Domingo 7 de Noviembre de 2010. 32 durante el año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.20,37-38)

Los saduceos que niegan la resurrección hacen una pregunta a Jesús. Un casado y muerto sin hijos y una viuda que, de acuerdo a lo establecido por la ley se casa con los otros seis sin tener hijos. La pregunta es ¿Cuando resuciten los muertos, de quién será esposa? Jesús responde: En este mundo hombres y mujeres se casan pero los que sean dignos de participar del otro mundo no se casarán. Ya no morirán porque son hijos de Dios y semejantes a los ángeles por ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar lo ha dado a entender Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Porque no es un Dios de muertos sino de vivientes, los que en efecto viven para él.

Síntesis de la homilía

Los saduceos eran un grupo conservador al extremo que sólo admitía como inspirados por Dios los cinco libros de la Torá. No creían en la resurrección  y por eso procuraban  darse todos los gustos en vida. A pesar de su conservadurismo, estaban aliados con los romanos que los favorecían con distintas prebendas. Completamente distintos de los fariseos que practicaban la austeridad y esperaban la otra vida para ser compensados por sus sufrimientos. Esa otra vida era concebida como una continuación de la vida presente y eso da pie a la dificultad y el enredo de los saduceos. Por eso Jesús comienza estableciendo la diferencia absoluta entre esta vida y la de la resurrección.

A nosotros la tradición eclesiástica y la catequesis nos trasmitieron la forma de pensar de los fariseos. Con sus características positivas y negativas. Vivir en austeridad y penitencia para después gozar de la verdadera vida, condenar el placer y la euforia de vivir en este mundo. Facilitarnos la creencia en la resurrección interpretándola según nuestras costumbres, casi como una reencarnación postergada y con todo lo gozoso de nuestra naturaleza corporal. Por eso tenemos tanta confusión cuando nos referimos a la resurrección y, por lo general hablamos de que no creemos en ella porque no podemos imaginarnos cómo será.

Jesús no aclara el asunto así como tampoco contesta directamente la pregunta de los saduceos. Dice claramente que la vida en resurrección es absolutamente distinta de la de aquí. En las características del amor, de la proximidad a Dios, de la alegría de la realización personal. De todo eso que nosotros no somos capaces de imaginar sin referencia a nuestras experiencias. El afirmar que “serán como ángeles” que muchas veces fue interpretado como ausencia de todo lo sexual, no es otra cosa que una alusión misteriosa ya que nadie puede establecer cómo son los ángeles, si es que existen como seres distintos de la creación. Queda claro también que Dios es de vivientes no de muertos porque ya lo veía de este modo Moisés. Este es un argumento para refutar desde la ley a los saduceos.

La frase con que Jesús habla de los hijos de la resurrección como hijos  nos traslada a una desaparición de desigualdades y privilegios y a una vida en Dios con la carga de todo su misterio que en el fondo es el misterio del amor. Y ese es el camino de vivir para El, vivir para los demás.

Domingo 31 de Octubre de 2010 – 31 del año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.19,1-10)

Entrando a Jericó Jesús atraviesa la ciudad en donde vive un rico llamado Zaqueo jefe de publicanos. Quiere conocer a Jesús. Se sube a un árbol porque la multitud se lo tapa. Cuando pasa Jesús lo mira y le dice “baja pronto porque quiero hospedarme en tu casa” Zaqueo baja y lo recibe alegremente mientras la gente murmura porque se aloja en la casa de un pecador. Zaqueo dice a Jesús: Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y si defraudé a alguien le devolveré cuatro veces más. Jesús dice entonces que ha llegado la salvación a esa casa y ese hombre es hijo de Abraham. Que el hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.

Síntesis de la homilía

Varios relatos preceden a este capítulo de Lucas. El del publicano que resulta justificado por su humildad, los niños rechazados por los discípulos y a los que Jesús reúne y alaba; el rico que no puede entrar al reino porque se lo impiden sus bienes; el ciego curado ante la incomprensión de los discípulos. Zaqueo aparece aquí como el solucionador de todos esos problemas afrontados por Jesús. Zaqueo vive en Jericó ciudad maldita en el concepto bíblico ( no en la Jerusalén del templo); es rico en serio, como jefe de los cobradores de impuestos para Roma; es bajito como los chicos(esos locos bajitos); se arriesga al ridículo subiéndose a un árbol. Zaqueo prescinde de todo eso y Jesús descubre en él al hombre de buena voluntad y de un brochazo lo limpia de todas las acusaciones. “Voy a alojarme en tu casa”.

El mayor de los obstáculos, y sobre todo para Lucas, es la riqueza. Porque toda riqueza implica acaparamiento. Zaqueo lo remueve inmediatamente: va a entregar la mitad de sus bienes a los pobres y, de acuerdo a lo que establece la Ley va a indemnizar con una cantidad cuatro veces superior a los que haya defraudado.

Si hay alguna duda de que en el proceder de Jesús se está revelando un Dios que penetra el corazón del hombre y descubre sus mejores sentimientos, ésta es la prueba concreta e irrefutable.

Y eso nos lleva a descubrir qué poco practicamos nosotros esa actitud de penetrar hasta el fondo para no condenar y reconocer las cualidades de cada uno, de modo que resulte aprovechable con sus condiciones personales para bien de toda la comunidad. Eso hace Jesús y declara a Zaqueo un pagano complicado con el poder imperial, hijo de Abraham. Es común sostener con Pablo que somos hijos de Abraham por la fe en el sentido de la confianza puesta en Dios por el patriarca de Israel. Pero aquí la fe es afirmada de alguien que no ha dicho “creo” sino ha realizado de un solo golpe, lo más agradable a Dios reparar y compartir.

La universalidad del amor de ese Dios que ante la ofensa y el pecado cometido en contra de sus hijos, no deja de acompañar a los que se han desviado o están alejados, en lugar de hacerlos víctimas de su castigo, es también un testimonio que debería abundar más en las relaciones humanas por parte de nosotros los seguidores de Jesús. Porque a veces somos los primeros en fomentar las discriminaciones y hasta declarar guerra santa contra los que consideramos pecadores.

Domingo 24 de Octubre de 2010 – 30 durante el año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.18,9-14)

Refiriéndose a algunos que apreciándose como justos despreciaban a otros, Jesús expuso esta parábola: dos hombres subieron al Templo a orar. Uno, fariseo, oraba así “Te doy gracias Dios mío porque no soy como los demás, ladrones, injustos adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos.” El otro, publicano, a distancia se golpeaba el pecho y sin atreverse a levantar los ojos decía: “Dios mío ten piedad de mí porque soy un pecador!” Éste, concluyó Jesús, volvió a su casa justificado y no el primero. Porque el que se exalta termina humillado y el humilde ensalzado.

Síntesis de la homilía

El fariseo no sube a orar sino a jactarse delante de Dios que se supone está en el templo.

El otro, tiene necesidad de mirarse a sí mismo sin espejismos, delante de Dios, implorando su misericordia. A veces decimos que lo más importante es agradecer a Dios sus beneficios en lugar de pedirle cosas o implorar su perdón. Y eso es una gran verdad que ratifica frecuentemente la liturgia en las exclamaciones de los prefacios. Porque el único modo de apreciar y utilizar los regalos de Dios que nos vienen a través de la naturaleza y toda la creación, es reconocerlos con agradecimiento, que significa fijarnos en ellos. Pero aquí también hay que estar alerta porque ese dar gracias, como en el caso del fariseo, importa dos cosas. La primera, considerarse privilegiado de Dios y con derechos a su intervención favorable, como pago de sus virtudes. Y la segunda, menospreciar a otros que no están en su misma línea de conducta, sin examinar los motivos en que se fundan estas diferencias. Además, notemos que el fariseo es un hombre absolutamente satisfecho de sí mismo. No bastándole con toda la enumeración de lo que lo diferencia de los ladrones, los injustos o los adúlteros, añade ese plus que significa ayunar dos veces por semana y pagar exactamente los diezmos, es decir la referencia al culto que aparece como lo más importante porque ambos suben al templo para orar.

Hay, entonces, muchas cosas aprovechables para los discípulos de Jesús en esta parábola. Jesús oró en el templo muy pocas veces (2 según Lucas) el resto de sus oraciones fue en la montaña, el desierto, a orillas del río, en la calle, en el monte de los olivos, en cualquier lugar en que compartía con la gente común los sufrimientos e inquietudes cotidianas. Y esto es en gran manera aprovechable para nosotros que hemos sido formados en una oración reducida a lugares (el templo) y fórmulas.

Lo más importante, sin embargo, porque forma parte de la renovación profunda de las relaciones humanas que anhela Jesús como enviado del Padre, es la consideración respetuosa de quienes tienen formas de conducta, pensamiento y vida diferentes a las nuestras. Y la cerrazón que suele clausurarnos a los cambios porque estamos satisfechos de nosotros mismos. La ventaja del que se reconoce pecador es precisamente esa, su inquietud por el cambio personal y social. Cosa extraña para quien está absolutamente satisfecho consigo mismo.

Desde luego que es llamativa la preferencia mostrada por Jesús como actitud de Dios ante los pecadores y en realidad es la única que puede corresponderse con la idea del Padre Dios que nos ha trasmitido Jesús. Los padres siempre preocupados y ansiosos por los hijos que sufren psíquica, física o moralmente. Cuánto más el que abarca la plenitud de la bondad.

Domingo 17 de octubre de 2010 – 29 durante el año litúrgico (ciclo”C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc.18,1-8)

Con una parábola Jesús enseña a sus discípulos que hay que orar siempre sin desanimarse. (Un juez sin temor a Dios ni a los hombres, recibe a una viuda que recurre a él pidiendo justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez se niega, la viuda insiste y finalmente el juez para que deje de molestarlo le hace justicia. Si este juez injusto hizo justicia ¿no la hará Dios a sus elegidos que claman a El día y noche aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero ¿Cuándo venga el hijo del hombre ¿acaso encontrará fe sobre la tierra?

Síntesis de la homilía

Lucas es el evangelista que insiste más en presentar a Jesús orante y preocupado por la oración de sus discípulos. Si bien en varias oportunidades esa oración de Jesús se realiza en soledad e intimidad, su actitud referida constantemente a la realización del reino de que habla en su “padre nuestro”, es acción realizada ante Dios y en comunicación con El, de modo que puede calificarse de verdadera oración. No olvidemos que el padre nuestro como modelo de oración no es una oración vocal sino la asunción de un compromiso concreto de vida. Esta valoración por parte de Jesús de la oración, y la seguridad de ser escuchados porque clamamos a El día y noche, no es una afirmación de que pidiendo y pidiendo haremos verdadera oración y conseguiremos lo que deseamos. El final de Lucas en la parábola del amigo que va a pedir pan a medianoche, y lo consigue gracias a su insistencia, asegura que Dios nunca negará su espíritu a quien lo pide. Todo lo demás corre por cuenta de las diversas interpretaciones de la oración reduciéndola a la de petición de la cual, con sentido común, ni siquiera podemos afirmar que Dios la escucha y accede siempre. Basta para eso recordar las grandes calamidades que pretenden solucionarse con oración y evidencian la no intervención de Dios porque no se cesan ni en su consumación ni en sus consecuencias funestas. La oración de petición es sólo un clamor espontáneo de quien está necesitado. Sólo Dios sabe, por lo general antes de que se lo pidamos, lo que realmente es nuestra necesidad. Y su remedio, de acuerdo a la instrucción de Jesús, sucede de un momento a otro después de esperar cualquier cantidad de tiempo. La oración en su sentido pleno consiste en estar en comunicación con Dios. Lo cual para nosotros es posible a pesar de la inaccesibilidad del Ser supremo, porque lo tenemos a Jesús de Nazaret, como su revelación y su camino. Sabiendo que como El, nosotros tenemos el espíritu de Dios como fuerza interior para realizar su obra, la oración consiste en poner nuestros esfuerzos en el seguimiento del camino liberador de Jesús.

Todas las iglesias, todas las religiones, todas las sectas han hecho de la eficacia de la oración un medio propagandístico excelente y el culto que debiera consistir en recuperar con plena vigencia la dignidad de cada ser humano se ha reducido a practicar diversas y a veces complicadas formas de pedir para sentirse beneficiado.

El resultado es, con mucha frecuencia una especie de alienación, alejamiento y descompromiso con la realidad.

Domingo 10 de octubre de 2010 – 28 durante el año litúrgico (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Marini

Tema(Lc. 17,11-19)

Yendo a Jersualén Jesús atraviesa Samaría y Galilea. A la entrada de un pueblo diez leprosos salen para gritarle “Maestro, compadécete de nosotros”. Viéndolos jesús les dijo “vayan a presentarse a los sacerdotes” Mientra ellos se iban quedaron limpios. Uno, notando su curación se volvió dando gracias a Dios y a Jesús echándose a sus pies. Era un samaritano. Jesús preguntó ¿y los otros dónde están? Sólo vino a dar gracias este extranjero? Y volviéndose a él le dijo : Levántate y vete. Te ha salvado tu fe.

Síntesis de la homilía

La salud pública no atendida es un modo de dominio. Aunque la lepra de aquel tiempo no coincidía con esa enfermedad tan degradante de hoy porque se trataba en muchas oportunidades de diversas afecciones de la piel que obligaban al aislamiento hasta que se constatara por parte de los sacerdotes que no era contagiosa. Lo de que fueran los sacerdotes los que debían extender ese certificado de salud, se explica porque cualquier enfermedad era considerada castigo de un pecado. Detrás de lo cual quedaba absolutamente disminuida la dignidad del enfermo y lo ponía en disponibilidad de obedecer como absolutas las prescripciones de la autoridad. No estamos muy lejos con estos manejos infames de muchos laboratorios que no solamente inventan medicamentos ineficaces o dañosos sino que hasta utilizan las drogas para producir enfermedades.

Pero el mensaje especial de Lucas ante la súplica de esos diez enfermos que al parecer estaban unidos por la misma desgracia y juntos se ayudaban a buscar la salud, se empeña en destacar la gratitud como cualidad humana, y la discriminación como fuente equivocada de rechazos y negativa de derechos.

El extranjero, el pagano, era en la tradición judía más estricta, “un perro”, aludiendo a la situación despreciable de los animales callejeros (nada que ver con nuestros perros tantas veces privilegiados) y así trataban a los samaritanos los judíos ortodoxos. Sin embargo éste, que a sí mismo se consideraba indigno queda en el centro de la escena, por una cualidad eminentemente humana y constructora del reinado de Dios entre los hombres. La gratitud. Jesús se encarga de destacarla. A veces la vivimos como obligación. (¿qué dice? –Gracias!). Se trata de mucho más que eso. No se trata de dejar contento a quien nos hace un favor. Se trata de comprender ese desprendimiento del propio egoísmo que siembra entre todos ese valor tan importante de apreciar y compartir los favores recibidos.

Con Jesús no dejemos de apreciar las virtudes muchas veces ejemplarmente humanizantes de muchos discriminados en nuestra sociedad y hagamos de la gratitud a Dios, la naturaleza y quienes viven con nosotros una actitud permanente del amor que contagia la generosidad.

Domingo 5 de Septiembre de 2010 – 23 durante el año litúrgico (ciclo”C”)

Tema: (Lc. 14,25-33)

Jesús se vuelve a la gente que lo sigue y advierte que quien no está desprendido de su padre, su madre, su mujer, sus hijos, sus hermanos y hermanas y hasta de su propia vida, no puede ser su discípulo. Y tampoco el que no carga su cruz y lo sigue. Y pregunta: Si alguien quiere edificar una torre ¿no se pone a pensar primero con el material que cuenta? Porque de otro modo los que van la torre sin terminar lo tildarán de inútil. Lo mismo que si un rey ve venir a su enemigo con tropas, calcula el número de las suyas y si es menor, manda una embajada para negociar la paz. Así también el que no se desprende de sus bienes no puede ser mi discípulo. La sal es cosa buena pero si pierde su sabor con qué se lo devolverán? Para nada sino para tirarla. Y concluye: El que tenga oídos para oír que escuche!

Síntesis de la homilía

Realmente no es fácil escuchar y admitir esa serie de exigencias de Jesús. Interpretadas a la letra, con el fundamentalismo con que se ha leído muchas veces la Biblia, Jesús parece rechazar los vínculos familiares con toda la riqueza de sus afectos, sostén psicológico de la fortaleza y madurez. Eso ha servido también para colocar por sobre el matrimonio y la familia, el celibato y la virginidad, unidos al retiro del mundo y de las tareas necesarias para ir estableciendo en su seno el reino anunciado e iniciado por JESÚS DE NAZARET.

Hay que colocar en su momento histórico las exigencias de Jesús. la propuesta aclara que todos los vínculos familiares pueden constituirse en obstáculo para la causa del Reino, lo mismo que el aprecio de la propia vida colocada sobre todos los otros valores. Y cada uno, antes de decidirse al seguimiento y servicio de la causa del reino, ha de tener en cuenta estas relaciones con las personas y los bienes.

Así lo explicitan las dos comparaciones a que recurre. No se trata de que las torres no se construyan sino de que esté listo para ese objetivo todo el material necesario. Ni tampoco de que un rey deje de valorar sus tropas sino que, teniendo en cuenta las del enemigo, se adelante a proponer lo más conveniente para ambos.

En la experiencia bastante frecuente, los casos de desprendimiento efectivo y afectivo de la familia acarrean a las personas y a la sociedad una cantidad de inconvenientes. Así como también la fijación de cada familia como bunker que hay que defender a toda costa, transformándola en germen de discriminación, resulta un claro impedimento para luchar por la comunión entre los hombres, sin ninguna distinción de raza, religión, posesiones o sexo. que es lo proclamado por el evangelio de Jesús.

El entusiasmo de ser cristiano, en el sentido de seguidor de Jesús, no debe nacer ni de intereses egoístas (como eran en un principio los de los apóstoles) ni del miedo (que nos hace sumisos, conformistas o cobardes) sino del agrandamiento del corazón por el esfuerzo constante de generosidad para buscar la felicidad de los demás con la nuestra propia. Cristianos tristes o encogidos por la sumisión, al margen del pensamiento y el sentido común, son como alguien lo dijo, “tristes cristianos”.

Domingo 26 de Septiembre de 2010 – 26 durante el año litúrgico (ciclo “C”)

Tema: (Lc. 16,19-31)

Había un hombre rico que se vestía pomposamente y banqueteaba diariamente. Un mendigo cubierto de llagas, Lázaro, estaba tendido en el portal de su casa esperando las sobras y los perros lamían sus llagas. Murió el mendigo y fue acogido en el seno de Abraham y murió también el rico y lo enterraron. Estando en el abismo y viendo a Abraham con Lázaro a su lado gritó:

Dile a tu amigo Lázaro que moje mis labios con una gota de agua porque me consume el fuego-Pero Abraham respondió: Recuerda hijo que a ti te tocó en la tierra todo lo bueno y a Lázaro lo malo, por eso él goza y tú padeces ahora. Pero además entre uds. y nosotros hay un abismo y por más que quiera nadie pueden atravesarlo. El rico rogó entonces que enviara a Lázaro a avisar a sus hermanos para que cayeran en lo mismo. Y Abraham contestó: tienen a Moisés y los profetas. Sino los escuchan a ellos, tampoco harán caso a un muerto que resucite.

Síntesis de la homilía

La parábola que nos trasmite Lucas pinta en cuatro pinceladas la diferencia de clases en Israel y en nuestro mundo con dos protagonistas el rico y el pobre. Ambos son caracterizados como representantes extremos de su clase. El rico banqueteando todos los días. El pobre muriéndose de hambre. El rico vestido pomposamente. El pobre harapiento. El rico con la puerta cerrada. El pobre tirado a la puerta. El rico sin nombre envuelto en las satisfacciones de su riqueza. El pobre Lázaro (significa “Dios ayuda”) esperando y sufriendo. Identificados por la muerte el rico sepultado y el pobre amaneciendo a la vida.

¿No hay posibilidad de cambio en estas situaciones tan radicalmente opuestas? El resultado de la parábola que se interna en el más allá del tiempo es que la situación cambia absolutamente para cada uno de los actores. Lázaro quiere ayudar pero no puede. El abismo es muy grande. El rico busca ayuda. La muerte lo ha hecho consciente de la inutilidad de sus riquezas. Ha cambiado el corazón y quiere que otros cambien: sus hermanos.

Es difícil que los ricos al estilo del de la parábola accedan a entrar en el reino con valores igualitarios, en que las riquezas debieran ser compartidas con los menos dotados. Y, sin embargo son ellos, los pobres como Lázaro, los que pueden ayudarlos recuperar el sentido profundo de la vida y los bienes puestos a nuestra disposición por la naturaleza y, en último término por Dios. Resulta difícil, porque muchas veces la riqueza no se construye sin producir pobreza. Porque el afán de dinero y posesiones cierran los corazones como cerraba el rico su puerta. Porque siempre se encuentran argumentos para excusarse de compartir, de ser justos, de comprender, calificando de indolentes o vagos a los que tantas veces han sido privados de toda oportunidad favorable.

Es demasiado tarde cuando el rico se da cuenta de que el pobre tirado a su puerta era la gran oportunidad para encontrarle sentido a la vida. Era para él la “ayuda de Dios” De que disminuyendo sus banquetes se agrandaría su corazón. Y de allí brotaría un tesoro incomparable de felicidad en el amor. No hay que olvidar cuántas veces el secreto de la felicidad se nos descubre desde los más pequeños y abandonados.

Domingo 19 de Septiembre de 2010 – 25 durante el año litúrgico (ciclo “C”)

Tema (Lc. 16,1-13)

Jesús cuenta a sus discípulos la parábola de un hombre rico que tenía un administrador. Lo llamó para despedirlo, porque no estaba satisfecho de su cumplimiento. Entonces el hombre se puso a pensar:¿y ahora qué hago? Ni tengo fuerzas para trabajar, ni me gusta pedir limosnas. Ya sé. Llamó a los deudores y al que debía cien le dio la factura por 50 u 80. El patrón al enterarse felicitó al administrador por su astucia. Y Jesús añadió que muchas veces los que pertenecen a este mundo tienen más ingenio que los hijos de la luz. Y concluyó Gánense amigos, dejando el dinero injusto para que así los reciban en las eternas moradas.

Y tengan en cuenta que si no han sido fieles con el injusto dinero ¿quién les va a confiar lo que vale de veras? Y si no fueron fieles con lo suyo ¿Quién les va a confiar lo ajeno? Nadie puede estar al servicio de dos señores. Se apegará a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero.

Síntesis de la homilía

Escandaliza a veces esta enseñanza de Jesús a sus discípulos. Resulta una especie de legitimación y alabanza de lo que nosotros llamamos “viveza criolla” 0 simplemente “avivada”. No pareciera que el dueño debiera alabar al administrador por su astucia delictiva. Pero hay que tener en cuenta varios detalles: En primer lugar, el dueño no se retracta del castigo de despedir al hombre que administraba sus bienes, porque se ve y está probando con su procedimiento en esta circunstancia, que tenía cierta facilidad para “meter las manos en la lata” De manera que la felicitación es como una manera irónica de despedirlo sin conflicto.

En segundo término el sentido profundo de la enseñanza es evitar que sus discípulos crean que porque sostienen la causa del Reino las cosas van a salir bien por sí solas. Quiere evitar la evasión del compromiso profundo con el esfuerzo de vivir y contagiar los valores de ese reino. Porque en los que él llama “la gente del mundo”, que saben que no cuentan con ninguna ayuda de arriba, los proyectos son más sólidos, el análisis más detallista y las soluciones más ingeniosas y eficaces.

Las dos circunstancias son aprovechables para los seguidores de Jesús en sus comunidades.

Lo primero, que la mala administración, el uso de medios indebidos como la represión, la descalificación, el engaño, el ocultamiento, produce sí o sí el alejamiento de la causa del reino. Una Iglesia que gracias a la complicidad con los poderosos y preocupada por mantener ella misma el poder, se maneja con estas “astucias” no es la de Jesús. Ella misma se ha despedido de esa misión encomendada a los discípulos.

Lo segundo, que quienes se deciden a trabajar por el reino, no se van a encontrar con un sendero sembrado de rosas, en el sentido de que podrán avanzar seguros y confiados, de que sus esfuerzos serán eficaces porque Dios está de su lado. Que no habrá incomprensiones ni persecuciones ni momentos de vacilación sobre el acierto del camino elegido. Nada de esto. Me recuerdo un proverbio que nos decía con frecuencia un sacerdote español encargado de nuestra espiritualidad en el Seminario: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos. Que Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos”. Y en este sentido hay que reconocer que con frecuencia estamos en falta y bajamos los brazos antes de tiempo y mezquinamos nuestra presencia cuando haría falta. La construcción del reino, que significa felicidad compartida por todos, exige convicción, testimonio de vida, alerta constante para no desperdiciar las pequeñas ocasiones y valentía para encarar propuestas más grandes y generales.

Domingo 12 de Septiembre de 2010 – 24 durante el año litúrgico (ciclo “C”)

Tema(Lc.15,1-33)

Los fariseos se escandalizan de ver a Jesús compartiendo con descreídos y recaudadores de impuestos y sentarse a su mesa. Jesús les dice dos parábolas: Un pastor tiene cien ovejas y se le pierde una ¿No la va buscar y se alegra de encontrarla? Una mujer tiene cien monedas de plata y pierde una ¿No va revolver y barrer toda la casa hasta encontrarla? Luego añade un relato que presenta a un padre a quien el hijo menor reclama anticipo de herencia, a lo que el padre accede. El hijo se marcha y gasta todo el dinero hasta vivir en la miseria de aceptar un trabajo de cuidado de cerdos. El hambre lo mueve a volver a casa de su padre. Éste que lo está esperando sale a recibirlo y le impide expresar su pedido de disculpas manifestando su alegría con la orden de prepararle un banquete. Cuando el hijo mayor vuelve de trabajar se enoja y cuando su padre se acerca para invitarlo a la fiesta de la vuelta de su hermano le reprocha la desigualdad de trato ya que a él como obediente perfecto nunca le regaló ni siquiera un cabrito y a éste que gastó su dinero en prostitutas lo recibe con una fiesta. La respuesta del padre le advierte que él pudo siempre disponer de todo lo de la casa y que la fiesta es porque recupera a un hijo que había muerto y ha resucitado.

Síntesis de la homilía

Hay un fondo y un mensaje común en las tres parábolas de este hermoso y tierno capítulo de Lucas. Son especialmente de notar, como gestos de ternura, el del pastor que pone la oveja sobre sus hombros y el del padre que recibe al hijo perdido con abrazos, alegría y banquete.

También en los tres casos, extractados de la vida real, se pone de manifiesto la preocupación de la búsqueda esforzada de lo que se ha perdido. En el primero, haciendo el camino hacia la oveja extraviada, en el segundo barriendo la casa hasta encontrar la moneda y en el tercero esperando con impaciencia y cariño la vuelta del hijo. Nos fijaremos ahora en las razones de esa alegría y esa búsqueda.

Siempre se habla de la alegría por un pecador que se convierte. ¿De qué clase de pecadores se trata? Ni la oveja ni la moneda tienen otro mal que haberse separado del rebaño o caído de la bolsa. En cuanto al hijo, el pecado que aflige al padre profundamente es haberlo perdido, (como si se hubiera muerto), que se haya ido, usando de la libertad que é mismo como padre, respetó. En los tres casos, la conversión, el cambio, consiste en volver al rebaño, al conjunto de ahorros en la bolsa, y a la casa paterna. Si la “conversión” consiste en volver, el pecado consiste en abandonar, el rebaño, la bolsa y la casa. No se trata entonces de que sean pecadores, como los califican los fariseos, los que comparten y comen con Jesús. La alegría de la conversión (que es alegría del cielo), es por la vuelta a casa. El pecado entonces es la ruptura de la comunión. Nada que ver con la acusación del hijo mayor calificando a su hermano como gastador en prostitutas. El resultado final de este análisis es. Entonces, que el pecado es la ruptura de la comunión, del calor de rebaño, de la importancia de las otras nueve monedad, del afecto familiar. Muchos de los otros actos calificados oficialmente como pecados, no son calificados así por Jesús. Ni los que comían con Jesús dejaron de recaudar impuestos ni de divertirse a sus anchas. Ni el hijo menor rescató el dinero de herencia de los gastos con que lo había dispendiado.

Éste para Jesús es el verdadero pecado, el de la ruptura de la comunión por la injusticia, la opresión, la descalificación, la discriminación. Porque estas actitudes nunca pueden brotar del amor a nadie, y mucho menos del amor a Dios-

La Ley Natural. Por José Ma Castillo

En los comentarios, que hacen los visitantes de este blog, con frecuencia se recurre a la “ley natural”. Como es un asunto al que algunos le conceden notable importancia, me ha parecido que puede ayudar a los lectores aclarar algunas cuestiones relativas a esa ley.

Lo más elemental: en todos los manuales de filosofía y de ética (los que hablan de este tema), lo primero que se explica es que no es lo mismo la ley “natural” que la ley “positiva”. La ley “natural” (si es que existe) es la que está inscrita en la naturaleza del ser humano, de forma que todo ser humano, por el solo hecho de serlo, por eso lleva en sí la ley “natural”, como lleva en sí todo lo que es “natural” al ser humano, por ejemplo, respirar, tener hambre, sufrir, morir… La ley “positiva” es la que brota, no de la “naturaleza” humana, sino de una “autoridad” (religiosa, civil, militar…). Si la autoridad es religiosa, en ese caso, la ley ya no se percibe por la “naturaleza”, sino por la “fe” (por la “creencia”). El acto religioso no es nunca (ni puede serlo) una “necesidad natural”, sino que es siempre una “creencia libre”. Si deja de ser libre, deja de ser meritorio y, por tanto, deja de ser religioso. Por tanto, no se puede decir que los “diez mandamientos” pertenecen a la ley natural. Los diez mandamientos pertenecen a la Ley de Moisés. Y así los han vivido siempre los israelitas. Y no vale decir que fue Dios el que le dictó esa ley a Moisés. Aparte de que eso necesita sus debidas matizaciones, los que creen que esos mandamientos se los dictó Dios a Moisés, creen eso por un “acto de fe”, no por una “necesidad de la naturaleza”, que (por definición) es la misma para todos, lo mismo para los israelitas creyentes que para los habitantres de Australia o de la Patagonia.

No entro aquí a explicar las muchas y complicadas explicaciones que se le han dado a la llamada “ley natural”, desde Aristóteles, pasando por santo Tomás de Aquino, hasta los incontables comentarios que se han escrito sobre el concilio Vaticano II y sobra la encíclica Humanae Vitae, de Pablo VI. Lo que quiero dejar claro es que la idea misma de “Ley Natural” entraña, como supuesto previo, que existe una naturaleza común y esencial, que es igual en todos los seres humanos, independientemente de las condiciones históricas y culturales. Lo cual es evidente cuando se trata de cosas tan “naturales” como son, por ejemplo, las necesidades biológicas básicas. Pero, ¿se puede afirmar lo mismo de las exigencias de la moral católica, cuando se refiere, por ejemplo, al matrimonio monógamo e indisoluble y siempre abierto a la vida, a la prohibición tajante del aborto en todos sus supuestos, a la maldad de la masturbación o cualquier posible unión homosexual?

Como respuesta a esta pregunta, planteo la siguiente reflexión. Tanto en antropología, como en paleontología o biología, se da por demostrado que la existencia de la especie humana, que “alcanzó el tipo de inteligencia necesario para establecer una civilización”, existe desde hace cien mil años (E. Mayr, en Bioastronomy News, 7, nº 3, 1995). De estos cien mil años, sólo conocemos por la historia unos cinco mil. Es decir, los seres humanos han vivido en este mundo seguramente 95.000 años sin que sepamos casi nada de cómo vivían y menos aún de las ideas morales que tuvieran o pudieran tener aquellos lejanos y desconocidos antepasados nuestros.

Pues bien, si efectivamente existe la llamada “ley natural”, y esa ley incluye todo lo que enseñan algunos libros de moral y no pocos catecismos, entonces hay que suponer que toda la gente, que ha habido en el planeta Tierra desde hace cien mil años, veían y pensaban que eran cosas malas y perversas la fornicación fuera del matrimonio, el matrimonio que no se restringía a la unión entre un hombre y una mujer, como compromiso indisoluble y abierto siempre a la vida, además pensaban que la masturbación era una cosa antinatural, al igual que las relaciones homosexuales, por no aludir a prohibiciones más sutiles de la moral católica como los malos pensamientos, las malas miradas y los malos deseos.

Si es que tomamos en serio la existencia de la ley natural, vamos a tomar en serio también sus exigencias y sus consecuencias. Pero, ¿se puede tomar realmente en serio que los hombres y las mujeres de hace 50.000 o 70.000 años, cuando copulaban o se apareaban, para procrear o simplemente para satisfacer un instinto natural, tenían en sus cabezas todo lo que dicen algunos moralistas católicos que es obligatorio “por ley natural”?

“Natural” es comer o dormir. Por eso comían y dormían las gentes de hace miles de años. Como ahora lo hacen los individuos de tribus amazónicas o africanas; y lo hacemos en Europa y Asia. Pero, ¿es imaginable que suceda lo mismo cuando nos ponemos a hablar de las propuestas éticas de Sófocles o Aristóteles, de Cicerón y Lactancio, de Tomás de Aquino y F. Suárez, de los manuales de Arregui y Zalba, de los catecismos de antes del Concilio, durante el Concilio y después del Concilio?

Yo aconsejaría simplemente que, cuando hablamos de temas que tienen una larga y complicada historia, por lo menos nos informemos debidamente antes de hablar.

Fuente: Teología sin censura