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Benedicto y Sarkozy
Los viajes al exterior del Papa actual no tienen el mismo objetivo ni conservan las circunstancias que caracterizaron los de Juan Pablo II, encaminados a establecer vínculos de simpatía con las distintas culturas y pueblos con una actitud de respeto y humildad exteriorizada en ese beso a la tierra con que comenzaban todos sus arribos. La visita a Bush, calificada y preparada con mucho cuidado de todos los detalles y aceptada gustosamente por el presidente y el pueblo norteamericano, se convirtió en un eslabón muy importante en la cadena de recuperar oficialmente a los grandes de la tierra para contrarrestar las influencias de un islamismo en imparable avance. Así se explica el recibimiento a toda orquesta con el rendimiento de todos los honores correspondientes a los jefes de estado amigos de USA. Una visita que logró sacar de los primeros planos los escándalos sexuales y, a la vez las empobrecedoras indemnizaciones que las iglesias de diversas diócesis debieron pagar a los damnificados. La visita a Francia, con características parecidas, parece encajarse en el mismo proyecto. Recuperar los números para los católicos, atrayendo por una parte a los que se desgajaron de la iglesia, desbandados por las pretensiones actualizadoras del Concilio Vaticano II (caso Lefebvre) y, por otra ofreciendo al mundo secularizado una invitación para incluir en sus enfoques una aceptación de la propuesta cristiana. Como “laicidad abierta” han bautizado este proyecto tanto el presidente francés como el Papa que ha hecho suya la propuesta. Lo que se completa, para traer agua de todos los costados, con una eclesialidad cerrada que restablece las antiguas costumbres de la liturgia católica volviendo a la actitud de rodillas y la comunión con el gesto infantil de la comida en la boca que habían sido erradicadas por la reformas posteriores al Vaticano II. Las últimas encuestas disponibles dan un 85 por ciento de católicos franceses en 1990 disminuidos hoy a un 50 por ciento de los que dicen tales y un 10 por ciento de los que asisten a Misa dominical habitualmente. El Papa es fundamentalmente un profesor universitario. Su indudable erudición en materia filosófica y teológica le permite comunicarse fácilmente con los intelectuales y hacer desaparecer las dificultades de la propuesta de una laicidad abierta ante el proceso de un catolicismo encerrado en sus tradiciones postridentinas. El diario francés Liberation lo hace notar acertadamente. Afirmando la negativa de admitir a los sacramentos a los divorciados con nueva pareja, Benedicto no tiene reparos en proclamarlo a pesar de sus simpatías por Sarkozy que lo recibió en Orly, acompañado de su tercera esposa y se proclama abiertamente como católico. Y allí está el nudo de la cuestión. El mundo marcha hacia una apertura que pueda abarcar todos los espacios y tener lugar para todos. Aunque los fanatismos con sus ofertas de seguridad logren progresos importantes en un mundo acometido por inseguridades de toda índole, la visión cristiana no se asienta fundamentalmente en posiciones ideológicas exquisitas sino en la práctica del amor extendida a todas las situaciones de las relaciones humanas. La actitud reconocida del cardenal Ratzinger en la encíclica Christus Dominus desechando una verdad para compartir, y exclusivizando la posesión de esa verdad en la iglesia católica, se repite en este ámbito, sin expresarlo abiertamente pero exigiendo una laicidad abierta a lo cristiano y no un catolicismo abierto a la laicidad. Una ciencia sometida y acorralada por las decisiones vaticanas y no una iglesia adaptándose a las conquistas científicas. Así es fácil caer en la cuenta de cuáles son los prosélitos que se buscan y así, al mismo tiempo, se desalojan del espacio eclesial las esperanzas creadas por el Concilio Vaticano II. José Guillermo Mariani (pbro) |
Número de visitas desde la Pascua del 2001
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