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Sin solución y sin diagnóstico
Disminuyeron las luces de fuegos artificiales en el cielo de Córdoba y aumentaron los estruendos y las explosiones. Hubo una impresión bastante generalizada de que esto fue así en la noche navideña. Pero hubo otro apagón de luces aquí abajo, que dejó huellas tristes. Los accidentes que provocaron saturación del Hospital de Urgencias provocados o sufridos en la mayoría de los casos por conductores jóvenes alcoholizados, y la cantidad de chicas y muchachos deambulando como perdidos a la salida de los Boliches ya en plena mañana. Todo esto dejó la penosa impresión de una celebración que ya es “familiar” sólo de paso y se inclina más hacia la juerga y el descontrol.
Esta realidad afecta a muchas familias y contiene una carga de impotencia angustiante. El primer resultado es mirarnos entre nosotros los adultos, todos de alguna manera afectados por los hechos y las noticias, para señalar lo que otros deberían hacer. Ya no es problema la violencia en las Escuelas, porque terminaron las clases. No son problema los secuestros. Se acalló la campaña Blumberg. Se han multiplicado leyes, prohibiciones, vigilancia, controles. Todo parece inútil, para contener este afán de autodestrucción que parece afectar a gran parte de nuestros jóvenes.
Se trata de un problema complejo. Yo quiero, sin embargo, aventurar mi parecer señalando dos aspectos que quizás no se hayan reflexionado lo bastante. El problema tiene tales características que es imposible hacer caso a la máxima “que cada uno se arregle y lo resuelva como pueda” a que nos tiene acostumbrados el capitalismo liberal. Ni siquiera es válido confiar en cualquier institución o grupo para que arbitre todos los medios necesarios. Ya es indispensable que se reactive la formación de grupos de padres, con educadores del ámbito escolar, con funcionarios relacionados con la formación juvenil en cualquiera de sus aspectos. Grupos no demasiado numerosos pero importantes, para cambiar ideas, para aportar experiencias, para excitar la creatividad, para acordar conductas. No hay muchos más espacios de esperanza para buscar soluciones y habrá que recurrir a esta comunidad de inquietudes para solucionar un problema que ya es de todos.
El segundo aspecto es que me parece que hay un mensaje que nos están dando masivamente los jóvenes con estas conductas que denotan falta de control. Y es fundamental descifrarlo. Aunque muchos interpretan que es un mensaje a los padres que dejan solos a sus hijos, por motivos laborales, por sentirse impotentes o por haber tenido que romper la convivencia del hogar buscando nuevos rumbos, pareciera más bien tratarse de un mensaje social. Dirigido a reclamar por determinadas características de la realidad social. ¿Una corrupción generalizada? ¿Una negación de espacios para desarrollar y mostrar sus capacidades? ¿Un futuro sin futuro? ¿Campañas moralizantes desde la amoralidad? Creo que se combinan muchas cosas pero puede resultar interesante la intervención de peritos en la materia para hacer un diagnóstico que nos permita entender el mensaje. Así no andaremos tan perdidos. José G. Mariani (pbro) |
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