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Carta Abierta 2: Verdad y Justicia. Por Maria Cristina Pisano.El 9 de octubre del año 2007 no ha sido, ni será, un día cualquiera en la historia argentina, un día cualquiera en la historia de la Iglesia. Me considero parte de los tantos católicos que adherimos a la Iglesia que Jesús instituyó, donde el Reino de Dios y la opción por los pobres rompió con la lógica del poder. Quizá por ello, al escuchar el pronunciamiento de la sentencia a Von Wernich sentí, misteriosamente, una mezcla agridulce, una voz interior que me decía: el Espíritu sopló, la Verdad salió a la luz y la Justicia habló. La valentía superó los tormentos, las humillaciones, los horrores de quienes al quedar con vida se atrevieron a declarar para que los abogados querellantes fundamentaran ante el tribunal - y ante un pueblo que presente en la sala o a través de la televisión seguía los pasos del proceso - con pruebas sólidas, aquellos acontecimientos que llevaban la postergada espera de más de treinta años. Espera donde aún se ven, en los rostros, los dolores de las madres y padres sin hijos, de los hijos sin madre y sin padre, de los nietos sin abuelas y abuelos, de los abuelos y abuelas sin nietos, de identidades robadas. No le sirvió al ex capellán hablar de demonio, pecado y falsos testigos, ni señalar un crucifijo (frialdad detallista de este tipo de personalidades) para justificar lo corrupto de la red de las clases dominantes que, mediante engaños y con un plan siniestro, arrasaron generaciones y, con ellas, provocaron el quiebre que implica la transmisión de la memoria en las generaciones futuras. La parábola del grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, está desprovista de prestigio, autoridad, potestad, poder y riquezas. Von Wernich, casi como si estuviera dando una homilía, se adjudicó esos atributos aduciendo que le fueron otorgados por sucesión apostólica para perdonar los pecados. Olvida, sin embargo, que él es también un pecador aunque, valiéndose de un espejismo tan omnipotente como inútil, se abstuvo de confesar las atrocidades de sus propios desvíos, los abominables delitos cometidos mostrándose no necesitado del perdón de Dios. Similar olvido parecen padecer los tibios miembros de la Conferencia Episcopal Argentina que expresan en un documento -con la sorpresa de quienes recién se enteran de lo sucedido - que están conmovidos… Ridículamente, utilizando palabras convencionales y poco creíbles, aspiran a aunar extremos tales como impunidad y reconciliación desconociendo que éstas tienen connotaciones diferentes. En el mismo documento, los obispos expresan que Von Wernich es un hombre de la Iglesia, pero al ser condenado a reclusión perpetua por genocidio procuran despegarlo de la Institución. Muchas preguntas se agitan en mi mente. ¿Un hombre de la Iglesia o muchos hombres de la Iglesia Jerárquica miraron para otro lado avalando el genocidio siendo cómplices? ¿No es la omisión un pecado que ustedes, hombres de Dios, desde los preceptos que predican nos enseñan que la debemos confesar? ¿No les parece que el ejemplo humilde de reconocer sus debilidades penetra el corazón humano con más fuerza y nos invita a hacer lo propio con las nuestras? ¿Es posible aludir a la paz cuando lo intencionado del silencio sigue escudándose en cuerpos colegiados evitando enfrentar y afrontar las responsabilidades que les ha competido y les compete? Si lo que está en juego es la unión, la unidad de la Iglesia toda ¿no sería un acto de amor que nos ayudaran a dignificarla? ¿Es mucho pedir que asuman el real compromiso como lo hicieran obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se mantuvieron firmes en la fe, junto al Pueblo de Dios, hasta el límite de dar la vida? ¿Saben que en la actualidad muchos católicos, cristianos, judíos, metodistas y otros, sea desde lugares anónimos o públicos, con su labor cotidiana dan sentido al término esperanza? Creo que cuando todos comprendamos lo que Dios quiere y los hombres necesitamos, seremos levadura y sal que, aunque desaparecen, impregnan y transforman los individualismos en comunidades fraternas. En conciencia y en pos de esa anhelada fraternidad, pido perdón como católica práctica, como discípula, como hija de Dios y hermana de Cristo, por todos los daños físicos, psíquicos y espirituales que han sufrido tantos hermanos, por haber creído que las palabras de la Iglesia Institucional se plasmaban en hechos concretos. Este 9 de octubre, la Justicia quitando toda veladura de los poderes terrenales dijo PRESENTE. Tal vez, a partir de esta hora seamos mejores administradores de los dones recibidos para que la Paz que reconcilia deje de ser una utopía. María Cristina Pisano |
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