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Jürgen Moltmann

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Abrete a la vida, usa condón

Cinco millones de nuevas infecciones por VIH, tres millones de muertes, dos de ellos solamente en África subsahariana: las cifras del sida en 2005. Como mucho, sólo un millón de afectados tiene acceso a los fármacos para controlar la enfermedad. En todo el mundo, más de cuarenta millones de infectados por esta pandemia, contra cuyo contagio una insensata –como mínimo- jerarquía católica recomienda abstinencia y fidelidad matrimonial, olvidándose del gran arma, el condón. Y el sentido común. Entendámonos: son unos insensatos, si no algo más grave, no por aconsejar estas dos virtudes, sino por convertirlas en armas contra esta terrible enfermedad, cuando hasta el más remoto especialista en materia sexual señala el preservativo, hoy por hoy, como el único medio conocido de prevención contra el virus de inmunodeficiencia humana. ¿Ignorancia? Más bien, empecinamiento culpable al canonizar unas discutibles premisas morales de inspiración extracristiana, en detrimento de la vida humana, que sí es indiscutible y santa. Para la cúpula de la iglesia católica es menos importante la millonada de muertes cantada por los números, que su pretendida pureza doctrinal. En otras palabras: el Papa y muchos obispos prefieren ver morir a tres millones de prójimos, con tal de mantener el control sobre sus conciencias, actos y sexo. Es muy grave este absolutismo moral, y es culpable.


Arengadas por el Vaticano y los obispos más ultras como López Trujillo o Carles, las vanguardias fundamentalistas del catolicismo, Opus Dei, Comunidades Neocatecumenales, Comunión y Liberación y otras catervas de acusados rasgos sectarios, escupen consignas de contenido moral sexual verdaderamente bárbaro, únicamente digno de quienes portan una Biblia mayor que su cerebro. Su “apertura a la vida”, una consideración ética respetable, sólo adquiere sentido, a sus ojos, en referencia a determinado modelo de pareja con cierta situación económica, educacional, etc. Para el resto, quienes no pueden permitirse tener más hijos, o simplemente no quieren tenerlos (y están en su derecho), sólo queda la continencia. Ni que hablar ya de aquellos que no deseen casarse, sin estar dispuestos por su soltería a sacrificar la vida sexual de la que el Creador les ha dotado.


Pero abrirse a la vida no significa principalmente tener descendencia, sino más de dos dedos de frente, y responsabilidad a la hora de mantener unas relaciones sexuales que ni los obispos ni el Papa serán capaces, por fortuna, de parar. Abrirse a la vida, en el trato sexual, supone poner los medios para prevenir enfermedades de transmisión sexual, como la otrora letal sífilis; abrirse a la vida es atajar el VIH; abrirse a la vida es aprender a colocarse, y colocar, de manera adecuada el preservativo, y nunca jamás olvidarlo. Lo contrario: aparejarse la enfermedad y acaso la muerte, propia y ajena. Suicidio y homicidio.
En estos días Luiz Loures, director adjunto para Iniciativas Globales de ONUSIDA, se refiere al avance del sida en algunas zonas, como en Latinoamérica, a causa de “la discusión moral en torno al sida, a la educación sexual en los colegios y al uso de condones”. En este sentido manifestó su queja por la falta de progreso en el diálogo con la jerarquía católica para que reconozca la utilidad del preservativo como arma preventiva contra el VIH. “El condón es innegociable”, dijo, tras haber declarado el estrepitoso fracaso de la política anti sida de la iglesia católica y EEUU, basada en la continencia y la fidelidad matrimonial, en países como Uganda.
Habría que colocar un lazo rojo en cada iglesia, en cada capilla, en cada obispado, con un lema claro, a la vez cristiano y de sentido común, verdadera defensa de la vida: ÁBRETE A LA VIDA, USA CONDÓN. Apropiada campaña para la celebración, este año, del primero de diciembre.

Fuente: Blog La Casulla de San Idelfonso


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Última modificación: 30 de July de 2010