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Hay otro cauce
Cuando el agua comienza a ser inundación hay que buscarle otro cauce. No es culpa del agua, es culpa del terreno que no la absorbe, porque está erosionado, porque se ha endurecido con la firmeza de la roca. La riqueza de la Iglesia católica como comunidad de seguidores de Cristo ha vuelto a ser desde el Concilio ecuménico Vaticano II, un terreno permeable para las riquezas de los progresos de la civilización conquistados en el orden de los principios de vida, de las investigaciones científicas, de la asimilación de las lecciones de la historia, de los avances en la crítica de la experiencia. Es cierto que cada una de estas conquistas está disminuida porque, en la práctica o no se han difundido suficientemente, o sus beneficios han sido acaparados egoístamente por los más grandes. En ese clima la Iglesia está llamada a ser constante, paciente y generosa colaboradora, desde la verdad, la apertura y la acción, con el camino que orienten todas esas riquezas hacia la realización de un mundo más humanizado, menos injusto y menos traumático. Si la Iglesia no cumple con este cometido, el agua se convierte en inundación. Molesta, se pudre, contamina y, finalmente la bendición de vida que ella significa, se convierte en maldición de muerte. En esos casos, lo cuerdo es buscar cauces alternativos para que el agua vuelva a ser bendición fecunda. A veces son los hombres preocupados por el problema y responsables del bien de la población, los que construyen o abren esos cauces. Otras veces es el agua misma la que traspasando barreras se abre paso hacia una nueva orientación superficial o subterránea. Y eso está pasando en nuestra Iglesia. El terreno oficial se está volviendo impermeable. A las inquietudes, a los problemas, a los gozos y esperanzas de la gente. Se cierran puertas y se levantan murallas. Se vuelve a la gran disciplina que tiene como principal objetivo convertir a la institución en una fuerza de choque y un factor de poder. La conducción férrea de Benedicto XVI, va dando pasos muy significativos en ese sentido. Algunos todavía esperan que la claridad de inteligencia que manifestó en el pasado no se haya oscurecido etaria y políticamente. Pero ya está abierto otro cauce que combina los efectos mismos de las riquezas rechazadas, con esfuerzos personales y comunitarios. La notificación a Jon Sobrino exigiendo retractación de supuestos errores doctrinarios tropezó con una pared universal. Su condición de perseguido por la fe, de solidaridad con el obispo mártir A. Romero y los hermanos asesinados en el Salvador, de paladín de la justicia, de generoso ofrecimiento de su claridad de razonamiento inspirado en el amor a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad, hicieron brotar de sacerdotes, laicos, obispos y hasta algún dignatario más alto de la Iglesia oficial, la advertencia, la protesta, el pedido y las justificación teológica de las afirmaciones y la vida de Jon. Es una muestra del cauce que tiene que seguir el amor al evangelio y a la Iglesia de Jesucristo, sin necesidad de provocar tensiones y conflictos. El cauce ofrecido a muchos desilusionados que hoy se preguntan si sigue valiendo la pena permanecer en la Iglesia. Muchas corrientes subterráneas saltaron con el Vaticano II. Vale la pena volverse silencio sin dejar de marchar.
José Guillermo Mariani (pbro) |
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