Invitación a “los gentiles”. Por Susana Tampieri

El Arzobispo de Trieste, Monseñor Giampaolo Crepaldi, Presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuân” sobre la Doctrina Social de la Iglesia, se refirió a un escrito del Papa, invitando al diálogo a los “gentiles”, en los atrios o patios de las iglesias Católicas.

Dicho texto se inicia con una propuesta que se remonta a los primeros siglos del Cristianismo, en que la religión -Emperador Constantino mediante- se legalizó y en que Teodosio, la designó como religión del Estado.

Triste época, por cuanto la persecución del Imperio a los cristianos, reproducida incansablemente por Hollywood y en los almanaques con santos, santas y mártires, fue reemplazada por igual impía persecución de paganos, judíos y todo aquél que no aceptara la nueva fe y sus flamantes autoridades.

Basta rendir homenaje -en tiempo de Cuaresma, justamente- a Hypatia, quien fuera cruelmente ejecutada, en Alejandría. Filósofa, astrónoma y matemática, celosa defensora de los restos que quedaban, de la famosa Biblioteca incinerada en aquella ciudad. Una turba fanática, incitada por el Obispo Cirilo, (ella no quiso bautizarse) la arrastró, despedazó y quemó.

La palabra “gentil”, significa hoy: amable, encantador, agraciado… pero se remonta al mundo bíblico del Antiguo Testamento. Era gentil el que no era judío. Tal como los griegos denominaban “bárbaros” a todo el que no fuese helénico. Los cristianos, ya instalados, llamaron así al que no compartiese su fe: a los idólatras, adoradores del becerro de oro y de cualquier mito que no fuese el dogma, por ejemplo, a los paganos que seguían a Platón (como Hypatia) o a Aristóteles o a Epicteto.

Luego vinieron Galileo, Giordano Bruno y tantos otros, que no figuran en ningún almanaque, quienes fueron quemados vivos, en diferentes etapas históricas, pero siempre con el pretexto de su herejía, de su condición de subversivos, de enemigos de la sociedad, es decir, del poder. O de la Iglesia, es decir, del Poder. ¿Y dónde tenían lugar estos autos de fe? En los atrios o patios de las iglesias. ¡Vaya lugar para sentarse a dialogar!

Otro agravante es que el debate -que siempre es bienvenido- se debe dar en una situación entre iguales. ¿Cómo discutir libremente con quien se proclama representante de Dios en la Tierra? ¿El único monarca absoluto del mundo, en un pequeño Estado de pocas hectáreas, que adquirió en el siglo XX, gracias a pactos con el dictador Mussolini ? Estado que sólo integra las Naciones Unidas como observador, porque no reúne las condiciones mínimas de un Estado normal, vg: sin crecimiento demográfico; sin división de Poderes; protegido por una guardia de mercenarios suizos.

Si el diálogo no se entabla directamente con el Papa… será con alguno de sus acólitos, que llevarán mandato de su Santidad, ya que la idea fue de él.

Monseñor Crepaldi glosa la propuesta, enumerando las diferentes idolatrías que han reemplazado, en estos tiempos, al antiguo becerro. Son: el ecologismo, el vitalismo, el cientificismo, el materialismo, el psicologismo, el desarrollismo, el tercermundismo, el pauperismo, la ideología de género, la ideología de la diversidad, el economicismo, el inclusivismo, el narcisismo y el reduccionismo.

Este Papa -que abolió el Limbo para que los embriones entren al Cielo y que corrige a Juan Pablo II insistiendo en que el Infierno es un lugar real- pone a todas las búsquedas de conocimiento, teorías, reivindicación de cuerpos que pertenecen a seres humanos conscientes de su derecho a elegir. Sin embargo, no veo que incluya al fascismo o al nazismo y mucho menos al franquismo, cuyos herederos siguen activos hoy, con el prefijo “neo”.

Idólatras son los curas tercermundistas o de la Opción por los pobres (pauperismo) pero no lo son los Von Wernich, Grassi o Monseñor Storni, a quienes no se los ha castigado “ad divinis”, como a Alessio, en Córdoba, por defender el matrimonio igualitario; aunque hayan sido condenados por Tribunales de la Nación, como asesino el primero y pedófilos, los segundos.

Idólatras somos los que estamos en contra de la mega minería contaminante (ecologismo).

Idólatras somos los que luchamos porque hombres y mujeres, que compartimos este planeta, tengamos los mismos derechos, que no son otros que los derechos humanos (ideología de género), aquellos que defienden el progreso material de los pueblos. Idólatras somos los que defendemos el pluralismo, lo que se logró -en algunas latitudes y nunca del todo- después de baños de sangre en las guerras de religión. Y que se reeditarán de seguir creciendo los fundamentalismos.

Los ateos no somos “gentiles”. No mandamos a nadie a la hoguera por creer en un Dios o en varios. Confiamos en la ciencia, mientras que San Pablo, en su Carta a los Corintios (1 cap. 13,8) profetizaba su desaparición.

En un mundo donde cada uno aprenda a no hacer a otros y a otras, lo que no le gusta que hagan con él o ella.

Los ateos también tenemos valores, legitimados, porque no aguardamos recompensa ultra terrena; valores en los que creemos ya que no existe monopolio en la materia.

Un mundo en que el Estado sea laico, es decir neutral, sin canonjías y preferencias por ningún culto en particular. Es la República -sistema que se instauró luego de la denostada Revolución Francesa de 1789- la que garantiza la libertad de creencias, de expresión, de reunión, de prensa (se pueden agregar, pero no quitar).

Y si discutimos y debatimos será en un pie de igualdad y no al pie de un trono y en un lugar que, como reconoce el mismo Arzobispo de Trieste, si bien no está dentro del templo, pertenece a terreno eclesiástico.

 

Fuente: Diario Los Andes