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Reflexiones sobre el Bicentenario y la Ley de Matrimonio Homosexual. Por Padre Victor Acha

HOMILIA del 22-23 DE MAYO 2010

Lo que nos dice la Biblia

Los textos de hoy nos hablan a través de numerosos símbolos (fuego, soplo, espíritu…) de una presencia de Dios que Jesús asegura para todo el que se abra a recibirlo.

El Espíritu Santo, frecuentemente representado en el simbolismo de la paloma, nos hace pensar en el vuelo, las alas, el espacio sin fronteras, la libertad sin límites.

En el imaginario cristiano, Dios Espíritu, inspira a los creyentes y a veces pareciera que nos apropiamos de Dios, como si el Espíritu fuera tan solo para el que lo conoce y le rinde culto. Nada más ajeno al Evangelio.

Jesús que promete su Espíritu, también invita a interpretar los signos de los tiempos, que no son para algunos…son universales: para todos y en todo tiempo.

Si miramos a la humanidad debemos reconocer que ella crece precisamente porque siempre genera novedades… le pone alas al pensamiento y al quehacer humanos…se permite volar cada vez más alto en utopías y en logros históricos...El creyente cristiano le pone nombre a esa “capacidad creadora”, lo reconoce Dios, que es Espíritu que anima, alienta, empuja y promueve el crecimiento y el cambio…

De esto nos hablan las figuras bíblicas de los textos de hoy: a los que estaban reunidos y con miedo, los arrebata un fuerte viento, y unas lenguas de fuego encienden sus corazones y ponen palabras de encuentro y de diálogo en sus labios.

Es Jesús quien entrega el Espíritu, también su presencia es soplo vital y animador, su paz y el perdón mutuo serán tareas definitivas para los discípulos.

La Palabra de Dios también tiene alas y transita todos los tiempos y escenarios humanos y es mensaje en cada tiempo. Pero para que lo sea es preciso leerla desde la realidad a la que se dirige.

¿Qué puede estar diciéndonos hoy esta Palabra? ¿Cuáles son los “signos” de estos tiempos?

Ley de Matrimonio Homosexual

Debemos leer el Mensaje desde los acontecimientos que actualmente concentran nuestra atención en nuestro país y me pareció que hay dos realidades que nos han llegado por todos los medios a nuestro alcance, quisiéramos o no recibirlas. Me refiero a la Conmemoración del Bicentenario y al tratamiento de la Ley de Matrimonio Civil en la Argentina

En ambos temas algo tiene que decirnos hoy el Espíritu que Jesús prometió nos acompañaría siempre.

Para algunos, desde antiguo, la vida y la historia están signadas por el “eterno retorno”, como que viajáramos en una órbita cerrada donde más o menos todo se repite, todo vuelve. Lo nuevo es apenas un matiz diferente de lo que ya antes sucedió.

En línea con esta visión hay posturas conservadoras, integristas, tradicionalistas, que tan solo quieren cada tanto barnizar la historia con algún retoque, pero nunca cambiar. Para quienes piensan así y así interpretan la vida, no hay posibilidad de abrirse a nuevas perspectivas, nuevas maneras de mirar y afrontar la vida. Todo está absolutamente fijado desde siempre y todo lo establecido socialmente es intocable. Estas posturas son un freno al crecimiento y están irremisiblemente condenadas a que la vida, la historia, les pase por arriba.

Entonces, si el Espíritu de Dios se manifiesta en “signos de los tiempos”, es decir se expresa en la historia, entonces es en lo que acontece en el mundo donde hay que encontrar esa presencia creadora del Espíritu. Hay realidades que van germinando casi sin que nos demos cuenta y que periódicamente hacen eclosión y aparecen como nuevos modos de pensar, de actuar, de relacionarnos, de proyectar y realizar la vida. El arte radica en vincular estas novedades con los criterios que hemos adquirido, con las tradiciones heredadas, para dar lugar a nuevos criterios, pensamientos, orientaciones y realizaciones en la vida social.

Cuando no se hablaba de inclusión, de derechos de los diferentes, de pluralismo, de derechos humanos, de ecología, y de tantos otros criterios hoy instalados en la sociedad y aceptados universalmente, el horizonte ideológico de la humanidad era más acotado, más estrecho. Hoy estos criterios se han convertido en derechos y deberes nuevos en la sociedad. Esto que hoy se ha instalado debe entrar en diálogo con nuestros modos tradiciones de concebir la vida personal, familiar y social, para que esas tradiciones y concepciones sean re expresadas desde los nuevos criterios que no son ni caprichosos, ni temporales, porque ya se tienen como valores instalados en el conjunto social.

Cuando se habla de una Ley de Matrimonio civil que admita la unión entre personas del mismo sexo, entran en juego todos estos datos. Por lo tanto en nombre de la inclusión, del pluralismo, de los derechos de los diferentes, es necesario considerar que en la sociedad actual, de hecho existen uniones estables entre personas del mismo sexo, las cuales ponen tanto empeño en vivir el amor y la estabilidad de la pareja, como lo hacen las parejas heterosexuales.

Esta perspectiva no tiene porqué ponerse en pugna con la cosmovisión de quienes entienden que el matrimonio es tal, cuando se da entre una mujer y un varón; cuando se constituyen como familia para engendrar y criar hijos; cuando esperan vivir en esa unión la plenitud del amor de que somos capaces los seres humanos. Pero esta afirmación de quienes entienden así el matrimonio y plantean sus argumentos de carácter psicológico, antropológico, sociológico, etc., no tiene porqué cerrarse a la consideración de la situación de personas diferentes en su condición sexual y en sus opciones de vida.

Las personas homosexuales existen, no son enfermos, no padecen trastornos psicológicos que puedan ser superados con una terapia, viven, trabajan, crean y prestan servicios en la sociedad con la misma calidad, empeño, dedicación y esfuerzo que cualquier persona de condición heterosexual. Es una realidad de la condición humana, cuya etiología no se ha podido explicar suficientemente, pero no es ni un trauma ni una patología. Por lo tanto esas personas, si todo lo dicho es rectamente entendido, tienen derecho a que se legisle para aceptar socialmente su condición.
Por su condición NO PODRÁN CONSTITUIR UN HOGAR HETEROSEXUAL y por eso tienen derecho a que se les admita socialmente en una legalmente legítima unión homosexual. Una consideración más detallada requeriría el tratamiento de la cuestión de los hijos en estas parejas.
Creo que la Iglesia católica, desde su autoridad tiene legítimo derecho a enseñar y alentar todo lo que crea conveniente y adecuado para quienes adhieren a esta expresión religiosa, pero ya no es posible que la Iglesia católica, ni ninguna otra confesión, sea rectora de las leyes sociales. Todavía es muy fuerte en nuestro imaginario social la mentalidad de cristiandad, esa que desde el Medioevo tuvo a la Iglesia Católica como inspiradora y rectora de leyes y costumbres, de árbitro y juez de personas y grupos humanos, de lo privado y de lo público. Pero ese ciclo de la historia de Occidente ha terminado y hoy las Iglesias, católica y otras, deben admitir que conviven en una sociedad donde hay pensamientos, opciones y proyectos diversos al proyecto cristiano. En el marco de esta diversidad, el cristiano está llamado a estar en “este” mundo, para expresar en el sus criterios, valores y opciones, en diálogo con quienes tienen otra cosmovisión.

Las leyes en la sociedad deben atender a la integración de todos y en todas sus opciones de vida legítimas y aptas para la convivencia humana y el bien común. Por ese motivo es posible que exista en el país una legislación que acepte la unión legal entre personas del mismo sexo y aún que facilite a estos la adopción de hijos.
En las confrontaciones que respecto a este tema se han dado en estos días, hemos oído voces de uno y otro signo de parte de sacerdotes y obispos católicos. No acepto que se afirme que quien admite la aprobación de la Ley sobre matrimonio entre personas del mismo sexo, no expresa el pensamiento “de la Iglesia”. Más bien habrá que decir que no expresa el pensamiento de miembros de (o de toda) la Jerarquía de la Iglesia y de quienes coincidan con ello. Quien apoya la mencionada ley, expresa una voz diferente dentro de la Iglesia.
Desde esta postura afirmo, y enseño el valor y la excelencia del matrimonio heterosexual, con su consecuente capacidad procreadora, pero a la vez acepto que se apruebe una ley que regule la unión de parejas homosexuales y aunque requiera mayor análisis, también la posibilidad de adoptar y criar hijos.

Y afirmo que quienes opinamos así, “somos Iglesia” no por adherir a un modo de interpretar hábitos y expresiones de la vida cristiana, sino por adherir al Evangelio de Jesús e intentar interpretarlo según los legítimos criterios de la exégesis y la hermenéutica, superando visiones dogmáticas epocales. Esta aceptación de la diversidad debería llevarnos a diálogos creativos y no a enfrentamientos estériles.
Esto nos permite ver que necesitamos un debate más amplio sobre estas y otras cuestiones que surgen en la sociedad actual. En definitiva, para nosotros cristianos, aquí se juega una cuestión decisiva ¿cómo ser cristianos en el siglo XXI? Y no caminando “al lado” de este siglo, sino inmersos en el, que es el único espacio donde podemos y debemos ser testigos del Evangelio de Jesús.

Bicentenario de Argentina

Y digamos algo sobre el Bicentenario de la Patria.

El grito de LIBERTAD que constituye uno de nuestros grandes mitos patrios, en realidad fue una semilla de libertad sembrada por un puñado de hombres de lo que era por entonces Bs.As. No sin luchas y enfrentamientos se comenzó desde allí a regar y abonar esa semilla de emancipación, que fue creciendo hasta ser hoy el territorio y la nación argentinos. Allí comienza una fervorosa búsqueda de caminos de libertad, que fue encendiendo corazones y nucleando voluntades y brazos de hombres y mujeres que anhelaban la INDEPENDENCIA definitiva del poder de turno en la dominación, que era por entonces el Reino español.

Pero esa historia, con sus características en el siglo XIX, diferente en el diverso siglo XX, ha seguido siendo una historia de libertades anheladas y en parte conquistadas y de dominaciones nunca queridas pero siempre presentes. La primera dominación arrasó con los pueblos originarios, de los cuales 200 años después solo quedan vestigios, que felizmente ahora están volviendo a expresarse y a buscar el protagonismo que se les negó durante 500 años. Casi no tenemos noticia de los negros esclavos que llegaron a nuestro suelo, aunque felizmente subsisten al menos en la piel de muchos de nosotros. En nuestro territorio desaparecieron como raza y cultura. Las corrientes inmigratorias que enriquecieron otra etapa de nuestra historia, fueron la expresión de los excluidos del otro lado del Océano que llegaron con su carga de miserias y de grandezas a buscar cobijo en esta tierra.

Así se constituyó nuestra patria, nuestra nación. Y en esta construcción hubo siempre algún Imperio que controló desde fuera nuestro destino y nuestro crecimiento. Hubo poderosos que se enriquecieron a costa de la necesidad, el hambre y la marginación de grandes mayorías. Grandes intereses económicos locales o foráneos que sometieron todo a su Imperio. Hubo una Campaña del Desierto que fue campaña de exterminio; hubo dictaduras y golpes militares; hubo un genocidio bochornoso; hubo democracias débiles y cómplices de intereses sectoriales.

Sin embargo, aún en medio de tantos males, los anhelos de libertad inspiraron grandes logros materiales, científicos, técnicos, culturales, artísticos, espirituales, etc. Argentina puede enorgullecerse de un sinnúmero de hombres y mujeres que se han destacado en todos los ámbitos del saber y del quehacer en pro de una mejor calidad de vida.
Los anhelos de libertad encendieron el compromiso de muchos hombres y mujeres que se jugaron hasta dar la vida por la construcción de una patria mejor para todos: en el esfuerzo cotidiano de trabajadores obreros, profesionales, técnicos, intelectuales, etc.; en las luchas de los dirigentes obreros en pro de las reivindicaciones de los trabajadores; en el trabajo de mujeres que fueron pioneras del protagonismo femenino; en el lúcido compromiso de los dirigentes estudiantiles; en el tenaz esfuerzo de las organizaciones populares y como corolario la presencia y el reclamo de los representantes de los pueblos originarios.
Felizmente, en estas búsquedas no estamos solos, somos parte de un continente que debe continuar luchando por la Liberación e Independencia de las actuales dominaciones externas, venciendo la hegemonía política, cultural y económica del Norte. Hemos asistido en los últimos años a importantes coincidencias y búsquedas compartidas con muchas naciones de Latinoamérica y estas son realizaciones promisorias.

Felizmente también, hoy crece la conciencia de que nos queda la deuda de construir una nación, una patria sin exclusiones ni marginaciones; de que hay una deuda interna que espera justicia; de que solo si entendemos que “ser” es “ser con el otro” podremos concretar la solidaridad y el compromiso por el bien común. Esa conciencia nos hará definitivamente libres.

Que esta celebración sea fiesta, pero que sea fundamentalmente memoria y compromiso. Solo así podremos concretar hoy el grito de libertad de hace 200 años y comprender que el día de la Patria es la patria de todos los días.


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Última modificación: 30 de July de 2010