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Dolor hacia el futuro Martes 31 de Agosto de 2004
(Por el Pbro. José Guillermo Mariani)
Martes 31 de Agosto. Cuando el ansia de volver a la calidez del hogar se
frustró con el horror de las llamas del avión que debía regresar a aquellos
sesenta y siete pasajeros sonrientes con el anticipo del reencuentro con los
suyos. Dos detalles prolongan el dolor de todos los familiares cuya vida dio un
giro en ese momento aventando esperanzas y proyectos y lanzándolos a un espacio
sin horizontes. Lo primero, la crueldad del espectáculo de hierros retorcidos,
cuerpos carbonizados, siluetas envueltas en llamas, gritos de auxilio y
desesperación, explosiones y llamas por todos lados. Y por sobre todo, el
pensamiento de la angustia que cada uno debió soportar en su anhelo de salvarse,
de salvar a los compañeros, de apagar ese infierno que acabó metiéndoseles
en el cuerpo sin piedad.
Lo segundo, el pensamiento de que la tragedia hubiera podido evitarse.
“Dios lo ha dispuesto así” es la frase evasiva que muchos ensayaron para quitar
responsabilidades y eludir culpas. No, absolutamente. Dios no lo ha querido ni
dispuesto así. Esto sucedió porque los hombres manejaron las cosas como Dios no
quiere. Con imprevisión, con valoración del dinero por encima de las inversiones
de mantenimiento, con imprudencias en manejar las fallas mecánicas y otras cosas
parecidas.
Este dolor que afecta a 67 familias, padres, esposos, hijos y una cantidad de
parientes, no es un dolor cerrado en apellidos, o en clase social, o en barrios
o en linaje. Es un dolor extendido a la comunidad, a la población entera.
Desparramado por todas partes.
Ante él, algunos han intentado olvidar, para seguir viviendo. Y, en la vida
consciente, su intento pareciera eficaz. Pero es imposible librarse de los
sueños, de los pensamientos que se vuelan cuando la mente no está preocupada por
lo inmediato. Otros han preferido guardar la memoria, aun vestida de horror,
para no sufrir pesadillas y alteraciones ocultas. Para compartirla con otros que
llevan la misma carga.
Muchos, han querido cerrar el círculo del pasado doloroso, con un lanzamiento
hacia el futuro. Para que esto no vuelva a pasar. Para que la justicia
determine, señale y castigue a los culpables, con una medida ejemplar que
muestre que los réditos empresarios y las influencias del dinero no son
suficientes para exculpar a quienes no priorizan la dignidad de los seres
humanos y su importancia singular.
Por eso los familiares siguen reuniéndose cada año. Para tocarse, para
abrazarse, para mirarse, para juntar lágrimas, para renovar palabras de aliento,
para comunicarse cómo siguen viviendo. Y para muchos esta reunión en el atrio de
la Catedral tiene la intención de convertir el dolor en plegaria, venciendo todo
resentimiento o rebeldía.
Los acompaño, los acompañamos solidariamente, impulsándolos a que continúan
viviendo y luchando con las fuerzas que dejaron en ellos, los que partieron...
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