Homilías Dominicales – Domingo 9 de junio de 2013 – 10 durante el año litúrgico. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc. 7, 11-17)

Jesús con sus discípulos llegan a un pueblo llamado Naím, acompañados por mucha gente. En las puertas de la ciudad se encuentran que llevaban a enterrar a un hijo de una mujer viuda. Gran parte de la población acompañaba el entierro. Viéndola Jesús se compadeció de ella y le dijo: No llores. Y se acercó a tocar el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo : Joven! Te lo mando! Levántate! Y el que estaba muerto se sentó y comenzó a hablar y Jesús lo devolvió a su madre. La gente se llenó de asombro y hablaban de él diciendo que Dios había visitado a su pueblo con este gran profeta que les había llegado. Y su fama se extendía por la Judea y las regiones vecinas.

 

Síntesis de la homilía

Lucas es el único relator evangélico de este suceso, así como Juan es el único narrador de la resurrección de Lázaro. Dos hechos más que maravillosos, anticipatorios de la resurrección de Jesús,  aunque con la diferencia de que éstos, como resucitación, se dan en personas que volverán a morir, y la resurrección de Jesús es para una vida permanente junto al Padre Dios. Con este hecho Jesús se anticipa para dar sentido a la respuesta de Jesús a los enviados del bautista que son enviados desde la cárcel para preguntarle si él es el enviado prometido o hay que esperar a otro. Jesús acudirá al testimonio de lo que los mismos enviados están viendo: el cumplimiento de la profecía mesiánica de Isaías (35,5):”Los ciegos ven, los paralíticos caminan…los muertos resucitan”

El que Jesús haya reparado en la mujer afligida constituye una muestra más de reconocimiento de la dignidad femenina tan disminuida en la tradición patriarcal judía. Y además, de esa dimensión tan humana de la compasión y la ternura con el dolor de perder un hijo,  que difícilmente tenga superior en las relaciones afectivas humanas.

La interpretación literal de los hechos narrados en los evangelios, usando nuestros criterios modernos de historicidad, nos lleva con frecuencia a perder su significado más profundo. Lo que Lucas, como discípulo de Pablo, (que centra la vida cristiana en la resurrección de Jesús como anticipo de la nuestra), intenta  fijar en la fe de sus comunidades, es que Jesús, como enviado del Dios de la vida, es restaurador de la vida de los hombres con un sentido de permanencia que supera la mentalidad judía de vida larga con la de plenitud de vida en Dios que es lo que él vivió y estamos también invitados y destinado a vivir nosotros.

Si para el amor de una madre no hay nada mejor que la recuperación de la vida de su hijo, cuánto más para el  Dios padre y madre será la permanencia de nuestra vida junto a la suya en el misterio insondable de su amor sin medida.

No rechazar esta oferta supone aprovechar las huellas de Jesús, con el cuidado de todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos para construir felicidad compartida, con el respeto a todo el entorno que nos rodea, con la disponibilidad para estar presentes en las oportunidades que se nos brinden para colaborar  en la búsqueda de la verdad y la justicia. Esas huellas marcan el camino de un sentido profundo de la vida y de la relación con Dios que incluye de manera esencial la relación con los hombres como hermanos.

Guillermo “Quito” Mariani participa del ciclo “El hombre en busca de sentido” en Galileo

19 de Junio. “Dios. Ni valle de lágrimas ni cumbre luminosa” Pbro. José Guillermo Mariani

Estos seminarios constituyen la última parte de un ciclo titulado “La Ley” que comenzó con “La Ley necesidad y espanto” y continuó con “Filosofía política” para culminar con esta serie llamada

Galileo está en Gauss 5700, en Villa Belgrano, ciudad de Córdoba. Para comunicarse: (03543) 444-090.

Misas con P. Guillermo “Quito” Mariani

Amigas y amigos: ligados por una larga historia de luchas, logros y esperanzas:

Creo que es valorable la decisión del grupo de Atalaya, de marchar hacia una iglesia sin clero en que el sacerdocio bautismal o sacerdocio de los laicos se exprese con toda su fuerza y claridad. Más valorable y comprensible cuando el papel de muchos de los consagrados para la eucaristía y la palabra, se ha exaltado tanto, muchas veces, que llegara a convertirse en poder, anulando iniciativas y derechos comunitarios.

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No puedo desaprobar entonces la iniciativa del grupo que se identifica como “Cripta peregrina” de asumir plenamente la responsabilidad del culto, añadida a su papel insustituible como laicos, de evangelización por el testimonio y la palabra, en sus lugares de presencia familiar, laboral y social. 

Advierto, sin embargo, algunos detalles que marcan inconsecuencia.

Como lo proponía Miguel Berrotarán, a su juicio, estar reunidos en comunión de corazones los laicos, compartiendo el pan y el vino, ya  convierte esos signos en sacramento eucarístico sin ninguna necesidad de “consagración”, que siempre significaría una intromisión clerical. Sin embargo, y es lo que me parece inconsecuente, están todavía dependiendo de que alguien, en privado, les suministre hostias consagradas.

No es cuestión de frenar esa experiencia que se está llevando, al parecer, con eficacia y aprobación. Puede abrir caminos.

En cuanto a lo personal, en mi trayecto de ministro de la eucaristía y la palabra, habiendo encontrado en ese servicio, a la vez que una desembocadura de toda la actividad eclesial, una fuente constante de compromiso liberador frente a la realidad, lo he vivido con entusiasmo, esfuerzo y creatividad con las alas que nos dio la constitución de renovación litúrgica, primer documento conciliar del Vaticano II. 

Hoy, me piden que no deje de celebrar Misa, porque hay quienes quieren y necesitan de la celebración eucarística. No voy a decir “la gente me pide” como se hace a veces calificando a un pequeño grupo como “la gente” en concepción mayoritaria. He escuchado el reproche de que mi decisión de dejar la celebración tan cuestionada de Atalaya, sumió en el desamparo a quienes vivían la riqueza de las celebraciones sin objeciones. No se si son muchos o pocos.

Esos dos motivos (mi valoración de la celebración eucarística y la necesidad que algunos me han expresado) me han empujado a buscar un lugar para celebrar dos veces por mes.

Para tomar la decisión, con todo lo que implica, necesito saber cuántos en realidad están interesados en esa celebración quincenal. Les pido como para disponer de una aproximación comunicármelo por mail. A mi vez, con un espacio de dos semanas para aguardar respuestas, indicaré el lugar definitivo y demás detalles.

Si el número de interesados no justifica todo esto, habré cumplido con lo que me pidieron y prometí, y conservaré mi “enclave” de Villa del Rosario.

Muchas gracias y quedo a la espera, hasta el domingo 9 de junio. Con un abrazo muy sentido y sincero:

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Pronunciamiento a Propósito de la Declaración del Papa Francisco sobre la Protección Jurídica del Embrión. Por Católicas por el Derecho a Decidir

La Red  de Católicas por el Derecho a Decidir (Integrada por 12 países de América Latina, incluido España como país asociado) expresa su más sentida preocupación ante las afirmaciones del papa Francisco durante la marcha con organizaciones anti derechos autodenominadas Pro-Vida, el día 12 de mayo del presente año en Roma, planteando que se “garantice la protección jurídica del embrión”, de manera que se “proteja al ser humano desde el primer instante de su existencia”.logo_red_cddal

Junto con la gran mayoría de ciudadanas y ciudadanos católicos de nuestros países, así como de muchos otros países en todos los continentes, queremos dejar constancia de que el Papa Francisco no habla en nombre nuestro y que disentimos de sus posiciones y de las de sectores religiosos fundamentalistas frente a la cuestión de ampliar el estatus del embrión, violando el derecho legítimo a decidir de las mujeres y poniendo en peligro su salud y su vida.

Con esta declaración, se evidencia una violación del principio de la laicidad del Estado, en el que sin lugar a dudas, la jerarquía eclesial católica, al unísono con otras visiones conservadoras y fundamentalistas pretenden imponer en las diferentes Constituciones y normativas jurídicas nacionales, principios de moral religiosa para impedir el avance que se ha venido dando en materia de los derechos en salud sexual y reproductiva y en los derechos de las mujeres, especialmente frente a su legítimo derecho a decidir. .

La postura del Papa Francisco, instala y reafirma una visión que desprecia la vida y la salud de las mujeres, quienes ante embarazos de alto riesgo, terminan siendo cruelmente sacrificadas en aras de obligarlas a continuar con embarazos no viables y embarazos no deseados. Ante esta dolorosa realidad nos preguntamos, ¿por qué para aquellos patriarcas y jerarcas de la iglesia católica la vida de las mujeres no vale? Nos indigna la falta de sensibilidad del Papa Francisco para con la Vida concreta y real de tantas mujeres, en su mayoría en situación de pobreza y exclusión, que padecen enfermedades y en muchos casos mueren por causas que pueden ser evitadas. No se puede hablar de justicia social y opción por los pobres negando esta dramática realidad.

En este sentido, como Católicas por el Derecho a Decidir:

  • Afirmamos que la vida de las personas es mucho más que un código genético, es mucho más que respirar; la vida humana implica derechos, respeto, condiciones para una vida digna, con calidad y justicia social.
  • Afirmamos y defendemos la laicidad del Estado como garantía de protección de la democracia y los derechos humanos.
  • Afirmamos que la mayoría de las ciudadanas y ciudadanos católicas no nos identificamos con la declaración del Papa Francisco, ya que sus afirmaciones vulneran el derecho a decidir, la libertad, la salud y la vida de las mujeres.

Mayo, 2013

¿Es el papa Francisco una paradoja?. Por Hans Küng

¿Quién lo iba a pensar? Cuando tomé la pronta decisión de renunciar a mis cargos honoríficos en mi 85º cumpleaños, supuse que el sueño que llevaba albergando durante décadas de volver a presenciar un cambio profundo en nuestra Iglesia como con Juan XXIII nunca llegaría a cumplirse en lo que me quedaba de vida.

Y, mira por dónde, he visto cómo mi antiguo compañero teológico Joseph Ratzinger —ambos tenemos ahora 85 años— dimitía de pronto de su cargo papal, y precisamente el 19 de marzo de 2013, el día de su santo y mi cumpleaños, pasó a ocupar su puesto un nuevo Papa con el sorprendente nombre de Francisco.hans-kung

¿Habrá reflexionado Jorge Mario Bergoglio acerca de por qué ningún papa se había atrevido hasta ahora a elegir el nombre de Francisco? En cualquier caso, el argentino era consciente de que con el nombre de Francisco se estaba vinculando con Francisco de Asís, el universalmente conocido disidente del siglo XIII, el otrora vivaracho y mundano vástago de un rico comerciante textil de Asís que, a la edad de 24 años, renunció a su familia, a la riqueza y a su carrera e incluso devolvió a su padre sus lujosos ropajes.

Resulta sorprendente que el papa Francisco haya optado por un nuevo estilo desde el momento en el que asumió el cargo: a diferencia de su predecesor, no quiso ni la mitra con oro y piedras preciosas, ni la muceta púrpura orlada con armiño, ni los zapatos y el sombrero rojos a medida ni el pomposo trono con la tiara. Igual de sorprendente resulta que el nuevo Papa rehúya conscientemente los gestos patéticos y la retórica pretenciosa y que hable en la lengua del pueblo, tal y como pueden practicar su profesión los predicadores laicos, prohibidos por los papas tanto por aquel entonces como actualmente. Y, por último, resulta sorprendente que el nuevo Papa haga hincapié en su humanidad: solicita el ruego del pueblo antes de que él mismo lo bendiga; paga la cuenta de su hotel como cualquier persona; confraterniza con los cardenales en el autobús, en la residencia común, en su despedida oficial; y lava los pies a jóvenes reclusos (también a mujeres, e incluso a una musulmana). Es un Papa que demuestra que, como ser humano, tiene los pies en la tierra.

El pontífice no quiso ni la mitra con oro, ni los zapatos, ni el pomposo trono con la tiara

Todo eso habría alegrado a Francisco de Asís y es lo contrario de lo que representaba en su época el papa Inocencio III (1198-1216). En 1209, Francisco fue a visitar al papa a Roma junto con 11 hermanos menores (fratres minores) para presentarle sus escuetas normas compuestas únicamente de citas de la Biblia y recibir la aprobación papal de su modo de vida “de acuerdo con el sagrado Evangelio”, basado en la pobreza real y en la predicación laica. Inocencio III, conde de Segni, nombrado papa a la edad de 37 años, era un soberano nato: teólogo educado en París, sagaz jurista, diestro orador, inteligente administrador y refinado diplomático. Nunca antes ni después tuvo un papa tanto poder como él. La revolución desde arriba (Reforma gregoriana) iniciada por Gregorio VII en el siglo XI alcanzó su objetivo con él. En lugar del título de “vicario de Pedro”, él prefería para cada obispo o sacerdote el título utilizado hasta el siglo XII de “vicario de Cristo” (Inocencio IV lo convirtió incluso en “vicario de Dios”). A diferencia del siglo I y sin lograr nunca el reconocimiento de la Iglesia apostólica oriental, el papa se comportó desde ese momento como un monarca, legislador y juez absoluto de la cristiandad… hasta ahora.

Pero el triunfal pontificado de Inocencio III no solo terminó siendo una culminación, sino también un punto de inflexión. Ya en su época se manifestaron los primeros síntomas de decadencia que, en parte, han llegado hasta nuestros días como las señas de identidad del sistema de la curia romana: el nepotismo, la avidez extrema, la corrupción y los negocios financieros dudosos. Pero ya en los años setenta y ochenta del siglo XII surgieron poderosos movimientos inconformistas de penitencia y pobreza (los cátaros o los valdenses). Pero los papas y obispos cargaron libremente contra estas amenazadoras corrientes prohibiendo la predicación laica y condenando a los “herejes” mediante la Inquisición e incluso con cruzadas contra ellos.

Pero fue precisamente Inocencio III el que, a pesar de toda su política centrada en exterminar a los obstinados “herejes” (los cátaros), trató de integrar en la Iglesia a los movimientos evangélico-apostólicos de pobreza. Incluso Inocencio era consciente de la urgente necesidad de reformar la Iglesia, para la cual terminó convocando el fastuoso IV Concilio de Letrán. De esta forma, tras muchas exhortaciones, acabó concediéndole a Francisco de Asís la autorización de realizar sermones penitenciales. Por encima del ideal de la absoluta pobreza que se solía exigir, podía por fin explorar la voluntad de Dios en la oración. A causa de una aparición en la que un religioso bajito y modesto evitaba el derrumbamiento de la Basílica Papal de San Juan de Letrán —o eso es lo que cuentan—, el Papa decidió finalmente aprobar la norma de Francisco de Asís. La promulgó ante los cardenales en el consistorio, pero no permitió que se pusiera por escrito.

Francisco de Asís representaba y representa de facto la alternativa al sistema romano. ¿Qué habría pasado si Inocencio y los suyos hubieran vuelto a ser fieles al Evangelio? Entendidas desde un punto de vista espiritual, si bien no literal, sus exigencias evangélicas implicaban e implican un cuestionamiento enorme del sistema romano, esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que se había apoderado de Cristo en Roma desde el siglo XI.

Con Inocencio III se manifestaron los primeros síntomas de nepotismo y corrupción del Vaticano

Puede que Inocencio III haya sido el único papa que, a causa de las extraordinarias cualidades y poderes que tenía la Iglesia, podría haber determinado otro camino totalmente distinto; eso habría podido ahorrarle el cisma y el exilio al papado de los siglos XIV y XV y la Reforma protestante a la Iglesia del siglo XVI. No cabe duda de que, ya en el siglo XII, eso habría tenido como consecuencia un cambio de paradigma dentro de la Iglesia católica que no habría escindido la Iglesia, sino que más bien la habría renovado y, al mismo tiempo, habría reconciliado a las Iglesias occidental y oriental.

De esta manera, las preocupaciones centrales de Francisco de Asís, propias del cristianismo primitivo, han seguido siendo hasta hoy cuestiones planteadas a la Iglesia católica y, ahora, a un papa que, en el aspecto programático, se denomina Francisco: paupertas (pobreza), humilitas (humildad) y simplicitas (sencillez).

Puede que eso explique por qué hasta ahora ningún papa se había atrevido a adoptar el nombre de Francisco: porque las pretensiones parecen demasiado elevadas.

Pero eso nos lleva a la segunda pregunta: ¿qué significa hoy día para un papa que haya aceptado valientemente el nombre de Francisco? Es evidente que tampoco se debe idealizar la figura de Francisco de Asís, que también tenía sus prejuicios, sus exaltaciones y sus flaquezas. No es ninguna norma absoluta. Pero sus preocupaciones, propias del cristianismo primitivo, se deben tomar en serio, aunque no se puedan poner en práctica literalmente, sino que deberían ser adaptadas por el Papa y la Iglesia a la época actual.

Las enseñanzas de Francisco de Asís de altruismo y fraternidad deberían ser actualizadas

1. ¿Paupertas, pobreza? En el espíritu de Inocencio III, la Iglesia es una Iglesia de la riqueza, del advenedizo y de la pompa, de la avidez extrema y de los escándalos financieros. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia de la política financiera transparente y de la vida sencilla, una Iglesia que se preocupa principalmente por los pobres, los débiles y los desfavorecidos, que no acumula riquezas ni capital, sino que lucha activamente contra la pobreza y ofrece condiciones laborales ejemplares para sus trabajadores.

2. ¿Humilitas, humildad? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia del dominio, de la burocracia y de la discriminación, de la represión y de la Inquisición. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del altruismo, del diálogo, de la fraternidad, de la hospitalidad incluso para los inconformistas, del servicio nada pretencioso a los superiores y de la comunidad social solidaria que no excluye de la Iglesia nuevas fuerzas e ideas religiosas, sino que les otorga un carácter fructífero.

3. ¿Simplicitas, sencillez? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia de la inmutabilidad dogmática, de la censura moral y del régimen jurídico, una Iglesia del miedo, del derecho canónico que todo lo regula y de la escolástica que todo lo sabe. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del mensaje alegre y del regocijo, de una teología basada en el mero Evangelio, que escucha a las personas en lugar de adoctrinarlas desde arriba, que no solo enseña, sino que también está constantemente aprendiendo.

De esta forma, se pueden formular asimismo hoy día, en vista de las preocupaciones y las apreciaciones de Francisco de Asís, las opciones generales de una Iglesia católica cuya fachada brilla a base de magnificentes manifestaciones romanas, pero cuya estructura interna en el día a día de las comunidades en muchos países se revela podrida y quebradiza, por lo que muchas personas se han despedido de ella tanto interna como externamente.

Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan que se les quite el poder acumulado

No obstante, ningún ser racional esperará que una única persona lleve a cabo todas las reformas de la noche a la mañana. Aun así, en cinco años sería posible un cambio de paradigma: eso lo demostró en el siglo XI el papa León IX de Lorena (1049-1054), que allanó el terreno para la reforma de Gregorio VII. Y también quedó demostrado en el siglo XX por el italiano Juan XXIII (1958-1963), que convocó el Concilio Vaticano II. Hoy debería volver a estar clara la senda que se ha de tomar: no una involución restaurativa hacia épocas preconciliares como en el caso de los papas polaco y alemán, sino pasos reformistas bien pensados, planificados y correctamente transmitidos en consonancia con el Concilio Vaticano II.

Hay una tercera pregunta que se planteaba por aquel entonces al igual que ahora: ¿no se topará una reforma de la Iglesia con una resistencia considerable? No cabe duda de que, de este modo, se provocarían unas potentes fuerzas de reacción, sobre todo en la fábrica de poder de la curia romana, a las que habría que plantar cara. Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan de buen grado que se les arrebate el poder que han ido acumulando desde la Edad Media.

El poder de la presión de la curia es algo que también tuvo que experimentar Francisco de Asís. Él, que pretendía desprenderse de todo a través de la pobreza, fue buscando cada vez más el amparo de la “santa madre Iglesia”. Él no quería vivir enfrentado a la jerarquía, sino de conformidad con Jesús obedeciendo al papa y a la curia: en pobreza real y con predicación laica. De hecho, dejó que los subieran de rango a él y a sus acólitos por medio de la tonsura dentro del estatus de los clérigos. Eso facilitaba la actividad de predicar, pero fomentaba la clericalización de la comunidad joven, que cada vez englobaba a más sacerdotes. Por eso no resulta sorprendente que la comunidad franciscana se fuera integrando cada vez más dentro del sistema romano. Los últimos años de Francisco quedaron ensombrecidos por la tensión entre el ideal original de imitar a Jesucristo y la acomodación de su comunidad al tipo de vida monacal seguido hasta la fecha.

En honor a Francisco, cabe mencionar que falleció el 3 de octubre de 1226 tan pobre como vivió, con tan solo 44 años. Diez años antes, un año después del IV Concilio de Letrán, había fallecido de forma totalmente inesperada el papa Inocencio III a la edad de 56 años. El 16 de junio de 1216 se encontraron en la catedral de Perugia el cadáver de la persona cuyo poder, patrimonio y riqueza en el trono sagrado nadie había sabido incrementar como él, abandonado por todo el mundo y totalmente desnudo, saqueado por sus propios criados. Un fanal para la transformación del dominio en desfallecimiento papal: al principio del siglo XIII, el glorioso mandatario Inocencio III; a finales de siglo, el megalómano Bonifacio VIII (1294-1303), que fue apresado de forma deplorable; seguido de los cerca de 70 años que duró el exilio de Aviñón y el cisma de Occidente con dos y, finalmente, tres papas.

Menos de dos décadas después de la muerte de Francisco, el movimiento franciscano que tan rápidamente se había extendido pareció quedar prácticamente domesticado por la Iglesia católica, de forma que empezó a servir a la política papal como una orden más e incluso se dejó involucrar en la Inquisición.

Al igual que fue posible domesticar finalmente a Francisco de Asís y a sus acólitos dentro del sistema romano, está claro que no se puede excluir que el papa Francisco termine quedando atrapado en el sistema romano que debería reformar. ¿Es el papa Francisco una paradoja? ¿Se podrán reconciliar alguna vez la figura del papa y Francisco, que son claros antónimos? Solo será posible con un papa que apueste por las reformas en el sentido evangélico. No deberíamos renunciar demasiado pronto a nuestra esperanza en un pastor angelicus como él.

Por último, una cuarta pregunta: ¿qué se puede hacer si nos arrebatan desde arriba la esperanza en la reforma? Sea como sea, ya se ha acabado la época en la que el papa y los obispos podían contar con la obediencia incondicional de los fieles. Así, a través de la Reforma gregoriana del siglo XI se introdujo una determinada mística de la obediencia en la Iglesia católica: obedecer a Dios implica obedecer a la Iglesia y eso, a su vez, implica obedecer al papa, y viceversa. Desde esa época, la obediencia de todos los cristianos al papa se impuso como una virtud clave; obligar a seguir órdenes y a obedecer (con los métodos que fueran necesarios) era el estilo romano. Pero la ecuación medieval de “obediencia a Dios = obediencia a la Iglesia = obediencia al papa” encierra ya en sí misma una contradicción con las palabras de los apóstoles ante el Gran Sanedrín de Jerusalén: “Hay que obedecer a Dios más que a las personas”.

Por tanto, no hay que caer en la resignación, sino que, a falta de impulsos reformistas “desde arriba”, desde la jerarquía, se han de acometer con decisión reformas “desde abajo”, desde el pueblo. Si el papa Francisco adopta el enfoque de las reformas, contará con el amplio apoyo del pueblo más allá de la Iglesia católica. Pero si al final optase por continuar como hasta ahora y no solucionar la necesidad de reformas, el grito de “¡indignaos! indignez-vous!” resonará cada vez más incluso dentro de la Iglesia católica y provocará reformas desde abajo que se materializarán incluso sin la aprobación de la jerarquía y, en muchas ocasiones, a pesar de sus intentos de dar al traste con ellas. En el peor de los casos —y esto es algo que escribí antes de que saliera elegido el actual Papa—, la Iglesia católica vivirá una nueva era glacial en lugar de una primavera y correrá el riesgo de quedarse reducida a una secta grande de poca monta.

 

 

Traducción de News Clips / Paloma Cebrián.
Fuente El País

Homilías Dominicales – Domingo 19 de mayo de 2013 – Festividad de Pentecostés. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Jn. 20,19-23)
Por la tarde de aquel primer día de la semana, estando trancadas las puertas del lugar donde estaban reunidos los discípulos por temor a los judíos, llegó jesús, se puso en medio de ellos y les dijo “Paz con ustedes”

Dicho esto les mostró sus manos y su costado. Ellos se alegraron mucho de verlo. Les dijo nuevamente “Paz con ustedes” igual que el padre me ha enviado a mí yo los envío a ustedes Y diciéndoles esto, sopló sobre ellos y les dijo: reciban el espíritu santo A quienes uds, declaren libres de pecado quedarán libres y a quienes se los imputen quedarán imputados.

Síntesis de la homilía

Tanto los sinópticos como Juan omiten el relato de Pentescostés que Lucas coloca en el Libro de los Hechos con una cantidad de elementos simbólicos añadidos al hecho central de que el espíritu divino animaba a la comunidad después de la desaparición de Jesús su fundador. Tanto la pascua como Pentecostés son dos fechas de la cultura agrícola del pueblo judío, siembra y cosecha. Su etimología está ligada a la siembra y al período de espera para la cosecha. La historia del Exodo ligó la primera a la gran siembra de libertad recibida por el pueblo judío con la partida de Egipto y la segunda al establecimiento del pueblo elegido, en la tierra prometida. También los cristianos eligieron la primera para la celebración de la liberación definitiva y la segunda para la prolongación de la causa liberadora por parte de los seguidores de Jesús resucitado.

Como la misión encomendada por el Padre a Jesús suponía una situación interior penetrada por el espíritu liberador y amoroso del Padre, así también la misión de los enviados por Jesús. Con el mismo simbolismo con que el Génesis indica la creación y animación del ser humano (aliento de vida y soplo) Jesús asegura a los discípulos su compañía y la del Padre en el cumplimiento de su misión.

El relato de Lucas en los Hechos abunda en elementos simbólicos: el viento en lugar del soplo, con mayor energía renovadora y dinámica, el fuego que evoca la predicación del bautista (bautismo en espíritu santo y fuego) o el ardor del corazón comentado por los discípulos de Emaús, la presencia multitudinaria dentro de la sala, como símbolo de la multitud de propagadores del mensaje, y fuera de la misma el don de lenguas que hace inteligible para todos los idiomas el anuncio liberador.

El sentido general de todas las alusiones a este acontecimiento es una suerte de constatación de la madurez de la comunidad cristiana, realizando en un momento puntual la misión encomendada, gracias a un cambio del espíritu de temor por el de valentía, de la limitación humana y privilegista del judaísmo por la universalidad cristiana. Todo lo cual se irá desplegando concretamente en los acontecimientos que integran los relatos del Libro de los Hechos.

A nosotros, en nuestro tiempo, nos corresponde propagar el cambio Pentecostal, no ya con simbolismos motivantes sino con realidades palpitantes. La misión de encontrar en el mundo que nos rodea y nos envuelve, los acontecimientos que indican la presencia del espíritu divino para favorecerlos con nuestra aprobación y compromiso. La misión de que los pecados o el pecado del mundo ( que sustituye el amor por los egoísmos y el odio) sean remediados en sus efectos con actitu generosa y constantemente liberadora.

Domingo 28 de abril de 2013 – 5to. de Pascua del ciclo “C”. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Juan 13,31-35)

Una vez que Judas salió del lugar de la Cena,  Jesús  dijo. Ahora el hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo y lo hará muy pronto.

Hijos míos, ya no estaré  mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense entre ustedes. Así como yo los he amado ámense entre ustedes. En esto reconocerán que son discípulos míos: en el amor que se tengan entre ustedes.

 

Síntesis de la homilía

Alguna información había llegado a Jesús además de su propio análisis de la situación que se iba creando a su alrededor, para sospechar de los manejos de Judas para entregarlo a los judíos. Así, después de la calidez misteriosa de la cena pascual compartida con los íntimos, él determina que ha comenzado el proceso de su propia glorificación con la de la voluntad del Padre.

Se está refiriendo a la entrega de su vida en la seguridad de que el objetivo de cumplir con lo que Dios quiere, habiendo establecido los principios y el testimonio de un reinado de amor, ya está conseguido.

Aprovecha entonces en ese contexto al mismo tiempo de cariño y dolor, para dictar su testamento breve y claro: “ámense entre ustedes. Como yo los amé”

A través de la historia, muchos hombres y mujeres han hecho de esa consigna el eje de su vida. Algunos hasta entregarla literalmente. Otros donándola cada día en la práctica de servicio y solidaridad. Unos con la valentía del desafío frente a los enemigos del reinado de la voluntad del Padre de todos, otros con el silencio testimonial de una prática constante en beneficio de los más desheredados y olvidados.

Quizás, aunque esos testimonios que no son exactamente los de los santos canonizados y elevados oficialmente al honor de los altares, sino los de muchos que mezclándose a la realidad ambigua del mundo hicieron su camino entre aceptaciones y rechazos y hasta en muchas oportunidades in comprendidos por aquellos mismo a quienes beneficiaron, quizás, digo, esas vidas nos parecen de perfección inalcanzable.

Si el juicio queda reservado al testigo permanente e insobornable que es el Padre de todos, eso no tiene que preocuparnos. Hasta lo más pequeño (un vaso de agua dando de beber al sediento) es valioso en la construcción del reinado de Dios.

El pesimismo que tantas veces nos acecha cuando echando una mirada a la historia concreta llegamos a constatar la lentitud y mezquindad de la evolución hacia un mundo más justo equitativo y feliz, es normal que nos aplaste el desaliento. Pero no hay que dejar que se pierdan en nuestra apreciación los gestos heroicos y luminosos brindados por tantos que nos rodean, que son semillas, que pueden morir, pero siempre desde los surcos perdidos  alcanzan fecundidad.

Domingo 21 de abril de 2013 – 4to. de pascua del ciclo “C”. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Juan 10,27-30)

Decía Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz. Yo la conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna, ellas no morirán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre que me kas dio, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos una misma cosa.

 

Síntesis de la homilía

El clima en que se sitúa el relato de Juan es un enfrentamiento de Jesús con las autoridades del Templo que quieren apedrearlo como blasfemo. Enfrentamiento que también vivían las comunidades de fines del siglo primero con los gnósticos que negaban la corporeidad de Cristo porque una “emanación de Dios” no podía ser sino espíritu como ellos sostenían, buscando crecer en el conocimiento para liberarse  (con influencia de la filosofía platónica) y redimirse de todo lo material.

Se comprende entonces la drasticidad de estas afirmaciones de Jesús, que suenan como mazazos en una polémica.

Yo conozco a mis ovejas, ellas escuchan mi voz y me siguen. El conocimiento es mutuo

y compromete. A las ovejas con el seguimiento y al pastor con la ofrenda de su vida. Esa vida corporal que trascendiendo todo lo material se ofrenda para que las ovejas no le sean arrebatadas al Padre que es su definitivo pastor.

El trozo concluye con una afirmación atrevida y polémica. El Padre y yo somos la misma cosa. Esta identificación con el Padre puede entenderse como una disponibilidad absoluta para cumplir la misión encomendada por el Padre. Pero la interpretación de sus adversarios la eleva a la categoría de blasfemia porque afirman que quiere igualarse a Dios, al Padre.

El razonamiento teológico posterior hizo también una interpretación semejante, deduciendo de esta frase un argumento para afirmar la Trinidad que tardó mucho tiempo para quedar establecida como verdad revelada y presentación basada en la filosofía aristotélica.

Lo que Jesús asegura es que su misión es revelar el amor del Padre, conduciendo y defendiendo a las ovejas que muchos quieren arrebatarle. Y que, en eso, no tiene ninguna duda de que está identificándose con la voluntad de Dios.

El conocimiento, desfigurado por los gnósticos, está también de un modo distinto desfigurado por nosotros. En primer lugar porque no ponemos mucho interés en apropiarnos de la figura y el mensaje de Jesús presentado por el Nuevo  testamento. De conocerlo y escucharlo.

Fruto de esa negligencia es una interpretación absolutamente literal de la Biblia, pasando absolutamente por alto la adaptación a nuestro lenguaje, nuestra concepción de la historia, nuestra limitación para usar y valorar lo simbólico, nuestra mezquindad para establecer nuestro compromiso vivencial.

Y en segundo lugar porque la característica del “seguimiento” indicada por Jesús carga con una fuerza afectiva liberadora de la que muchas veces nos marginamos prefiriendo una cantidad de sumisiones en vez de madurar nuestro espíritu crítico para valorar cualquier oferta que aparece en nuestro camino. Allí es donde aparecen los “ladrones y engañadores” a los que hace referencia la continuidad del capítulo 10 del evangelio de Juan.

Domingo 14 de abril de 2013 – 3ro. de Pascua (ciclo”C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema(Juan 21,1-9)

A orillas del mar de Tiberíades Jesús se apareció una vez más a los discípulos.  Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo “voy a pescar” y ellos dijeron: “vamos también nosotros”. Se embarcaron, pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer Jesús estaba en la orilla sin que los discípulos lo reconocieran. Les gritó: Muchachos! ¿tienen  algo de comer? Como ellos respondieron que no, les dijo: Tiren las redes a la derecha de la barca y allí encontrarán. Ellos  obedecieron y la red se llenó tanto de peces que les costaba arrastrarla.

El discípulo más querido de Jesús dijo entonces a Pedro: ¡Es el Señor! Pedro  apenas lo oyó se vistió y se tiró al agua. Los otros llegaron en la barca arrastrando la red porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había un fuego encendido, un pescado sobre las brasas y también pan.

 

Síntesis de la homilía

Aunque seguramente Juan el apóstol, no es el redactor del 4to. evangelio, el discípulo que asume esta tarea es muy fiel a las enseñanzas recibidas de su maestro.  El relato está por eso, cargado de un clima de afecto y comprensión, que infunde optimismo en los protagonistas y los lectores.

En la enumeración de los presentes hay un detalle que no hay que perder: Simón y los hijos de Zebedeo con los más cercanos a Jesús habitualmente. Los otros dos anónimos, han sido atraídos por la figura del Maestro. Pero Tomás y Natael son identificados especialmente. Los dos tienen en común la incredulidad que han vivido y expresado en algún momento.  “Si no lo veo y meto mis manos en sus llagas , no lo voy a creer”(Tomás) y “¿ de Nazaret puede salir algo bueno? (Natanael). Este detalle sugiere la intencionalidad del relato que es superar las vacilaciones y dudas que viven algunos miembros de las comunidades originales.

El episodio que copia uno muy parecido de Lucas (5) al comienzo de la predicación de Jesús, se encamina a restablecer la confianza de sus seguidores en el cumplimiento de la misión que les ha sido encomendada como prolongación de la recibida del Padre por el mismo Jesús. Aquí también es la indicación de Jesús la que los salva del fracaso de la pesca. Ciertamente en la Iglesia necesitamos constantemente renovar esa confianza. Es indispensable primero, decidirse como Pedro a encarar la misión o a acompañar su trabajo en búsqueda del cumplimiento de lo encomendado. Las indicaciones que provienen de un desconocido que est á a la orilla del Lago son escuchadas humildemente por los tripulantes de la barca. Y es que la Iglesia tiene que estar atenta a las indicaciones que le llegan desde la otra orilla, porque muchas veces son las de Jesús mismo. Así los hizo Juan XXIII cuando desde la barca puso atención al clamor del mundo pidiendo una actualización del rumbo de la Iglesia para responder a la realidad.

Y nosotros, como iglesia (convocados y seguidores) también tenemos que estar atentos, ayudándonos unos a otros y aprovechando desde cualquier nivel en que nos encontremos las sugerencias de quien sabe más por amar más.

La expresión que recoge Juan en el llamado de Jesús:”muchachos!” tiene toda la familiaridad y calidez de alguien que ama y aprecia. Y muchas veces los requerimientos de la gente que busca a la iglesia tiene también la confianza y el aprecio a su realidad como prolongadora del mensaje y el testimonio de Jesús.