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Ciclón electoralista
No me estoy refiriendo a un pronóstico optimista sobre los porcentajes de
ciudadanos interesados por el país para las elecciones de octubre, sino a una
cantidad de remolinos que perturban el ambiente social y oscurecen los objetivos
democráticos que deben caracterizar un acto eleccionario de autoridades
legislativas.
Árboles secos que reverdecen, ramas caídas por todas partes, cambios caprichosos
de paisajes, hojas desparramadas y arrastradas sin control, corrientes que
se entrecruzan empujando hacia uno y otro lado. Es una descripción simbólica del
efecto de la abundante información suministrada por la prensa, y las reacciones
de los políticos tan enredadas y contradictorias que configuran una verdadera
amenaza.
Nadie parece tener en cuenta circunstancias pasadas de alianzas realizadas sólo
para derrocar, sin otra disponibilidad que la capacidad de negociar engañando y
engañándose para llegar al poder, carentes de iniciativas y con rápido fracaso
al desnudarse los verdaderos intereses personales, corporativos o partidistas.
Actualmente esos intereses que se defienden son parecen tan decisivos que
justifican un lenguaje que llega, sin ningún recato ni respeto, a calificaciones
de traidores, veletas, corruptos, dictadores, estafadores, ladrones... Un
lenguaje mancha también sin pudor, las delicadas bocas de las damas. Porque para
cada uno está absolutamente seguro de que el otro miente y hay que arrancarle la
careta con un insulto.
Pero, el lenguajes “en campaña”, según recientes resoluciones judiciales, no es
ofensivo, y lo que se dice hoy puede desdecirse mañana y el insulto de hoy puede
transformarse en abrazo de mañana. No se toma conciencia de la desorientación y
escepticismo que esto causa en la gente común, en nosotros los ciudadanos que
tratamos de no pegarnos una camiseta y estudiar la realidad, más allá de la
góndola del supermercado o de las tendencias archiconocidas de los noticiosos
radiales o televisivos.
Esto es lo que califico de ciclón electoralista desatado ya que primero, quita
importancia a todo lo realizado o por realizarse; segundo, empuja a tomar
decisiones ciegas y a último momento; y tercero, sienta las bases para que
“resulte lo que resulte” todos queden disconformes.
En los ciclones lo más acertado es “evacuar” “huir” “alejarse”. Así, aunque no
se eviten todas las consecuencias y sea imposible librarse de algunas ráfagas,
el daño será menor.
Creo que hay que acudir a esa táctica. No darle tiempo a la pequeñez de esas
riñas que engolosinan a muchos periodistas, no enterarse de todos los detalles
de todos los diarios de todas las semanas. Dosificar la información para que no
resulte desinformante, y aguantar la desinformación que nos permita informarnos.
El Cosquín Rock convocó a 60.000 o más, jóvenes y casi jóvenes. Muy lejos de los
15.000 de Leones. Allá se pelearon e insultaron. Aquí saltaron y aclamaron cada
uno a sus preferidos, buscando y gozando de lo mejor de todos. Un alarde de
prescindencia quizás exagerada pero que, a su manera, recoge y hace historia.
Alguno de los intérpretes arriesgó el sonsonete de “no hacemos el rock de LA…
Re… MI ni de nadie”, por demás indicativo de la rebeldía, y suficiente
para establecer un ideal político, el de no ser mandado por nadie, que
resulta indispensable recuperar para el acto eleccionario y la
democracia.
La medida higiénica de diversificar para comparar las fuentes de información, al
mismo tiempo que las disminuimos, contribuye a dar serenidad de juicio, aprecio
de los verdaderos problemas, descubrimiento de los intereses que mueven a
personas y grupos, y liberación del presagio agorero de quienes sólo pretenden
destruirlo todo. Es el modo de salvarnos del ciclón.
José Guillermo Mariani (pbro)
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