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Abrete a la vida, usa condón
Cinco millones de nuevas infecciones por VIH, tres millones de muertes, dos
de ellos solamente en África subsahariana: las cifras del sida en 2005. Como
mucho, sólo un millón de afectados tiene acceso a los fármacos para controlar la
enfermedad. En todo el mundo, más de cuarenta millones de infectados por esta
pandemia, contra cuyo contagio una insensata –como mínimo- jerarquía católica
recomienda abstinencia y fidelidad matrimonial, olvidándose del gran arma, el
condón. Y el sentido común. Entendámonos: son unos insensatos, si no algo más
grave, no por aconsejar estas dos virtudes, sino por convertirlas en armas
contra esta terrible enfermedad, cuando hasta el más remoto especialista en
materia sexual señala el preservativo, hoy por hoy, como el único medio conocido
de prevención contra el virus de inmunodeficiencia humana. ¿Ignorancia? Más
bien, empecinamiento culpable al canonizar unas discutibles premisas morales de
inspiración extracristiana, en detrimento de la vida humana, que sí es
indiscutible y santa. Para la cúpula de la iglesia católica es menos importante
la millonada de muertes cantada por los números, que su pretendida pureza
doctrinal. En otras palabras: el Papa y muchos obispos prefieren ver morir a
tres millones de prójimos, con tal de mantener el control sobre sus conciencias,
actos y sexo. Es muy grave este absolutismo moral, y es culpable.
Arengadas por el Vaticano y los obispos más ultras como López Trujillo o Carles,
las vanguardias fundamentalistas del catolicismo, Opus Dei, Comunidades
Neocatecumenales, Comunión y Liberación y otras catervas de acusados rasgos
sectarios, escupen consignas de contenido moral sexual verdaderamente bárbaro,
únicamente digno de quienes portan una Biblia mayor que su cerebro. Su “apertura
a la vida”, una consideración ética respetable, sólo adquiere sentido, a sus
ojos, en referencia a determinado modelo de pareja con cierta situación
económica, educacional, etc. Para el resto, quienes no pueden permitirse tener
más hijos, o simplemente no quieren tenerlos (y están en su derecho), sólo queda
la continencia. Ni que hablar ya de aquellos que no deseen casarse, sin estar
dispuestos por su soltería a sacrificar la vida sexual de la que el Creador les
ha dotado.
Pero abrirse a la vida no significa principalmente tener descendencia, sino más
de dos dedos de frente, y responsabilidad a la hora de mantener unas relaciones
sexuales que ni los obispos ni el Papa serán capaces, por fortuna, de parar.
Abrirse a la vida, en el trato sexual, supone poner los medios para prevenir
enfermedades de transmisión sexual, como la otrora letal sífilis; abrirse a la
vida es atajar el VIH; abrirse a la vida es aprender a colocarse, y colocar, de
manera adecuada el preservativo, y nunca jamás olvidarlo. Lo contrario:
aparejarse la enfermedad y acaso la muerte, propia y ajena. Suicidio y
homicidio.
En estos días Luiz Loures, director adjunto para Iniciativas Globales de ONUSIDA,
se refiere al avance del sida en algunas zonas, como en Latinoamérica, a causa
de “la discusión moral en torno al sida, a la educación sexual en los colegios y
al uso de condones”. En este sentido manifestó su queja por la falta de progreso
en el diálogo con la jerarquía católica para que reconozca la utilidad del
preservativo como arma preventiva contra el VIH. “El condón es innegociable”,
dijo, tras haber declarado el estrepitoso fracaso de la política anti sida de la
iglesia católica y EEUU, basada en la continencia y la fidelidad matrimonial, en
países como Uganda.
Habría que colocar un lazo rojo en cada iglesia, en cada capilla, en cada
obispado, con un lema claro, a la vez cristiano y de sentido común, verdadera
defensa de la vida: ÁBRETE A LA VIDA, USA CONDÓN. Apropiada campaña para
la celebración, este año, del primero de diciembre.
Fuente: Blog La
Casulla de San Idelfonso
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