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Una víctima no incluida
El desarrollo actual de los acontecimientos, va produciendo además de las víctimas del horrible flagelo de la guerra, la sensación agónica de una organización en la que se cifraron muchas veces las esperanzas de la paz. Desde la declaración de San Francisco en el 45, los pronunciamientos comprometidos de las 50 naciones presentes en la asamblea de las Naciones Unidas y de todas las que fueron adhiriéndose posteriormente, enunciaron ideales en cuanto a objetivos y procedimientos, que abrían las puertas para un gran optimismo cifrado en que la paz mundial iba a estar definitivamente garantizada por ese gran acuerdo internacional. El establecimiento de la Corte penal internacional acordado en Roma en el 98 y en vigencia desde el 2002, añadió expectativas concretas de obligar a los remisos en la observación de los acuerdos de paz a cesar cualquier clase de hostilidades y agresiones. Estos preciosos objetivos no se han cumplido. Así la gran organización que insume cantidades enormes de dinero, de trabajos de intelectuales, de reuniones generales, de planeamientos de diversas campañas para terminar con el hambre, la ignorancia y la enfermedad, mezquinamente eficaces, no ha logrado detener las grandes violaciones de la paz que periódicamente ensangrientan al mundo y lo colocan al borde de la quiebra definitiva. Y, de este modo, la gran organización resulta nada más que un espejo en donde se reflejan los acontecimientos sin que se puedan adoptar soluciones eficaces. Nacieron en el 45 con una unión de naciones empeñadas con terminar con el nazismo de Hitler. Se ampliaron posteriormente con los acuerdos de la Carta del Atlántico (1941) y Yalta (1945) y numerosas declaraciones formuladas desde diversos lugares con los que se identifican estos documentos. Pero en los momentos definitivos, como la indudable y mentirosa agresión de Estados Unidos a Irak, y el actual conflicto en que Israel arrasa al Líbano con el pretexto de defenderse de la agresión del Hisbollah, la ONU no tiene peso. Sus exhortaciones no son escuchadas y sus decisiones no son obedecidas, además de que los Estados Unidos usando su derecho de veto vuelven inútiles las votaciones y los consensos más elaborados. Ya hay conatos de reformas y propuestas concretas, Pero como en todo el mundo capitalista, los que tienen mayor poder económico son también las mayores potencias armamentistas y, a la hora de continuar funcionando, si no se cuenta con ellas, se desmoronan todos los propósitos y todos los acuerdos. Pareciera por eso que la ONU nacida con tantas esperanzas, las ha defraudado hasta ahora y que es una víctima silenciada pero real en este mundo organizado y dirigido por los poderosos de las finanzas y de las armas. |
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