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La pregunta Insulto - Pregunta ¿orden o agravio? La buena educación es norma de relaciones humanas que pretenden libertad de expresión y respeto que favorezca el diálogo. La buena educación es un esquema propuesto desde arriba. Y se desnaturaliza cuando desde arriba la usan para aprovecharse de los débiles que no pueden protestar, ni subir el tono, ni dirigirse sin rodeos a los “respetables” La rebeldía no se justifica por sí misma, pero sí cuando es reacción ante un procedimiento injusto. Los “rebeldes sin causa” excitan la curiosidad pero nunca llegan a remediar nada. La primera manifestación de las rebeldías es el silencio. Se trata de una actitud que favorece a los opresores porque se prolonga hasta la resignación y llega a permitir todos los abusos. La segunda manifestación es la palabra subida de tono. La protesta. Constituye una advertencia de que la rebeldía va creciendo. Y particularmente, cuando la palabra se vuelve grito comunitario. La tercera expresión es la violencia destructiva que hiere a los responsables de las injusticias en su tesoro más preciado, el que se ha vuelto para ellos fuente hasta de su moral, sus posesiones. También entonces la fuerza está en el consenso multitudinario. La última expresión es la violencia revolucionaria organizada. Que necesita de una ideología para atraer adhesiones y determina valerse de todos los medios para lograr los cambios perseguidos. A ella también llegamos nosotros en el país, con los resultados conocidos y lamentados. Hubo ciertamente un largo tiempo de silencio y resignación frente a las injusticias sociales. Hacia los 70 se instaló la palabra. Primero fue hacia adentro para buscar soluciones a problemas concientizados. Cuando llegó al techo marcado por la fuerza y la publicidad, la palabra se volvió reclamo y protesta que fue creciendo ante la sordera de los grandes. Un síntoma especial generalizado lo constituyó la rebeldía juvenil contra las “reglas de buena educación” observadas rigurosamente hasta entonces. Y su expresión más hiriente fue la “guasada”. Los vocablos o frases que hasta entonces no aparecían en el lenguaje, comenzaron a hacerse cotidianos. Desplazaron a las palabras educadas. Y nos acostumbraron a los mayores a escucharlas sin sonrojarnos. Hay algunos términos muy cordobeses de calificar amistosamente a quienes han perjudicado a otros, que todavía no asimilamos. Nos estremecemos al oírlos recordando su contenido original. Y nos brota espontánea la reacción ¡eso no se dice! ¡cállese la boca! ¡no sea mal educado! La Cumbre iberoamericana de Santiago de Chile tenía como objetivo abrir el discurso y la preocupación de los presidentes, al problema real de la pobreza, sobre todo ahora cuando varios países del área han logrado progresos económicos con disminución relativa de los índices de desocupación y miseria. Dicho así no causa demasiada preocupación. Pero dicho con el lenguaje duro que nace del hambre, de la postergación, de la pérdida de la dignidad y de la exclusión, duele. Y tiene que doler. Porque es una advertencia sobre el crecimiento de la rebeldía y la protesta. Y en el caso de Latinoamérica, traduce una convocatoria comunitaria desde los pueblos que han elegido a sus gobernantes con propuestas liberadoras. Y es bueno que los grandes escuchen esas palabras grito, al margen de la buena educación, porque tienen que incomodarlos por lo que han hecho y lo que están haciendo. Para que no se crean impunes. Para que no se crean que nos tragamos que lo de Botnia es sólo de Finlandia y Uruguay. Y todo esto explica el mayestático ¿“Y tú, por qué no te callas?” José Guillermo Mariani (pbro) |
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