siglos de olvido del pensamiento de Tomás, lo rehabilita, en el año 1879, con la famosa encíclica Aeternis Patris considerándolo “el” modelo del pensar cristiano y, por tanto, guía de las escuelas católicas. Según León XIII, el pensamiento de Tomás era la máxima expresión de la filosofía cristiana en grado de alimentar y proteger la unidad doctrinal de la comunidad eclesial y también de garantizar visibilidad política. El papa impuso así, por decreto, la filosofía de Tomás, imposición que debían acatar sin pestañear (porque de una orden se trató) también los franciscanos, dejando de lado toda la riqueza especulativa-teorética de la Escuela franciscana pues según León XIII, la filosofía de Tomás era la única de la cual la Iglesia se podía fiar. Todo lo que hay de verdadero y auténtico está presente en el pensamiento de Tomás en la forma más coherente y completa que se pueda imaginar (pensar). Es así que el pensamiento franciscano fue, desde los inicios del siglo XIX, desclasado, silenciado, postergado.

II.- ¿Qué cosa estaba en discusión? Pensar “como si Dios no existiera”

2) León XIII – cerca ya del siglo XIX – pensaba que estaba en discusión el patrimonio teológico tradicional el cual se veía amenazado por los nuevos vientos filosóficos que, según la Iglesia, no tenían consistencia.  Estaba persuadido que el verdadero problema de su tiempo era la pérdida y dispersión de la razón respecto a la verdad y por eso la cultura del tiempo rechazaba la teología y no tenía en cuenta la autoridad ni la enseñanza de la Iglesia. La modernidad proponía una razón autónoma, no ya teocéntrica. Proponía una razón autorreferencial la cual, según la Iglesia, era la causa del desbandamiento y el alejamiento de muchos de la doctrina cristiana. Según el Papa, la filosofía de san Tomás estaba en grado de “salvar” al hombre de tal deriva y lo reconduciría a la Iglesia (cosa ésta que nunca ocurrió), a la unidad de la fe cristiana, rechazando así el diseño masónico: reducir al silencio los derechos de Dios.  Recuerdo aquí algunos pasos del texto de la encíclica Aeternis Patris. El Papa dice: “Si se presta atención a la malicia del tiempo en el cual vivimos, si se abraza con el pensamiento el estado ideal de las cosas públicas y privadas, se descubrirá sin dificultad que la causa de los males que nos oprimen como de aquellos que nos amenazan consisten en el hecho que opiniones erróneas sobre las cosas divinas y humanas se han poco a poco insinuado, partiendo de las escuelas de filosofía, en todos los rangos de la sociedad y han logrado hacerse aceptar por un gran número de mentes” (número: 3).

2.1) ¿Qué es lo que preocupaba al Papa? ¿Dónde veía el problema? Pues bien lo que él quiere contrastar es el “pensar como si Dios no existiera”, lógica que hunde sus raíces en el siglo XVI. Las consecuencias sociales de tal filosofía turban al pontífice el cual quiere relanzar una filosofía que contraste – así dice el texto – “la audacia de substraerse a la autoridad divina”. El papa está convencido que hay que imponer el pensamiento de Tomás (contenido en la Summa). El problema que angustia al papa es el pensamiento inmanentístico, un pensamiento que resuelve todo desde “abajo”, desde el hombre, sin alzarse a considerar fundamentos últimos divinos. Es una razón que no escucha otra voz que la suya, desconociendo todo lo que no esté en sintonía con sus intereses. El papa está convencido que la fuerza teorética-especulativa del pensamiento de Tomás es la solución a la dispersión de la razón. La propuesta filosófico-teológica de Tomás le parecía la más idónea para restituir a la comunidad cristiana, que comenzaba a fracturarse, a perder cohesión, puntos de referencia fuertes y habilitarla, con este arsenal teorético, para luchar contra una razón autosuficiente que pretendía construir el “paraíso en la tierra”, no sólo sin Dios sino contra Dios.

2.2) No se debe olvidar la insistente tendencia de los Estados modernos a emanar legislaciones sin ningún tipo de relación o vínculo con el “orden moral” querido y fundado por Dios. Desde este punto de vista se comprende porqué León XIII recurriera al pensamiento aristotélico-tomista. Este pensamiento estaba en grado de dar tono y consistencia a la cultura y de reconocer independencia al poder temporal – relativa pero no absoluta – respecto al poder espiritual dado que si bien distinguía la filosofía de la teología había también entre ellas un alto grado de comunión y sostenimiento mutuo. León XIII pensaba que con la clave tomista se podía llamar tanto a los creyentes como a los no creyentes a un orden universal querido por la razón divina reflejada o espejada en la razón natural objetiva. Como hiciera Juan XXII en su tiempo, que prefirió dar espacio al pensamiento tomista, compacto y conciliador, descalificando la lógica franciscana más bien “pluralista y libertaria”, así se movió León XIII a los inicios del 1900. Para hacer frente a los problemas filosóficos y políticos de su tiempo dio espacio o privilegió la prospectiva filosófico-teológica de Tomás, descalificando la Escuela franciscana.

2.3) León XIII percibió y sintió profundamente lo que consideraba un peligro: la perdida o el declino de la competencia de la “auctoritas pontificalis” en la guía del mundo. Lo había percibido ya, como dijimos, Juan XXII. Este papa al fin de reunificar cultura y política, filosofía y teología, “potestas imperialis e potestas pontificalis”, privilegió el pensamiento tomista, marginando la Escuela franciscana que promovía el pluralismo de la teología y ponía el acento en el la voluntad/libertad más que en la razón y la intelectualidad.

2.4) Además, – y esto hay que subrayarlo – la filosofía y la teología tomista tienen una relevancia ético-política de la cual el pontífice se quiere servir. En efecto, el pensamiento tomista contiene un fundamento de auténtica política cristiana, en el sentido que entre el sistema teocrático – que era ya improponible – y la tesis liberal que considera “la religión un hecho privado – una cuestión de domingos” consecuente con la separación entre la Iglesia y el Estado, el pensamiento de Tomás deja entrever una especie de “poder indirecto” de la Iglesia sobre el Estado con el cual recuperar la influencia de la Institución “en una Europa laicista”. No quiero decir que el papa intentara recuperar e imponer otra vez el dominio clerical, pero su intención era sí relanzar la fuerza potente de la cultura cristiana en vistas de una nueva política cultural. Esta perspectiva es la que permite hablar – según el gran pensador francés E. Gilson – de un “uso apostólico de la filosofía” (Conf: E. Gilson, Le philosophe et la théologie, Paris, Vrin, 1960, 203).

2.5) Agrego -para completar este panorama histórico – que en el plano ético-político la Escuela franciscana ha sido siempre contraria a la supremacía temporal del Papa.  Guillermo de Occam es sólo una mente importante, pero no la única en el franciscanismo respecto a este tema. El principio que defendían (y aún defienden) los franciscanos es que la distinción real de los órdenes – el temporal y el divino – no funda ni exige la subordinación del temporal al divino, o sea que es posible que un orden sea en función de otro orden como en vistas de su propio fin sin que por esto uno esté subordinado a la autoridad del otro – como es el caso del pensamiento tomista. Queriendo traducir ahora en términos generales este problema, se debe decir que si se privilegia el pensamiento tomista, para Tomás no es posible la existencia de la Iglesia sin el Papa. Esto es normal y común al pensamiento cristiano. Pero para Tomás es posible un mundo sin Cesar, sin – diríamos hoy – Congreso o Parlamento – puesto que el orden superior (eterno) engloba, según él, el orden inferior.

2.6) Para el franciscanismo, tampoco es imaginable una Iglesia sin Papa. Pero no es posible – y aquí está la diferencia fundamental con el tomismo (la “peligrosidad” del franciscanismo) – un mondo, una Nación, un Estado, sin Cesar (sin Congreso). Y esto en nombre de la pluralidad y de la distinción de los roles. La raíz de esta crítica que hacen los franciscanos está en la lógica del dominio, la lógica del poseer y dominar que puede llevar al Papa a la transformación de la Religión en Política (Estado teocrático, como en el Islam) como puede llevar al Cesar a la transformación de la Política en Religión (Hitler, Mussolini, totalitarismos de derecha y/o izquierda).

2.7) Los planos o niveles, para el franciscanismo, están por supuesto colegados pero no subordinados. Para decirlo en términos más técnicos y precisos: la jerarquía ontológica no implica una jerarquía de jurisdicción. Respecto al nivel ético-político, en línea con su visión jerárquica, san Tomás sostiene, a diferencia del franciscanismo, que la jerarquía de dignidad implica la jerarquía de jurisdicción, en el sentido – como parece ser obvio – que a quien está en el plano más alto le compete comandar en modo directo o indirecto sobre quien está en el nivel inferior o más bajo. La distinción real de los órdenes funda – y exige -, según la mentalidad tomista, la jerarquía y, por lo tanto, la subordinación. Dicho brevemente: en Tomás la Iglesia jerárquica encontraba todos los instrumentos para recuperar cohesión doctrinal y prestigio político.

2.8) Recuerdo que Tomás retiene que la doble supremacía real de Cristo, sea espiritual que temporal, ha sido transferida a Pedro y a sus sucesores. Está aquí la substancia de la “plenitudo potestatis” y, por lo tanto, la subordinación directa o indirecta de toda autoridad a la autoridad papal. Cito a Tomás: “Summo Sacerdoti, succesori Petri, Christo Vicario, Romano Pontifici, cui omnes reges populi christiani oportet esse subditos, sicut isi Domino nostro Iesu Christo” (San Tomás, De regimene principium I, 14).

2.9) El franciscanismo, en cambio, no conoce la lógica de la subordinación sino la lógica de la participación y de la comunión al punto tal que vive humanamente, realiza el rostro humano quien vive tanto en una come en la otra lógica, substrayéndose así a los unilateralismos, a la lógica totalitaria política (que se come la Religión) y a la lógica totalitaria fundamentalista (que se come el Estado). Son dos lógicas que, aparentemente distintas, son idénticas porque ambas unilaterales, ambas totalitarias, ambas mutilan la realidad individual y social.

2.10) Son dos lógicas que  están siempre ahí, diríamos a la vuelta de la esquina como una gran tentación de la cual no es nunca fácil substraerse. Todos sabemos las aberraciones cometidas por la Iglesia como las cometidas por la política (ideologías). Es más bien una dialéctica dramática, una tensión jamás resuelta entre las dos lógicas. Pero está ahí la grandeza del hombre y su capacidad de “dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Está aquí, en esta visión franciscana, la fuente lejana del carácter religioso de la lógica laical, de la cual los franciscanos se han hecho siempre intérpretes y defensores a lo largo  de la historia.

III.- Una pregunta impostergable: ¿primado de la bondad o de la verdad?

3) Hoy que vivimos un momento socio-histórico-cultural muy particular, por muchos aspecto desconcertante pero no por esto menos fascinante y sorprendente, caracterizado como “postmodernidad”, (porque hemos dejado atrás la llamada “modernidad”) se impone una pregunta: ¿a quién propondría el papa León XIII en este atormentado y dislocado momento epocal? La respuesta – que en nuestras reflexiones tentaremos de argumentar – es que propondría a san Tomás de Aquino si retuviera que hoy el problema más grave es la defensa de algunas verdades teológicas, rechazadas o puestas en crisis y que habría que repensar y relanzar (como una campaña publicitaria que relanza productos antiguos actualizados). Pero si considerase que el problema es presentar nuevas lógicas de relación con lo real, nuevas claves teóricas y comportamentales que permitieran una lectura más humana y humanizante del mundo, del hombre y de la comunidad, es decir un diverso modo de leer la totalidad de lo real, pienso que propondría no a Tomás sino al franciscano san Buenaventura y a la Escuela franciscana.

3.1) En el primer caso (Tomás) el discurso continuaría a tener como centro la Verdad y la racionalidad, que hoy, como sabemos, están en crisis por tantos motivos (nihilismo) y que habría que recuperar; en el segundo caso (Buenaventura), considerando que la humanidad está hoy fagocitada por la lógica del dominar y poseer, del acaparar y tener, desdibujando siempre más la lógica de la oblatividad y de la coparticipación de los bienes,  el discurso apuntaría sin duda alguna hacia la libertad (voluntad) y la afectividad, hacia la Bondad, alma y medida de la Verdad.

3.2) La intención – cierto para nada fácil ni tranquila – sería educar a pensar lo real no como una minera que estamos llamados a depredar, un terreno que estamos llamados a desvalijar, sino como un jardín que estamos llamados a cultivar y custodiar, como un espacio de cósmica confraternización alimentado de la lógica de la gratuidad y no del dominio, del poner a disposición no sólo lo que tenemos o hacemos sino también nosotros mismos porque la única medida del amor (Bondad) es la indigencia, la necesidad de los otros.

3.3) Se trata, entiéndase bien, no de la Bondad sin o contra la Verdad, lo que nos llevaría al romanticismo o sentimentalismo individual (antropología) y políticamente a la anarquía. Se trata de la Bondad como el potencial dinámico de la Verdad, se trata, si queremos, del Agape como alma del Logos o, para usar una bella expresión que me inspira el lenguaje de uno de mis mejores maestros (Leonardo Boff), de Vigor y Ternura. No el Vigor por un lado y la Ternura por otro, sino el Vigor en la Ternura y ésta en aquél.

3.4) Es decir, un vigor ternurizado y una ternura vigorosa, en línea con el pensamiento clave o central del franciscanismo: no es la racionalidad la dimensión última de lo real, sino la libertad. Dios no crea el mundo porque es racional, sino que es racional porque él lo ama y lo crea. No es la racionalidad de lo real la condición de su venir a la existencia sino la libertad del Amante pues ésta crea lo que podría dejar en la sombra de la nada (del “no ser”), crea lo que no tiene algún derecho a ser, lo que no tiene algún derecho a existir (los derechos, en todo caso, comienza “después”). Lo que es, llega al ser o a la existencia porque es amado y no porque es racional. Sin duda que es racional pero es tal porque es amado y creado por Dios. Porque Dios crea el mundo el mundo es racional y no porque es racional Dios lo crea o está obligado a crearlo. Esto significa que el fondo de la realidad está permeado de la libertad del Amante. Por supuesto que lo que Dios crea es racional pero porque Dios lo crea es racional y no viceversa.

3.5) A este punto hay que decir también que el hombre no es tal porque razona y piensa, sino porque, como Aquél del cual es “imagen y semejanza” ama y dona y porque ama y dona, razona y piensa. Y no viceversa. Dicho en otros términos: para el franciscano, desde la perspectiva teorética, el mondo es más la obra de un artista que el diseño de un ingeniero, de un gran geómetra. El mundo ha sido querido más para sorprendernos y maravillarnos, compartirlo y gozarlo, que para penetrarlo con la razón y pretender poseer sus secretos. Y desde el punto de vista social se trata de hacerse cargo del mundo, encarnarse en el mundo sin dejarse fagocitar por sus encantos, dando siempre más espacio al otro en cuanto otro, al diverso, creando para él y con él iniciativas con las cuales hacer frente a las dificultades del tiempo.

3.5) Primado de la Bondad sobre la Verdad, o, mejor, la Bondad como alma de la Verdad, la libertad como el alimento de la intelectualidad. La racionalidad no es la estructura última de lo real. Por supuesto que lo real es racional pero no por esto ha sido creado, sino que porque ha sido amado y creado por el Amante es racional y no viceversa. Al origen de la vida no está – dicho diversamente – el cálculo y la especulación, sino la libertad que dona sin medida porque dona lo que podría no donar y retener para sí, o sea la vida, el misterio del ser.

3.6) Porque Dios lo ama y crea, lo real es racional y no porque es racional Dios lo ama y crea. No se trata de un juego de palabras sino de una lectura de lo real que cambia la vida, la praxis, la existencia. Cambia la percepción de sí mismo, del otro, del diverso, del distinto.  Si el primado de la racionalidad nos ha llevado a depredar el mundo, a transformar todo en número, a matematizar y a depredar la tierra y los hombres, la pregunta se impone: ¿No debemos cambiar la lógica relacional? ¿A dónde nos podría llevar el primado de la Bondad?

IV.- Primado de la Bondad: Abraham, la libertad creativa

1) Primado de la Bondad, metáfora de la liberad creativa como paradigma franciscano del pensar y del obrar. Estas expresiones no son otra cosa que la traducción en clave filosófica-teorética de la actitud que alimenta el gesto de Abraham, el cual, extranjero entre extranjeros, acoge, en el desierto, en pleno mediodía, a la hora en la cual el sol derrite el acero, tres extranjeros, peregrinos. No conoce sus nombres, no les pregunta la edad, no les pide los documentos, no les pide las huellas digitales o el pasaporte. No pregunta de dónde vienen y qué hacen ahí a esa hora “maldita” – para quien camina en el desierto.

2) Su gesto está alimentado de la libertad al estado puro. Es una libertad que no tiene otras raíces que no sean aquellas que se nutren de la alegría y el gozo de admitir “otros” a la fiesta de la vida. Abraham, extranjero entre extranjero, extranjero en tierra extranjera, un inmigrante, acoge y alimenta sin nada pedir ni preguntar, tres extranjeros. Los sirve, está atento a sus necesidades, todo da y nada pide. Da alimento y calor humano, pero nada pide en cambio. No interroga. Alimenta al extranjero dando lo que tiene, lo que hace y lo que él es.

3)  Todos conocemos lo que ocurre luego. Recibe la bendición divina – “tu descendencia será más numerosa que las estrellas del cielo”. Una bendición que nunca pidió y que, según el relato, no estaba en sus planes, no fue pensada o premeditada.  Esta bendición confirma que Dios valoriza o mide el abandono del hombre a la divinidad (o sea a él) con el metro de la donación al otro, al extranjero. Traducida en términos filosóficos, esta libertad abramítica, parece que se resuelve o sintetiza en la conjugación existencial del bien y de la verdad, según una trayectoria en la cual ocupa el primer puesto el bien y, en posición derivada – lo que no quiere decir secundaria – la verdad. La Bondad es el germen gratuito e innovador, es decir, el alma de la libertad audaz y creativa. La verdad no es otra cosa que la traducción histórica del ejercicio de la libertad que se nutre de la bondad.  La verdad es el vestido “frágil y variable” que la bondad se pone para estar presente en el tiempo sin por esto transformar el vestido en un absoluto.

4) La Escuela franciscana quiere que el hombre se de cuenta o tome conciencia, dado que está en el mundo sin tener algún derecho a la existencia pues está “aquí” y es por gratuidad y no por sus méritos, de la lógica de la gratuidad en la cual vive, de la cual se nutre; quiere que la haga suya esforzándose a su vez con la misma gratuidad para hacer que los otros sean, y sean plenamente. Para esto tiene que ampliar los espacios de la convivencia, no profanándolos o desdibujándolos, manipulándolos, sino más bien, aumentando la alegría de ser y no arruinándola. Es éste el primado de la Bondad. Es ésta la verdad de la libertad, nota que caracteriza nuestro ser y la trayectoria que estamos llamados a trazar en el tiempo de nuestra historia.

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¿Santo Tomás de Aquino o San Buenaventura? Por Eduardo Marazzi

En vista de una respuesta a las exigencias de la postmodernidad

A modo de introducción general

Si la escuela tomista representa el primado de la racionalidad y de la verdad, la escuela franciscana representa el primado de la afectividad y de la bondad. Pero entiéndase bien: no se trata de la bondad sin o contra la verdad (sería romanticismo o sentimentalismo), sino la Bondad como el alma, el corazón de la Verdad.

1) Es un dato real por todos compartidos que la parábola del pensamiento y de la cultura occidental ha sido alimentada, promovida y sostenida gracias al primado de una Razón (primero filosófica y luego ideológica y científica) siempre más omniciente, más arrogante y soberbia que, privilegiando sus mezquinos intereses, no ha considerado o no ha escuchado otra voz que no haya sido la suya. Esta autoreferencialidad, siempre más arrogante, altanera, la ha hecho sorda para escuchar otras voces, voces que no siempre están en sintonía con las pretensiones de la lógica de la Razón que tiende a poseer y a dominar, a mercantilizar y a cuantificar. Es la lógica relacional que tiende a hacer de todo lo que encuentra – como ha hecho el protótipo de la cultura occidental, es decir Ulises, botín.

2) La Razón occidental, en función de acaparar y mercantilizar, ha desconocido el derecho de la diversidad a la existencia. Sobre todo aquello que no se deja matematizar o poseer, ejerce la violencia, enmascarada en mil modos sutiles y elegantes. Son las voces de las diferencias que no se dejan homologar o fagocitar por una lógica totalitaria y totalizante, por un pensamiento único que ignora, deja al márgen o condena como absurdo o sin sentido todo lo que no puedo disciplinar, manipular, achatar y colocar al interno de sus propios intereses – que son siempre autoreferenciales.

3) Pues bien, tal Razon – de la cual han provenido tantos beneficios – es también la que nos ha llevado a los holocaustos y los genocidios del siglo pasado y ha condenado al silencio y a la miseria extrema enteras poblaciones diversas, naciones “otras”, culturas “otras” que se negaban a dejarse encasillar o capturar por la racionalidad occidental, depredadora de toda diferencia.  El hombre actual, cansado de la homologación, sea tal homologación de derecha o de izquierda, defiende hoy el derecho a la diversidad, el derecho a una individualidad o “yoidad” que rechaza – aunque no siempre sepa defender tal derecho  con “razones razonables” – todo forma de uniformidad que no tenga en cuenta la unicidad que cada rostro humano, con titánica lucha costruye y representa.

4) En este espacio postmoderno, siempre más pluricultural, multiétnico, multireligioso y pluriético, espacio en el cual la convivencia con la “otreidad” del otro es un dato innegable aunque no siempre sea placentero ni tranquilo el encuentro, el paradigma franciscano de lectura de lo real, paradigma que privilegia la Bondad como alma de la Verdad, puede ser un punto de referencia relevante. Es una lógica que, sin tener la arrogante pretensión de iluminar el entero horizonte, puede ser un faro, una luz que ilumina el pensamiento y orienta o propone otras prácticas de encuentro con lo real. Se trata de otras lógicas relacionales más humanas, menos fagocitantes, mas respetuosas de la diferencia la cual, hoy, a nivel planetario, hemos descubierto como un valor irrepetible que ningún fundamentalismo, sea secular o religioso, tiene el derecho de cancelar o desdibujar.

5) La fecundidad teorética y práctica del paradigma franciscano – paradigma que de a poco iremos presentando – pero que ya decimos, es la lógica que da espacio a la oblatividad como razón de su leer y operar – nos induce a poner esta pregunta: ¿san Tomás o san Buenaventura (y la escuela franciscana) como la fuente inspiradora del pensar y el actuar? Lo que nos proponemos en esta serie de reflexiones, es llevar a sus extremas consecuencias o radicalizar la opción filosófica fundamental, de modo que podamos apreciar la capacidad interpretativa de instancias fundamentales y altamente problemáticas y conflictivas de la sociedad contemporánea, interrogándonos por la tarea o el trabajo que nos compete y nos espera. Me explico mejor: ¿la tarea que nos espera no es otra que permanecer en la lógica elaborada por el primado de la Racionalidad y la Verdad, lógica que en modo siempre más necróficlo ha alimentado la vida del Occidente, o intentar otros caminos, otras lógicas que sin rechazar totalmente la lógica precedente (sería absurdo hacerlo) abran senderos no simplemente marginales o de “segunda clase”. Entiéndase bien: no se trata de poner en cuestión a san Tomás de Aquino, sino de preguntarse por la fecundidad teorética de la lógica tomista, sea tanto en la individualización de la problemática de nuestro tiempo, siempre más pluralista en todos los aspectos, cuanto en la capacidad para responder a sus expectativas y esperanzas.

Evitaré las tediosas notas al pié de la página y sin hacer de estas reflexiones un trabajo académico, citaré sólo en el texto los autores que creo serán importantes para dar credibilidad a estos pensamientos. Son “migajas” de reflexiones, migajas franciscanas que provienen de la lógica de la gratuidad que alimenta el corazón del franciscanismo porque es la lógica relacional del Amante, de Aquel que, como dice el profeta Isaías, “rescata sin precio” y en Jesús de Nazaret, ama sin medida y sin discriminaciones.

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¿Utopismo espiritualista? Puntualizaciones a una alocución de Benedicto XVI. Por José Arregui

Este artículo fué escrito por el autor unas semanas antes de que publicara su “Pido la palabra” y se desencadenara la polémica. Lo publica el último número de la revista de Pensamiento Cristiano “Iglesia Viva” entre otros interesantes materiales.  Esta reflexión sobre historia y actualidad puede servir para explicar una tensión que se repite desde los tiempos de Francisco de Asís y Buenaventura entre el espíritu franciscano y el poder romano.

En la alocución pronunciada en la Audiencia General del pasado 10 de Marzo1, Benedicto XVI censuró por enésima vez a los cristianos católicos que reivindican reformas radicales en la Iglesia de hoy. Lo hizo con la inteligencia y sensibilidad que le caracterizan, pero también con la parcialidad y dureza de juicio que a veces muestra. Su argumentación y, más concretamente, su lectura de los orígenes franciscanos me parecen cuando menos parciales, y me atrevo a hacer unas puntualizaciones –no menos parciales sin duda– con la simplicidad y libertad a la que nos animó Francisco de Asís, el humilde y libre seguidor de Jesús.

1. Para descalificar y desacreditar a los cristianos que sueñan con otra Iglesia muy distinta, Benedicto XVI los asimila a los “espirituales franciscanos” del s. XIII, dando por supuesto que éstos eran frailes descarriados. Creo que es injusto con aquellos franciscanos de entonces y con los cristianos de hoy que al parecer siguen sus pasos. Los espirituales franciscanos no fueron en absoluto un movimiento homogéneo, y toda condena sumaria y conjunta es una deformación de la historia (y del evangelio). Algunos de ellos eran compañeros de primera hora de Francisco, como el Hermano León, y a todos les unía era el recuerdo del pobrecillo de Asís y su fervor evangélico; querían seguir el espíritu, la intuición y el estilo de vida de Francisco de Asís, pobre e itinerante como Jesús, y tenían muy buenas razones para resistirse a aceptar la evolución de la Orden, cada vez más alejada del Poverello. Pudo haber derivas antieclesiales y antiinstitucionales demasiado radicales, pero ¿quién puede afirmar que eran menos erróneas y peligrosas las derivas antievangélicas de la institución eclesial de la época o de la propia Orden franciscana? ¿Y quién sería capaz de determinar en qué medida la radicalización de los espirituales fue causa de su persecución por parte de la institución y en qué medida fue efecto de la propia persecución? Lo mismo vale para hoy. Muchos, muchísimos cristianos quisieran ver a la Iglesia avanzar con decisión hacia los nuevos horizontes abiertos –más bien insinuados– por el Vaticano II, y lamentan el giro restaurador de la jerarquía eclesial en las últimas décadas, se duelen de la contrarreforma en curso, deploran la estrechez y la asfixia crecientes en el seno de la Iglesia Católica, quieren seguir soñando, arriesgando, respirando aire y vida. ¿No sería más eclesial reconocer en ellos al Espíritu que renueva la faz de la tierra y de la Iglesia?

2. El papa indica que los “hermanos espirituales” se inspiraban en Joaquín de Fiore (1135-1202),aquel monje místico, teólogo y brillante escritor que vislumbraba una Iglesia espiritual, pobre y libre, libre de tanto poder y de tanta sumisión a los poderes, libre de tantas riquezas materiales, libre de tan rígidas estructuras clericales. Es cierto que este monje, abad de Fiore, inspiró a algunos miembros del movimiento  espiritual franciscano. Pero vuelve a imponerse aquí la misma observación del punto anterior: no me parece correcto aducir a Joaquín para desacreditar a los espirituales, como si aquel monje genial fuera un siniestro hereje, responsable de males sin cuento en la posteridad de la Iglesia. Seguramente, la visión histórica del papa en este punto está demasiado condicionada por la conferencia que el predicador del Vaticano, el franciscano capuchino Raniero Cantalamessa, pronunció en 2009 sobre Joaquín de Fiore para el papa y la curia pontificia. No estoy capacitado para emitir un juicio histórico sobre el abad de Fiore, pero sin duda la visión oficial católica ha sido unilateral y se requiere una perspectiva más amplia. De hecho, Joaquín contó en vida con el favor de varios papas, y sólo fue condenado años después de su muerte por  profecías milenaristas simplemente pintorescas, por enredadas cuestiones acerca de la Trinidad y, en el fondo, por su potencial peligrosidad para la institución eclesial.

3. Frente a Joaquín de Fiore y los “espirituales franciscanos”, el papa propone como modelo a San Buenaventura, Ministro General de la Orden franciscana entre 1257 y 1274. Admiro a Buenaventura: fue místico, pensador y humilde. Amó a Jesús, amó a Francisco, amó a las criaturas, que eran para él epifanía de Dios y camino hacia Dios. Pero no cuenta entre sus méritos su antagonismo con Joaquín de Fiore, ni sus prevenciones con los hermanos “espirituales”, ni el haber encarcelado a su predecesor en el generalato Juan de Parma, un fraile bendito éste, que había sido malintencionadamente acusado de joaquinismo y por ello depuesto de su cargo (supongamos que fuera un convencido joaquinista: ¿acaso puede ser eso justo motivo para encarcelar a nadie?). Y Buenaventura lo encarceló en Greccio, en el mismo lugar donde Francisco había revivido la Navidad de Belén, con el pesebre y el heno, el asno y el buey, y toda la fraternidad y toda la naturaleza celebrando juntos la tierna humanidad de Dios. En una mísera celda de Greccio pasó Juan 30 años, hasta que fue absuelto, y siglos después fue declarado Beato. (La Florecilla 48 es muy ilustrativa de cómo miraban a Buenaventura los hermanos “espirituales”: describe la visión tenida por un hermano en la que Buenaventura aparecía atacando a Juan de Parma con garras de hierro). No es ciertamente su hostilidad para con los espirituales y joaquinistas lo que más asemeja a Buenaventura con Francisco ni, como sugiere el papa, lo que hace de él un modelo de actitud eclesial para nuestros  días. Como si la continuidad con el pasado, el recelo ante lo nuevo, el miedo a la libertad, la obediencia sumisa al sistema, la acomodación a lo establecido, el realismo prudente fuesen lo que más nos hace ser Iglesia, discípulos de Jesús. Como si el idealismo arriesgado, la disidencia crítica y fraterna, el conflicto de interpretaciones, el pluralismo de visiones y de opciones, la opción radical por los pobres fueran el máximo peligro. No nos enseñó eso Jesús. No nos enseñó eso Francisco.

4. El papa fue más lejos en su alocución: Buenaventura no sólo es modelo de espíritu eclesial para los fieles, sino también es modelo de gobierno eclesial para los papas de hoy. Me agrada que se tome al franciscano Buenaventura como espejo en los palacios del Vaticano. Pero me temo que se trata de un espejo previamente –con intención o sin ella– deslucido y deformado. Se toma a Buenaventura como paradigma al servicio de unos intereses. Se le toma como el hombre elegido y asistido por el Espíritu de Dios para atajar el supuesto gran peligro de su época, el movimiento espiritual, su radicalismo franciscano, con la mirada puesta en el momento eclesial que vivimos y en el mayor peligro que el gobierno de la Iglesia debe combatir: el reformismo. Benedicto XVI menciona a Pablo VI y Juan Pablo II como las dos grandes figuras que así lo han hecho, siguiendo la pauta marcada por San Buenaventura; Pablo VI y Juan Pablo II son los dos “sabios timoneles” que supieron conducir la barca de la Iglesia en medio de la amenaza postconciliar de los reformadores “utópicos”, “espiritualistas”, “anárquicos” (entre ellos habría que incluir, sin duda, a destacados teólogos como Rahner, Congar, Schillebeeckx ,y a grandes obispos como Helder Cámara, Alfrink, Suenens, Proaño, Arns, Lorscheider…). Surgen muchas preguntas: ¿Es correcto mencionar juntos a dos personalidades y programas eclesiales tan diversos como Pablo VI y Juan Pablo II? ¿Se ha borrado incluso la memoria de Juan Pablo I y de su sueño de reforma que no pudo ni estrenar? Por lo demás, el papa actual apenas disimula que es él mismo quien en realidad encarna el buen gobierno del “doctor seráfico” Buenaventura, sustentado en dos pilares: “pensar y rezar”; no en vano ha sido él, desde el principio, el verdadero artífice de la recuperación del espíritu preconciliar – algunos la llaman contrarreforma– iniciada en los años 80. Está muy bien “pensar y rezar”. La cuestión es cómo se piensa y cómo se reza. Y la cuestión es si, además o primero, se escucha, se dialoga, se tolera. Y la cuestión más importante es cuáles son las prioridades: la doctrina y la moral o la solidaridad y la compasión. Es difícil leer el pasado sin la mirada puesta en el presente, pero es preciso evitar la manipulación del pasado y del presente. La historia es buena maestra, pero a condición de no utilizar el pasado como justificación del presente y de no apelar al pasado para impedir un futuro nuevo. En el fondo, ¿no se está utilizando a Buenaventura para seguir manteniendo a la Iglesia de hoy prisionera de la Edad Media?

5. La cuestión fundamental es cómo entendió Buenaventura a Francisco. Lo admiró sobremanera, celebró sus virtudes, lo elevó a lo más alto, pero ¿no fue al precio de volverlo inimitable, tal vez, inconscientemente, para no tener que imitarlo? Lo ensalzó como “otro Cristo”, pero ¿no fue al precio de olvidar demasiado al Jesús pobre, libre, itinerante, a quien Francisco quiso seguir y quiso que siguiéramos? De hecho, los artistas de la época pasaron de representar las escenas de la vida de Francisco a representar sus “milagros”; el modelo a imitar se convirtió muy pronto en mediador a quien invocar. Y Buenaventura encarna e impulsa este cambio de perspectiva. Salvó la Orden franciscana de una posible disolución, pero ¿salvó en ella el espíritu de Francisco, su intuición originaria? ¿Qué significa que en las Constituciones de Narbona promulgadas por Buenaventura sean tan exclusivamente disciplinares y no se mencione en ellas la primera Regla de Francisco, expresión más espontánea del alma de Francisco? ¿Dónde quedó la minoridad de éste, su firme voluntad de vivir con y como los menores de la sociedad? ¿Qué fue de las pobrecillas moradas en las que Francisco quiso habitar, como los pobres campesinos, y que nunca quiso tener en propiedad? ¿Qué fue de su itinerancia, de aquel vivir como peregrinos y advenedizos sin domicilio fijo ni propiedad y siempre con los últimos? ¿Qué fue del resuelto propósito de Francisco de romper con el clericalismo cuando, con Buenaventura, la Orden se clericalizó enteramente, de modo que los hermanos no clérigos se convirtieron en excepción y fueron relegados al servicio doméstico de los conventos? ¿Dónde quedó la evangélica obsesión de Francisco de ser todos hermanos y los menores en todo? ¿Tomó en serio Buenaventura –el eminente maestro de teología en la universidad de París, que con razón se sentía feliz y orgulloso de acoger en los conventos a teólogos e intelectuales universitarios–, tomó en serio aquella advertencia de Francisco: “Aunque vengan a nosotros los mejores teólogos de París, escribe, hermano León: No está ahí la verdadera alegría”?

Es difícil imaginar que, para Francisco, el verdadero riesgo de “gravísima tergiversación” de su mensaje e intuición o la verdadera “visión errónea del cristianismo en su conjunto” fuesen precisamente los hermanos “espirituales”, como afirma el papa en su alocución. Es una lectura muy discutible de los orígenes franciscanos. El Espíritu no es monopolio de nadie, pero está donde las instituciones se transforman y la vida reverdece.

NOTA AL PIE:

1 El texto completo de esta catequesis del 10 de Marzo de 2010 se encuentra en la página vatican.va. Reproducimos a continuación los párrafos más significativos:

Como ya dije, uno de los varios méritos de san Buenaventura fue interpretar de forma auténtica y fiel la figura de san Francisco de Asís, a quien veneró y estudió con gran amor. En tiempos de san Buenaventura una corriente de Frailes Menores, llamados “espirituales”, sostenía en particular que con san Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia, en la que aparecería el “Evangelio eterno”, del que habla el Apocalipsis, sustituyendo al Nuevo Testamento. Este grupo afirmaba que la Iglesia ya había agotado su papel histórico, y una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu —es decir, los “Franciscanos espirituales”— pasaba a ocupar su lugar. Las ideas de este grupo se basaban en los escritos de un abad cisterciense, Gioacchino da Fiore, fallecido en 1202. En sus obras, afirmaba un ritmo trinitario de la historia. Consideraba el Antiguo Testamento como la edad del Padre, seguida del tiempo del Hijo, el tiempo de la Iglesia. Había que esperar aún la tercera edad, la del Espíritu Santo. Así, toda la historia se debía interpretar como una historia de progreso: desde la severidad del Antiguo Testamento a la relativa libertad del tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los hijos de Dios, en el período del Espíritu Santo, que iba a ser, por fin, el tiempo de la paz entre los hombres, de la reconciliación de los pueblos y de las religiones. (…)

Llegados a este punto, quizá es útil decir que también hoy existen visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia en el segundo milenio ha sido una decadencia permanente; algunos ya ven la decadencia inmediatamente después del Nuevo Testamento. En realidad, “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, sino que avanzan. ¿Qué sería la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, de los franciscanos y de los dominicos, de la espiritualidad de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz, etcétera? También hoy vale esta afirmación: “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, avanzan. San Buenaventura nos enseña el conjunto del discernimiento necesario, incluso severo, del realismo sobrio y de la apertura a los nuevos carismas que Cristo da, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientras se repite esta idea de la decadencia, existe también otra idea, este “utopismo espiritualista”, que se repite. De hecho, sabemos que después del concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, de que había otra Iglesia, de que la Iglesia pre-conciliar había acabado e iba a surgir otra, totalmente “otra”. ¡Un utopismo anárquico! Y, gracias a Dios, los timoneles sabios de la barca de Pedro, el Papa Pablo vi y el Papa Juan Pablo II, por una parte defendieron la novedad del Concilio y, por otra, al mismo tiempo, defendieron la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que siempre es Iglesia de pecadores y siempre es lugar de gracia.

4.En este sentido, san Buenaventura, como ministro general de los franciscanos, adoptó una línea de gobierno en la que era clarísimo que la nueva Orden, como comunidad, no podía vivir a la misma “altura escatológica” de san Francisco, en el cual él ve anticipado el mundo futuro, sino que —guiada, al mismo tiempo, por un sano realismo y por la valentía espiritual— debía acercarse tanto como fuera posible a la realización máxima del Sermón de la montaña, que para san Francisco fue la regla, si bien teniendo en cuenta los límites del hombre, marcado por el pecado original.

Vemos así que para san Buenaventura gobernar no coincidía simplemente con hacer algo, sino que era sobre todo pensar y rezar. En la base de su gobierno siempre encontramos la oración y el pensamiento; todas sus decisiones eran fruto de la reflexión, del pensamiento iluminado de la oración. Su íntima relación con Cristo acompañó siempre su labor de ministro general y, por esto, compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el alma de su gobierno y manifiestan la intención de guiar interiormente la Orden, es decir, de gobernar no sólo mediante órdenes y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando hacia Cristo. (…)

Fuente: www.atrio.org