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Grandulote ¿no tenés vergüenza?
Hay una violencia que algunas veces se puede explicar y hasta justificar. Es la de los pequeños, los más débiles, los oprimidos Al menos se puede discutir sobre si después de agotados los medios pacíficos no hay que recurrir a la agresión graduada para recuperar derechos absolutamente elementales. Pero la violencia desde arriba, la de los poderosos, nunca se puede justificar. Se trata lisa y llanamente de aprovechamiento del poder, a pesar de todos los argumentos que puedan esgrimir declarando que deben defender el orden y disciplina para bien de todos. Y esa violencia no tiene justificativo de ninguna manera, simplemente porque el poder dispone de mil medios para imponer la disciplina necesaria y a ellos debe recurrir, sin que nada pueda justificar una reacción excesiva.
Es absolutamente cierto, por otra parte, que resulta muy difícil respetar los límites cuando otros los traspasan. Pero esa es una máxima que quien está en el poder debe observar al máximo. Y si comete un error, además de reconocerlo, debe admitir la sanción y reparación correspondiente. Así debió suceder con nuestros dictadores genocidas, así debe suceder con el arrasador de pueblos y culturas que es el presidente Bush, así debe suceder con todos los represores cotidianos desde las fuerzas de seguridad aunque sus excesos se denominen simplemente “gatillo fácil”, así se debe proceder en los casos de gobernantes que ordenan reprimir conociendo perfectamente las peligrosas tendencias de muchos que tienen las manos y la conciencia manchada con sangre.
Afortunadamente, en medio de tantas deficiencias de que podemos acusarnos, somos un pueblo que no aguanta la impunidad. Y tarde o temprano el que las hace las paga, a pesar de todos los recovecos y venalidad de la justicia. ¡Porque el pueblo juzga y condena! Así como en el caso de Neuquén. Con declaraciones ambiguas de muchos políticos y con silencios del poder que en esto parece tener “cola de paja”, la República entera se estremeció con el asesinato del maestro Fuentealba. Y se estremeció de indignación y se estremeció proclamando una huelga general de duelo y de protesta. Una huelga ejemplarizante, para que los gobernantes aprendan a escuchar los reclamos justos no sólo reconociendo su justicia como lo hacen “de cajón”, sino jerarquizando los servicios que se prestan y destinando presupuestos que ayuden a conservar la dignidad y el respeto a los derechos esenciales de los ciudadanos.
Cuando éramos chicos y se armaba una pelea entre uno de sexto y uno de segundo grado, el coro de los que los rodeábamos gritaba ¡Grandote ¿no tenés vergüenza?! Y le tirábamos con cosas para que dejara de aprovecharse del más chico, aunque él creyera tener razón. Lo mismo hacemos ahora. Gracias a Dios.
José Guillermo Mariani (pbro) |
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