Homilías Dominicales. Domingo 11 de junio de 2017.- Santísima trinidad.- Por Guillermo “Quito” Mariani

 Tema (Juan 3,16-18)

Decía Jesús a Nicodemo: Dios amó tanto al mundo que le dio a su hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a este hijo para condenar al mundo sino para que mundo se salvara por él, El que cree en él no será condenado, pero el que no cree ya está condenado porque no ha creído en la persona del hijo privilegiado de Dios.

Síntesis de la homilía

La fiesta de la Trinidad cierra el período pascual y es como si la comunidad eclesial comenzara a caminar sin la presencia de su fundador, guía y amigo Jesús de Nazaret.  Porque  esta consumación del amor del Padre aceptando la ofrenda de su hijo por la resurrección, visibilizada de manera misteriosa pero profundamente real en sus efectos, pone en juego todo el proyecto del Dios creador, testimoniado con la palabra y acción liberadora de Jesús cuyo espíritu se ha convertido en animador y fuerza para los primeros discípulos, la raíz del nuevo reinado de Dios proclamado por Jesús. La realidad del Padre, aparece tardíamente comoTrinidad, en un contagio con la cultura romana, que brinda la oportunidad de hacer penetrar el mensaje cristiano en lo más refinado de la cultura greco-romana, sus  filósofos y su prestigio científico. El resultado no tuvo la característica de universal que Jesús quiso darle siempre a su `propuesta liberadora. Satisfizo intelectualmente pero se convirtió en ininteligible para la mayoría del  pueblo que, en la alternativa de contrariar o someterse a esta explicación demasiado elevada especulativamente recurrió a la fe, como capacidad extraordinaria para aceptar lo ininteligible y hasta aparentemente contradictorio fuera del sistema filosófico aristotélico que, desde el siglo XIII comenzó a designarse como aristotélico-tomista por la magistral intervención de Tomás de Aquino para trasmitir al pueblo la sustancia de la teoría de Aristóteles. Nuestra catequesis, imposibilitada de llegar a explicaciones tan sofisticadas se resignó durante mucho tiempo a no mencionar la palabra Trinidad calificada como el  mayor misterio de la fe porque exigía aceptación en la oscuridad de lo incomprensible.  Hay que tener en cuenta que este proceso dañó la eficacia y los resultados de la predicación de la Iglesia, en muchos aspectos. Se había convertido la inmensurable realidad del amor divino en misterio incomprensible en contra de lo tremendamente comprensible de ese amor manifestado en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús como hechos de nuestra historia terrenal.

A los constantes esfuerzos teológicos por actualizar las formulaciones dogmáticas y -entre ellas las de la Trinidad divina,- coronó la “teología de los pobres”, convertidos en centro de la atracción y preocupación universal,  de manera muy eficaz, el movimiento nacido en países del llamado tercer mundo, conocido como” teología de la liberación”  que la Iglesia católica no pudo, ni supo, ni quiso aceptar como la mejor traducción de la acción trinitaria y por tanto de la revelación de su sentido, en la historia de la humanidad.

 

 

 

Fátima nunca más. Por Mario de Oliveira, Teólogo

I. Dioses contra Dios

En Fátima, como en cualquier otro Santuario o templo, no basta con invocar a Dios, para concluir que estamos frente a una manifestación de fe. Por lo menos de fe cristiana. Cuando mucho, estamos ante una manifestación religiosa, lo que no es lo mismo. De hecho el cristianismo, en sus inicios, ni siquiera quiso aparecer como una religión. Los textos fundantes del Nuevo Testamento, no nos hablan de una nueva religión, sino de una vía o de un camino. Vía o camino que nos ha de llevar, más que a Dios, al encuentro del otro, de los otros, al encuentro de aquellos que no son de nuestra misma “carne y sangre”, y hasta al encuentro de aquellos a los cuales tenemos como enemigos. Para que entre nosotros y ellos, entre todos y entre todas, se establezca progresivamente, una relación de fraternidad. Pues solamente cuando esta relación de fraternidad es efectiva, es cuando Dios es honrado y venerado, y la fe cristiana se convierte en un acontecimiento verdadero. “No todo el que me diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt, 7,21). El Evangelio es así. No admite fugas, que quizás se presenten como muy religiosas, pero que también son muy alienantes, muy deshumanizadoras y muy poco fraternas.

En Fátima, como en cualquier otro santuario o templo, es necesario interrogarnos con humildad pero sin descanso, si es Dios el que está siendo invocado y venerado. Cuál Dios es el que atrae y convoca a las personas allí reunidas. Porque, al contrario de lo que realmente se piensa, no hay un único Dios. Siempre hubo a través de los tiempos , muchos dioses. Y la dificultad en poder discernir, entre tantos dioses, cuál es el verdadero, cuál es aquel que progresivamente nos humaniza y nos fraterniza (aquel que es buena noticia para los seres humanos), siempre fue muy grande. Hoy parece que esta dificultad es aún mayor que en el pasado. Porque los dioses son muchos, y cada vez se presentan más atrayentes y seductores.

Sabemos que Caín, por ejemplo, en los albores de la humanidad -la primera carta de Juan lo recuerda en los albores del cristianismo- según reza el mito bíblico del Génesis 4, 1-16, también invocaba a Dios, cumplía con todos los ritos religiosos, practicaba regularmente la liturgia de su época. Pero sin embargo, todo esto no le impidió, con la mayor de las calmas y con la más tranquila conciencia, matar a su hermano Abel. El dios al cual él invocaba y veneraba y al que ofrecía generosamente las primicias de su cosecha, no era incompatible con el acto fratricida. Por el contrario, él mismo se lo habría sugerido e inspirado, en algún momento del culto.

Está narración no fue escrita con el fin de entretenernos, sino para edificarnos. Para que estemos alertas, para ayudarnos a discernir. Para revelarnos que no alcanza con admitir la existencia de Dios, ser deísta, ser religioso, frecuentar actos de culto a determinadas horas y en locales considerados sagrados, para que seamos automáticamente varones y mujeres humanos, humanizados, fraternos, en una palabra: cristianos. Podemos hacer todo eso y mucho más, como por ejemplo: contribuir con holgadas ofrendas para la construcción de templos y de santuarios, hacer difíciles y dolorosas promesas, y cumplirlas escrupulosamente, tener hasta una buena relación con los sacerdotes de las múltiples religiones que entre nosotros existen y, al mismo tiempo, alimentar sentimientos de odio y de venganza, de celos y de muerte contra el otro, y contra los otros. Y lo que es aún peor , podemos hasta pasar de los sentimientos a los hechos, y matar al otro, a “los enemigos”, a los que no piensan como nosotros, los que no son de nuestra religión, los que no aceptan “jugar nuestro juego”… Y todo esto, sin la necesidad de inquietar nuestra conciencia; al contrario, con todo el sentimiento del deber cumplido, con la calma de quien piensa que es así como se es verdaderamente una persona religiosa.

Escribir y decir estas cosas, puede ser eventualmente impactante para mucha personas, sean éstas creyentes en dios, o ateas. Pero no debería serlo, por lo menos, para los cristianos y las cristianas y sus respectivas iglesias. El cristianismo, que en sus inicios, nunca quiso ser una religión más, entre las múltiples existentes en el imperio romano, sino un camino hacia al encuentro del otro, de los otros, incluso de aquellos que una cierta educación cívica y religiosa los define como enemigos nuestros, para que con todos y con todas hagamos juntos el descubrimiento y la experiencia de la fraternidad y de la comunión cada vez mayor, el cristianismo nació, como se sabe, de la revelación definitiva y más radicalmente liberadora de la humanidad, y también de la revelación más humanizante y fraternizadora.

Jesús de Nazaret, reconocido y proclamado por los primeros adherentes y seguidores como el Cristo, lo fue por fuerza de la resurrección que inesperadamente para ellos sucedió. El había sido, hasta la resurrección, el más odiado de los hombres; condenado a muerte como blasfemo y subversivo y ejecutado en la cruz. Ahora bien, quien está por detrás del crimen mayor de la historia de la humanidad, quienes conducen el proceso hasta su consumación, son hombres religiosos, profundamente creyentes en Dios, puestos al frente de la institución religiosa más sagrada. Y cuando los príncipes de los sacerdotes y el sanedrín procedieron, junto a los teólogos del templo, lo hicieron con la convicción de que, de esa manera daban gloria a Dios, al Dios que rendían culto y adoraban en el grandioso templo de Jerusalén. Tal es así, que después de cometer tan horrendo crimen, continuaron, con sus conciencias tranquilas, frecuentando el templo y promoviendo el culto en honor a su Dios, en los días y a las horas exactas.

¿Pero que paso con Jesús de Nazaret, llamado el Cristo? Se convirtió, por lo menos para los cristianos y las cristianas, y para sus respectivas iglesias, en el acontecimiento más revelador de la Historia, la Luz que ilumina a todo ser humano que nace en este mundo. Es el nuevo y definitivo Big-Bang de la creación de la humanidad y del mundo nuevo. Lo nuevo y definitivo comenzó. En Él y con Él la Humanidad nació de nuevo, nació definitivamente fraterna y solidaria.

Sabemos por esto, y de manera definitiva a partir de Jesús crucificado a quien el Padre resucitó, que de hecho, Dios nunca fue una realidad unívoca. Hay muchos dioses. Está Dios y están los dioses. Y hay una lucha de los dioses contra Dios. Hay dioses altamente peligrosos, asesinos y opresores, que no se sienten bien sin víctimas inocentes, cuya sangre reclaman insaciablemente. Dioses sádicos que devoran a sus adoradores esclavizándolos y degradándolos. En una palabra dioses que hacen que las personas se deshumanicen y que lleguen incluso a matar. Así es como ellos son, y como hacen que sean sus adoradores, que suelen ser muy religiosos, como Caín, pero también asesinos como él. Suelen ser a imagen y semejanza de los dioses que invocan y rinden culto.

Y está el Dios de las víctimas, él mismo víctima de los dioses todo poderosos y asesinos, El que resucitó a Jesús de entre los muertos; éste es el Dios de Jesús y el Dios de los hombres y de las mujeres que prosiguen su Causa (cristianos, cristianas, y todas las personas de buena voluntad), el Dios vivo que vive y que hace vivir. El Dios que no quiere otro culto que no sea la promoción de la vida, y la vida en abundancia para todos, El Dios que no sólo no quiere víctimas ni genera víctimas, sino que además trabaja siempre para bajarlas de la cruz. El Dios que se manifiesta en el mirar y en el cuerpo de las víctimas de la historia, a partir de las cuales lanza la pregunta más perturbadora y desafiante, también la pregunta que potencialmente genera más fraternidad, dirigida a todos los que lo invocan como lo hizo Caín, pero que al mismo tiempo matan a sus hermanos: ¿Dónde está tu hermano?, ¿qué hiciste con tu hermano?, o esta actualización de la misma pregunta: ¿Por qué me persigues? (Hch 9,4).

II. Del Dios de Fátima, líbranos, Señor

Dos niños que mueren y una tercera que sobrevive pero es separada de su tierra e impedida para siempre de llevar una vida como las de otras personas (primero, la internaron, secretamente, en el Asilo de Vilar, en Oporto y, después, la mandaron a España y la convirtieron en una monja enclaustrada para el resto de su vida, situación que, luego de 76 años de los acontecimientos de 1917, ¡aún continúa!), he ahí el principal balance de las llamadas “apariciones de Fátima”. Probablemente, nunca nadie en la Iglesia Católica se atrevió a mirar las apariciones desde este ángulo.

Que no piense nadie que escribimos esto para unirnos a los llamados “enemigos” de Fátima. Lo que nos mueve es la fidelidad al Evangelio y al Dios de Jesús, a quien María de Nazaret, cantó mejor que nadie como libertador y salvador de la humanidad, particularmente, de los pobres y excluidos. La lectura que hicimos del libro más importante sobre Fátima, Memorias de la hermana Lucía, nos obliga a ello. Porque el Dios que allí se anuncia y revela no tiene nada que ver con el Dios revelado en Jesús de Nazaret. Se relaciona más bien con un Dios sanguinario, que se complace en el sufrimiento de inocentes, un Dios creador de infiernos para castigar a quienes dejan de ir a misa los domingos, o dicen palabras desagradables, un Dios incluso peor que algunas de sus criaturas.

A los lectores y lectoras les pedimos que, en vez de escandalizarse, traten de leer también el libro de la Hermana Lucía. Porque, si lo hacen, a la luz del Evangelio de Jesús, acabarán, probablemente, orando junto con nosotros: “Del Dios de Fátima, ¡líbranos, Señor!”.

El libro de Lucía nos hace retroceder en el tiempo y sumergirnos en el ambiente religioso y eclesiástico en que tuvieron que vivir los niños de Fátima, alrededor de 1917. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Pero el terror que se respiraba, sobre todo en los medios populares y rurales, no venía de ahí. La catequesis familiar y parroquial, así como las predicaciones dominicales y otras, entonces muy recurrentes, constituían un género de terror no menos intenso y, también, no menos nefasto y criminal. Porque incidía sobre la conciencia de las personas, especialmente de los niños, pequeños seres indefensos y cargados de sensibilidad, dispuestos a creer en todo lo que les dicen los adultos, padres y madres, y también obispos y párrocos, cuya palabra era, míticamente, escuchada y atendida, como si fuese la voluntad de Dios presente en medio del pueblo. (El libro de Lucía muestra hasta la saciedad, que ella misma, incluso hoy, tantos años después, se mantiene en esta visión mítica de la realidad, también de la realidad eclesial, aunque tal visión sea totalmente ajena al mensaje liberador del Evangelio).

Jacinta y Francisco, además de Lucía, respiraron un ambiente así. El libro no deja dudas, para quien sepa leer entre líneas, críticamente, sin dejarse envolver por el misticismo religioso, casi patológico, en que está escrito.

Se percibe muy bien que el terror es una constante en las vidas de estos tres niños. Vivían atribulados por el pecado, con el infierno y con los pecadores que se van, por montones, al infierno. Todo era pecado para ellos. Hasta darle un beso a otro niño en el juego de las prendas. Dar un beso, para Jacinta, por ejemplo, sólo es posible a Nuestro Señor, en la imagen del Crucificado. Como si otro niño o niña, compañero de juegos, no fuese mucho más imagen de él, sino sólo ocasión de pecado. (¿Quién instigó una visión tan moralista en la pequeña y angelical Jacinta? ¿Qué satánica catequesis le distorsionó tan gravemente la mirada? ¿Quién le arrebató, tan tempranamente, la naturalidad?).

En ese contexto, todo puede llevar al infierno. Dios, a los ojos de estos niños, está tan cansado de los pecados de sus criaturas humanas, que su ira está a punto de rebasar los límites, lo cual no sucederá si ellas aceptan sufrir-sufrir-sufrir, hacer toda clase de sacrificios por amor a Él y por la conversión de los pecadores y, al mismo tiempo, rezar muchos rosarios.

Como no podía ser de otro modo, los niños que reciben toda esta información (sensibles e indefensos como sólo ellos son) sufren, lloran, tienen dolor por Nuestro Señor. Y comienzan a pensar en ofrecerse como víctimas, hasta la muerte, para desagraviar a Dios y, de alguna manera, forzarlo a perdonar a los pecadores. Quedan completamente poseídos por una mística de la muerte, una mística sacrificial, que habla más bien de un Dios que se alimenta de gente, en vez de una mística de vida, la única que el Dios de Jesús puede inspirar a sus hijos e hijas, ya que Él mismo es un Dios que trabaja continuamente para que todos tengamos vida y vida en abundancia. Verdadera tortura Vivir en un clima de una religiosidad así se volvió una verdadera tortura. Por lo menos, para estos niños aterrorizados, que siempre toman todo en serio. Se volvió también un riesgo terrible. El riesgo de llegar a ser condenados al infierno. Bastaba con cometer algún pecado. Y el pecado, para ellos era, por ejemplo, decir palabras feas o hacer pequeñas travesuras. Lo suficiente para ser condenados al infierno, descrito por ellos mismos con imágenes sumamente terroríficas. Nunca más, entonces, estos niños pudieron sentir la voluntad y la disposición de hacer sacrificios por los pecadores. El infierno era, finalmente, la gran amenaza para todos y lo que con mayor probabilidad podía sucederle a cualquiera. Y, para los pecadores, más que amenaza era ya una certeza. En un clima así, de religiosidad verdaderamente despojada de Evangelio, peor aún, contra el Evangelio, no es de extrañar que el deseo mayor de estos niños fuese el de ir al cielo porque ésa sería la única manera de no caer en el infierno, donde quien cae queda, para siempre, ardiendo en el inmenso horno de fuego en compañía de los animales más asquerosos y horrendos. Por lo que cuenta Lucía, en este libro, los dos hermanos, Jacinta y Francisco, vivían aterrorizados por el infierno. Era lo más natural. La madre, en las frecuentes catequesis familiares que les administraba, exageraba bien los colores del terror. Y los predicadores de las misiones parroquiales que seguían, con fidelidad, el libro Misión Abreviada, no se quedaban atrás. Por eso es que, en un ambiente así, de verdadero terror teológico, lo que más espanta y escandaliza a quien hoy busca ser discípulo de Jesús y dejarse conducir por los valores de su Evangelio liberador, es que aquella Señora la que los niños dicen que vieron y escucharon los días 13 de los meses de mayo octubre de 1917, a pesar de decir que venía del cielo, es decir, de Dios, no haya aparecido para liberarlos del miedo y convidarles la alegría de vivir. Por el contrario, comienza por anunciarles, a los dos más pequeños y también más aterrorizados, que en breve les llevaría al cielo, una manera eufemística de decirles que iban a morir antes de tiempo.

Catequesis terrorista

En lugar de la buena noticia liberadora de que Dios quiere que ellos vivan y vivan en abundancia, les anuncia que pronto van a morir. En el fondo, se limita a reproducir y legitimar la catequesis terrorista y negadora del Evangelio que los niños constantemente escuchaban en su casa y en la parroquia.

Pero lo más chocante todavía estaba por venir: la aparición en la que, en julio, durante el diálogo que mantiene con ellos, les muestra a los tres niños el infierno y la impresión que les causa es tal, sobre todo en Jacinta y Francisco, que bien podría decirse que los dos hermanitos, de tierna edad y de salud manifiestamente debilitada, nunca se repusieron de esta visión terrorífica y acabaron por morirse del susto, además de la fragilidad que, por otra parte, se apoderó irreversiblemente de sus cuerpos, una vez que tanto ella como él, desde entonces, nunca más consiguieron ser niños como los demás, ni lograron jugar relajadamente, ni encararon la vida como niños saludables (Francisco, por ejemplo, hasta dejó de ir a la escuela, y en vez de eso, prefería esconderse en la iglesia ¡a rezar por los pecadores!) y nunca más se alimentaron bien.

En todos los momentos, a partir de aquel día, la visión del infierno persiguió a los dos niños, aterrorizándolos, obligándolos a rezar por los pecadores, y forzándolos a hacer sacrificios por la conversión de los pecadores. El libro de las Memorias de Lucía da testimonio de que los dos hermanitos eran capaces de pasar días enteros sin comer, daban su merienda a las ovejas, no bebían ni gota de agua en pleno mes de agosto, andaban todo el día, e incluso durante la noche, con una cuerda amarrada permanentemente a la cintura, hasta sangrarse.

Masoquismo religioso

Con estas actitudes, cargadas de masoquismo religioso y sacrificial, pretendían -con una ingenuidad e inocencia sobrecogedoras y de las que personalmente no eran responsables sino víctimas- consolar a Nuestro Señor y al Papa (la preocupación por el Papa surgió después de que, en cierta ocasión, un sacerdote les habló de él y les informó que estaba siendo perseguido por los “enemigos” de la Iglesia).

Se llegó, así, a la inversión total de la Buena Noticia que es la revelación de Dios en la Historia de la Humanidad y que culminó en Jesús de Nazaret, la mayor y más liberadora Buena Noticia que los empobrecidos del mundo y todos los que, oficialmente, son tenidos como pecadores, alguna vez pudieron oír.

En este caso de Fátima, en vez de que Dios sea aquel que viene como compañero y padre con corazón de madre, a consolar a los niños y liberarlos del terror y del sufrimiento en que una catequesis sacrificial y sádica los había condenado a vivir, son los niños quienes lo consuelan y se autoinmolan para conseguir que Él, a la vista del sufrimiento de ellos, víctimas inocentes, contenga su ira y desista de llegar actuar contra las criaturas humanas y pecadoras. En otras palabras: ellos se reducen para que Él crezca, en una liturgia típicamente sacrificial, pero también verdaderamente repugnante, que, cuando sucede, es siempre un insulto al Dios de Jesús y, simultáneamente, una de las causas principales que explican el crecimiento del ateísmo en el mundo.

Urge evangelizar a Fátima

Puede, pues, decirse que el libro Las memorias de la Hermana Lucía -donde ella escribe todo lo que recuerda de sus tiempos infantiles, en Fátima, escrito por obediencia a algunos hombres de la Iglesia que, extrañamente, se atribuyen una tal autoridad sobre ella, porque incluso le dieron órdenes terminantes- contiene y vehicula una teología (reflexión sobre Dios) en las antípodas de la teología cristiana.

Se trata de una teología sobre un Dios que sigue siendo el Dios de mucha gente, pero que tiene que ver más bien con un ídolo devorador de pobres, bastante peor que algunas de sus criaturas, un Dios a imagen y semejanza de los verdugos que sólo calma su ira castigadora y destructiva con sangre, mucha sangre, de víctimas inocentes, un Dios justiciero, verdugo, sanguinario, un Dios contra el hombre y la mujer y sin entrañas de misericordia, tirano y déspota, un Dios intrínsecamente perverso, a quien es preciso apaciguar y cuyo brazo justiciero está presto a caer sobre la humanidad, cosa que no sucede aún porque, felizmente, tenemos junto a Él a una criatura, la más santa de todas y, por lo que parece, más misericordiosa que Él, la Señora del Rosario que ha conseguido calmarlo.

Pero ella misma está a punto de no poder soportar más la ira y el odio de Él contra la humanidad y, por eso, decidió bajar del cielo a la tierra, más concretamente a Portugal, donde algunos años antes, por coincidencia, se instauró una República masónica y atea, para pedir a tres niños inocentes que la ayuden en esta ingente tarea.

“¿Queréis (les dijo, en su primera aparición) ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” Los niños, educados en una catequesis sacrificial y terrorista, dijeron que sí. Y, como ellos, mucha gente aún hoy le sigue diciendo lo mismo a ese Dios. Sólo quien no quiera ver puede ignorar que, en Fátima, el Dios más buscado por las personas que sufren dolencias y aflicciones de todo tipo, es un Dios así. Un Dios que nos espanta, que inspira miedo, que nos castiga, nos da y quita la vida, según el humor del momento. Un Dios que exige sacrificios humanos, que se complace en ver autoflagelarse a los pobres, en una inmolación que puede llegar hasta el límite de las fuerzas y de la vida. Un Dios en rebeldía hacia el Evangelio, con más de demonio que de Dios, quien desde los albores de la humanidad ha vivido en nuestro inconsciente colectivo, en donde, manifiestamente, aún no ha llegado la buena nueva liberadora de todo miedo, que es el Evangelio de Jesús.

La Iglesia Católica, que desde el principio ha administrado a Fátima, no ha sido capaz aún de evangelizarla. ¡Y vaya que es necesario! Por el contrario, se ha mostrado más interesada en aprovecharse sacrílegamente del fenómeno. Tal vez porque él, como dice la publicidad de la lotería, es fácil, barato y da millones. Y garantiza elevadas estadísticas, a la hora de contabilizar a los católicos portugueses, lo que da mucho más poder reivindicativo a la respectiva jerarquía, frente al poder establecido.

Ha llegado la hora de cambiar. Desde la raíz. ¿Es arriesgado? Sin duda. Pero también es imperioso y urgente. Está en juego el Nombre de Dios, del Dios revelado en Jesús de Nazaret. Está en juego la fe cristiana. Y, sobre todo, está en juego la humanidad, particularmente, la mayoría empobrecida y oprimida, también en nombre de un cierto Dios que, en Fátima, continúa dictando, impunemente, su ley sacrificial.

Los teólogos cristianos tienen, pues, una palabra que decir. Con lucidez y valor. Con discernimiento. En la lucha de los dioses en que vive la humanidad, la palabra de los teólogos es insustituible. Puede ser, para algunos, martirial, como ha sido para otros compañeros nuestros en América Latina. Pero no pueden dejar de hablar los teólogos. Tampoco las comunidades cristianas donde ellos se encuentran. Pactar, aunque sea con el silencio, es un pecado contra los pobres y contra el Espíritu Santo.

Y es que Dios, el Dios de Jesús, en vez de crear infiernos para los pecadores (¿y quién no lo es?), los acoge y come con ellos. Por pura gracia. En vez de hacer víctimas, las baja de la cruz. Y está empeñado, como creador que es, en hacer de esta tierra, aún con mucho de infierno, una nueva tierra, donde Él viva con nosotros y entre nosotros, para siempre, como Emmanuel. Y María, la madre de Jesús, lejos de andar por ahí pidiendo sacrificios y el rezo de muchos rosarios por la conversión de los pecadores, es la mayor poeta de este Dios totalmente ocupado en la liberación y salvación de la humanidad y empeñado en llevar a su término la creación del mundo, iniciada hace muchos millones de años. Una creación demorada, porque Él no la quiere hacer sin nosotros, sino junto con nosotros. Y también porque respeta infinitamente nuestra libertad sin jamás perder la paciencia, a pesar de los innumerables disparates que cometemos contra nosotros mismos, contra los demás y contra la Naturaleza que nos sirve de cuna. Y es así porque nos ama infinitamente. Pues ni siquiera puede hacer otra cosa.

Fuente: Este texto es un extracto del libro del mismo título que fue publicado en Portugal en abril de 1999 por la Editora Campo das letras. Servicios Koinonia

Homilías Dominicales. Domingo 10 de Julio de 2016 – 15 durante el año (ciclo “C”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema  (Lucas 10,27-37)

Un doctor de la ley se acercó un día a pregunta a Jesús, con la intención de ponerlo a prueba: ”Maestro ¿ qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le preguntó ¿ qué está escrito en la Ley?¿qué lees en ella? El le respondió : “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, tus fuerzas y con todo tu espíritu y a tu prójimo como a ti mismo” Has respondido exactamente, le dijo Jesús. Obra así y alcanzarás la vida”

Pero el doctor de la ley para justificar su intervención, le hizo esta pregunta. ¿Y quién es mi prójimo? Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: Un hombre viajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de una banda de asaltantes que los despojaron de todo, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba o el mismo camino un sacerdote que lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita, lo vio y siguió de largo Pero un samaritano que pasaba por allí al llegar al herido lo vio y se conmovió. Se acercó, vendó sus heridas cubriéndolas con aceite y vino, después lo puso sobre su montura los llevó a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas de plata y se la dio al dueño del albergue diciéndoles: Cuídalo y lo que gastes de más te lo pagaré al volver. ¿Cuál de los tres te parece que se comportó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?.  El que tuvo compasión de él  Y Jesús le dijo. “Ve y procede  tú de la misma manera”

 

Síntesis de la homilía

No era fácil determinar cuál era el mandamiento más importante de la ley mosaica abarcando no sólo el decálogo de moisés sino también las disposiciones del Deuteronomio.. No era raro que esto sucediera. También nosotros los cristianos hemos complicado el  mensaje de Jesús, añadiéndole  una cantidad de disposiciones y preceptos, empezando con los del decálogo de Moisés, que a veces en lugar de ayudar, complican la relación honesta de la conciencia con la voluntad de  Dios.. En realidad, durante mucho tiempo si uno preguntaba a un católico cuál era el mandamiento más importante y por tanto el peor de los pecados no era raro encontrarse con una respuesta aludiendo a lo sexual Y esto se relacionaba directamente con el sentido de la confesión que mucha gente comenzaba diciendo “Y Padre a esta altura de mi vida qué pecados puedo tener….! sin tener en cuenta que en cualquier edad de la vida los peores pecados, el egoísmo.la deslealtad, el rechazo del hermano, la descalificación por el juicio condenatorio propagado sin medida…. Hacen un gran mal aunque haya una observancia perfecta del 6to y 9no. del decálogo Mosaico. Jesús pone las cosas en su lugar frente a la capciosa pregunta del Dr. De la Ley y frente a nosotros.. Y aún respetando la letra de la Ley que habla del mandamiento de un amor sin medida al único Dios, presenta la novedad del amor al prójimo como a sí mismo, que figura en el Deuteronomio y él absolutizará después como el único mandamiento, el mandamiento nuevo.. “Amense entre ustedes como yo los amé.        El recurso del perito en la ley para justificar su pregunta anterior es aprovechado por Jesùs para expresar claramente su pensamiento. Un sacerdote y un levita (servidores del templo en que los judíos concentraban todo el cumplimiento del primer mandamiento) dan más importancia a esa función que al samaritano herido y lo dejan abandonado. El samaritano, sin preocupaciones religiosas cultuales, extrema su atención para con el hombre víctima de salteadores y muestra el verdadero y a la vez sencillo porque al alcance de todos, para agradar a Dios y cumplir su voluntad. No es necesario que digamos que también para nosotros en nuestra catequesis tradicional siempre significó un pecado no ir a Misa porque se tuvo que atender a un enfermo o necesitado. La conclusión de Jesús es simple y concreta. Para aquel hombre y para nosotros que hoy tenemos tanta gente abandonada en los camimos de la pobreza y el sufrimiento  “Vete y haz tú lo mismo”

Llamamiento internacional de curas casados al pueblo de Dios. Por MICC

Tras casi cuarenta años de recorrido compartido (7 congresos internacionales, 7 latinoamericanos y otros muchos nacionales), el Movimiento internacional de curas casados  en su actual configuración como Federación Latinoamericana y Federación Europea, tras haberse reunido en un congreso en Guadarrama (Madrid, España), bajo el lema “Curas en unas comunidades adultas”, hemos decidido hacer público este comunicado.

A todo el Pueblo de Dios

Acabamos de celebrar el 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II; y las esperanzas y compromisos sembrados por aquel acontecimiento histórico nos han animado a ofrecer una vez más nuestra experiencia y nuestra reflexión como movimiento eclesial y como  integrantes de la comunidad universal de creyentes en Jesús de Nazaret.

En nuestro origen está la reivindicación de un celibato opcional para los curas de la Iglesia católica de Occidente: libertad que debería ser reconocida y respetada no sólo por ser un derecho humano, sino también porque la opcionalidad (y no la imposición) es más fiel al mensaje liberador de Jesús y a la práctica milenaria de las iglesias, así como por estar íntimamente relacionado con el derecho de las comunidades a tener servidores dedicados a su atención, hoy insuficientemente satisfecho.

Pero nuestro recorrido como colectivo ha ido ampliando esa perspectiva inicial –centrada en torno al celibato– para aspirar y avanzar  hacia un modelo de cura no clerical y un tipo de iglesia no asentada férreamente sobre un cura exclusivamente varón, célibe y clérigo.

Durante esos largos años, quienes hoy hacemos este comunicado, hemos estado integrados y comprometidos, con sencillez  y fidelidad, en muchos grupos comunitarios, buscando sentido cristiano a nuestras vidas y ayudando a quienes nos hemos encontrado, a descubrir su dignidad como seres humanos y como hijos de nuestro Padre-Madre Dios

Desde esos compromisos, nos atrevemos a decir:

  • 1º.-  Estamos convencidos -y en ello coincidimos con otras comunidades y movimientos de iglesia, parroquiales y no parroquiales- de que el modelo de cristianismo mayoritariamente imperante está desfasado; y lejos de ayudar a la implantación del Reinado de Dios y su justicia, es con frecuencia un obstáculo para la vivencia de los valores evangélicos. Un nuevo tipo de iglesia y de comunidades  es urgente para poder aportar algo válido frente a los retos que el ser humano tiene planteados hoy.
  • 2º.- El eje de este nuevo modelo de iglesia debe ser la comunidad, la vida comunitaria de los creyentes en Jesús. Sin esos grupos vivos que comparten su vida y su fe, que intentan descubrir el Reinado de Dios y vivirlo, no hay iglesia. Y no podemos ignorar que las estructuras parroquiales en  un gran porcentaje  son dispensarios de  servicios religiosos y cultuales más que comunidades vivas.
  • 3º.-  Para la renovación de la Iglesia y de las comunidades de creyentes hacia un modelo activamente comunitario de asamblea del Pueblo de Dios, es preciso un cambio estructural; no son suficientes los meros esfuerzos personales.  Hay una inercia de siglos (Estado Vaticano, curias, leyes, tradiciones…) que actúa como un peso muerto y dificulta cualquier reforma progresiva.
  • 4º.-  Nuestro recorrido nos ha hecho experimentar y comprender que el motor  de esa transformación se encuentra en el interior de las mismas comunidades: solamente unas comunidades adultas, maduras, pueden llevar a cabo esa transformación estructural necesaria y urgente. La estructura actual -preferentemente centrada en la parroquia y el culto- no tiende sino a perpetuar el  inmovilismo y a adoptar cambios de forma sin ir al fondo.
  • 5º.-  También hemos comprendido y experimentado que los curas –sean célibes o no: no es esa la cuestión principal- no pueden seguir concentrando todo en sus personas y pretender asumir todas las tareas y responsabilidades. Su misma identidad y la calidad de su servicio imponen una evolución hacia una mayor participación y hacia un pluralismo de modelos en función y en dependencia de las comunidades concretas.
  • 6º.-  Esas comunidades adultas existen ya;  en ocasiones son ignoradas o perseguidas; pero es necesario incentivarlas. Son pequeños grupos de dimensiones reducidas, donde sus componentes se conocen, comparten, viven la igualdad, la corresponsabilidad, la fraternidad y sororidad. Tenemos que seguir luchando por ese estilo de comunidades, perfectamente aceptables dentro de la pluralidad de modelos eclesiales.
  • 7º.- Esa adultez y mayoría de edad les permite adaptarse a las exigencias culturales de nuestro mundo cambiante, vivir y formular la fe de forma y en lenguaje comprensibles  y organizarse desde dentro según sus necesidades. Esas comunidades son libres y ejercen la libertad de los hijos e hijas de Dios; no viven ancladas en el pasado. Su referencia  no es la obediencia, sino la creatividad desde la fe. Y desde ahí, pueden ser entendidas en nuestras sociedades.
  • 8º.- Desde esta óptica, resulta cada vez más contradictoria e injusta la situación de las mujeres: mayoritariamente presentes en la vida eclesial, pero apartadas tradicionalmente de las tareas de estudio, responsabilidad y  gobierno. No existe ningún fundamento para mantener esta discriminación, que además supone la pérdida de un potencial humano irremplazable. Se puede razonablemente esperar al mismo tiempo que su presencia cambiará las estructuras de animación y de gobierno a mejores, más justas y más equilibradas.
  • 9º.- Y, finalmente, es preciso reconocer a estas comunidades el derecho a elegir y encomendar las tareas, servicios y ministerios a las personas que consideren más preparadas y adecuadas para cada tarea, sin distinción de sexo ni de estado. Que puedan de esta forma  llegar a  ser comunidades abiertas, inclusivas, desde la pluralidad y el respeto mutuo.

Hemos encontrado y participamos en comunidades de este tipo. No son una quimera sino una realidad a pesar de sus deficiencias y dificultades. Y estamos decididos a seguir luchando para que cada día sean más numerosas y auténticas.

Este camino no es sencillo.  Somos conscientes de que los compromisos que asumimos, pueden crear problemas: en ocasiones bordeamos la ilegalidad, aunque no por capricho o arbitrariedad; y  sabemos que, con frecuencia, la vida va muy por delante de la normativa legal y que el Espíritu no está sometido a leyes.

Los retos actuales nos exigen abrir caminos de diálogo y encuentro; y en esos campos tan necesitados de cambio, ser creativos, asumir el protagonismo de las comunidades y hacer así realidad aquellas intuiciones y declaraciones del Vaticano II (vida fraterna, solidaria, ecuménica, comprometida por la paz y la justicia con todos los hombres y mujeres de buena voluntad…)  que tanta ilusión despertaron, que fueron arrinconadas como peligrosas y que hoy, con la llegada del papa Francisco, han cobrado actualidad y recuperado su carta de ciudadanía en nuestra Iglesia.

Invitamos a todos los creyentes en Jesús a ser valientes y adentrarse en estas sendas de creatividad, adultez y libertad, para hacer cada día más real el Evangelio de la misericordia y de la responsabilidad ante los seres humanos y ante nuestra Madre Tierra.

6 de enero de 2016.

 

Fuente: Atrio.org

Raíces de Esperanza. En el día de la madre y de las madres. Por Guillermo “Quito” Mariani

 

 

No hace falta decirle cosas bellas

si la tenemos cerca,

porque es flor que perfuma

sin pretensión ninguna,

sin riego ni cuidados

con el clima espontáneo del regalo.

 

Por eso, ni advertimos su presencia,

en tiempos de niñez o adolescencia.

 

Solamente después, cuando la vida,

busca hacer cicatrices las heridas

añoramos su fuerza protectora

y admiramos  su entrega generosa.

Cuando al sentirnos lejos,

por geografía o tiempo

su figura se agranda en el recuerdo.

y el acierto corona sus consejos.

 

Y entonces, cuando el niño, adentro se despierta

descubre en nuestras almas al poeta

y anhelamos decir agradecidos,

lo que antes no dijimos:

 

Que el íntegro caudal de las ternuras

que tornan la existencia menos dura

brotó del corazón que en sus latidos

acompasó los nuestros con su ritmo.

Que en su limpia alegría

se iniciaron también nuestras sonrisas.

Que ella forjó las rejas del primer egoísmo defensivo

 

con su amor, de perdones mil veces repetidos.

Que su cariño henchido de firmeza

impulsó nuestros pasos y nuestra fortaleza.

 

Y el himno continúa,

si el corazón explora sus honduras.

Y cada vez hay nuevas resonancias

desde un arpa con cuerdas de alabanza.

 

Como en los meses de la “dulce espera”

crecíamos envueltos y amparados por ella    También hoy, que gestamos una sociedad nueva

ha de ser su presencia

la que engendra y alienta.

 

La angustia de las madres, es angustia de todos.

y el crecer, si es genuino, es luz para sus rostros.

 

No tendremos mañana de ternuras

si hoy cubrimos las fuentes  con barro de amarguras.

No habrá en nuestros jardines nuevas flores

si las regamos sólo con rencores.

No sonarán gozosos los himnos de la vida

siendo el odio y la muerte consignas repetidas.

 

Que simbolice un niño en este día

con flor de ingenuidad agradecida

con besos y caricias su homenaje para una joven madre.

 

Y nosotros, mayores

pongamos también flores

en las manos gastadas por el tiempo

o en las lápidas tibias de recuerdos-

 

Pero, a la vez,, dejemos la promesa..

con madura firmeza

de añadir nuestro grito a sus clamores

sin admitir que su dolor se ignore.

 

Ellas son las raíces de esperanza

de un mañana sin odios ni venganzas

Sus vidas, todas juntas, son luceros

que anuncian y preparan soles nuevos.

Gramática del divorcio: no desatable no significa irrompible. Por Juan Masiá Clavel, SJ

Los sinodales se reunen este mes en Roma para hablar de la familia.Convendría repasar la gramática de los participios o adjetivos verbales, para evitar malentendidos sobre indisolubilidad e indisoluble, entre “no se ha de romper”, “irrompible” y “roto”.

La indisolubilidad del matrimonio (non dissolvendum, que no debería romperse) no significa que sea “irrompible”. No es incompatible la defensa de la indisolubilidad con el reconocimiento de las rupturas y la acogida eclesial misericordiosa de las personas divorciadas y casadas de nuevo.
(Ver: Sínodo, matrimonio y familia en la página web: www.juanmasia.com

Decía el otro día un obispo, opuesto a la reforma, que “ni siquiera el Papa puede anular un matrimonio indisoluble”. Con respeto, permítase corregir el uso del lenguaje sobre “indisolubilidad” o “anulación”. No se trata de cuestionar la indisolubilidad como meta ideal, vocación, promesa y deber de cumplirla (que es lo que dijo una mayoría de sinodales en 2014). Tampoco se trata de anular o no anular, sino de reconocer como roto lo que se ha roto y, si la ruptura es irreparable y no se puede recomponer, hacer todo el bien que se pueda para recomponer la vida de cada una de las personas, sanar las heridas que hayan quedado abiertas o, en su caso, absolver a quien lamenta la ruptura de lo que “no se debía disolver”, pero se rompió irreparablemente.

Lo explicarían en clase de ética elemental para el parvulario con el cuentecillo-parábola del reloj como regalo de bodas, que dice así:

“Los padres de la novia regalaron a los cónyuges sendos relojes: de marca suiza, valiosísimos, un reloj para toda la vida, a prueba hasta de inundaciones y terremotos, y con el nombre de los esposos y fecha del enlace. Mas, hete aquí, que salen de viaje de bodas conduciendo su propio coche, tienen un accidente del que salen ilesos, pero los dos relojes se paran irreversiblemente. No se han hecho añicos, pero… los llevan al relojero y se confirma que no tienen arreglo. Eran para toda la vida, estaban garantizados, preparados y prometidos para serlo, pero… no eran absolutamente irrompibles.

¿Qué pensaríamos si esa pareja se negara a llevar otro reloj y se sintiesen obligados a convivir toda su vida con aquellos relojes que ya no marcan la hora y no tienen arreglo?”

Hasta aquí la parabolilla. Por favor, no lo tomen a mal, como si comparásemos personas con objetos y a los esposos con los relojes, ni mucho menos; el punto de comparación es solamente la diferencia entre “lo que no se debe romper” y lo que “se puede romper”, entre lo “llamado a no romperse” y “lo no irrompible”.

(En latín sería más claro distinguir con el uso del gerundio -ndum y el adjetivo verbal en –bilis. Por ejemplo, mi enemigo, al que se supone debo amar evangélicamente, es amandus,es decir, ha de ser amado, pero lamentablemente no es amabilis,no es amable y no es posible quererlo y me cuesta amarlo, lo más que llego es a rezar por él (como recomienda Mt 5,44 y Lc 6, 28).

Otro ejemplo, non corrumpendum es lo que no se debe o no se ha de corromper, y corruptibilis, lo que “se puede corromper”. Reconocer que los alimentos congelados del supermercado se han corrompido al tenerlos un tiempo fuera del congelador y, por tanto, hay que sustituirlos, es compatible con seguir manteniendo que no se los debe dejar que se corrompan y que debemos tener más cuidado la próxima vez.

Seguir defendiendo la indisolubilidad es compatible con la acogida eclesial de las personas que sufrieron la ruptura y están recomponiendo su vida.
En vez de decir que el matrimonio es indisoluble, deberíamos decir que es non solvendum, que no se ha de disolver (“No separen los humanos la unión de los cónyuges que Dios desea”, dice Jesús, Mt 19, 6, es decir, la unión que van a construir los cónyuges a lo largo de la vida; convierten así su unión en inseparable cuando, al envejecer juntos, se logra por fin la indisolubilidad, que no es una propiedad del matrimonio grabada como divisa el día de la boda, sino una meta a lograr mediante el cumplimiento de la promesa).

Pero decir del matrimonio que es non solvendum, que no se debe o no se ha de disolver, no quiere decir que sea irrompible, como ni siquiera lo es un reloj “water-proof” o “bomb-proof” (a prueba de inundaciones o a prueba de bombas).

Por tanto, la afirmación y defensa de la indisolubilidad como “meta, don y tarea” (de que hablaban los padres sinodales el año pasado) es compatible con el reconocimiento de que, “lamentablemente, no es irrompible” (como decían en el 2000 los obispos japoneses y venía proponiendo desde el Sínodo de 1980 el arzobispo de Tokyo, monseñor Shirayanagi Seiichi, entre otros).

Es compatible seguir proponiendo y animando a construir la indisolubilidad a lo largo de la vida de los esposos y, al mismo tiempo, reconocer la realidad de las rupturas, sanar (o, en su caso, perdonar) las heridas que necesiten sanación (o las culpas, en el caso de que las haya, que necesiten perdón), acompañar pastoralmente a las personas en el camino de recomponer su vida y acogerlas sacramentalmente con el estilo de misericordia de Jesús.

Como decía ayer el arzobispo Osoro para deshacer los malentendidos sobre la propuesta pastoral del Papa Francisco, “hay que ver todo lo que él dijo sobre la familia siendo arzobispo de Buenos Aires. Si los que dicen cosas distintas lo leyeran, firmarían claramente lo que plantea Francisco”.

Y como expresaba ya hace tiempo el cardenal Kasper en  El Evangelio de la familia (Sal Terrae, 2014, p.66): “Si excluimos de los sacramentos a los cristianos divorciados y vueltos a casar que están dispuetsos a acercarse a ellos, ¿no ponemos en entredicho la fundamental estructura sacramental de la Iglesia? ¿Para qué sirven entonces la Iglesia y los sacramentos?”

Homilías Dominicales – Domingo 12 de Julio de 2015  – 15 durante el año litúrgico (ciclo”B”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Mc.6,7-13)

Jesús llamó un día, a los Doce y los envió de dos en dos, comunicándoles el poder de expulsar a los espíritus impuros.  Les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón, que no llevaran pan, ni alforja, ni dinero. Que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas. Les dijo también : quédense en la casa donde les den alojamiento, hasta el momento de partir. Si en un lugar no los reciben y la gente no los escucha, sacudan hasta el polvo de sus pìes en testimonio contra ellos. Ellos se fueron a predicar, exhortando a la conversión y curando a numerosos enfermos con la unción del óleo.

 

Síntesis de la homilía

Después de haber presentado  el grupo de discípulos a sus parientes de Nazaret, como un anticipo de lo que podría sucederles a ellos si continuaban acompañándolo, Jesús los envía de dos en dos considerándolos capaces de expulsar  espíritus inmundos.

La idea de que todo mal individual o social provenía de la acción de espíritus malignos se expresa en estas palabras de Jesús enviando a los discípulos a cumplir con la misión y vocación que él entiende haber recibido del Padre. Les infunde confianza para esa lucha y los previene para que sepan que los van a rechazar, dándoles instrucciones de sentido común para no resultar onerosos a los que les brinden hospedaje así como no excederse en la molestia cuando se nieguen a recibirlos y simplemente marchen a otro destino dejando como única venganza hasta elm polvo que recogieron son sus sandalias.

A esa actitud de humilde confianza en el mensaje que se lleva, convencidos de que se trata de la voluntad de

Dios para orientar la marcha del ser humano hacia su felicidad y realización, obedece la prohibición de llevar cualquiera de los elementos significativos del poder que es sentido de superioridad y menosprecio de los demás. Sólo un bastón como símbolo de su debilidad.

Con respecto a la misión de Jesús, Marcos expresa el resultado de lo que llamaríamos la “misión de nazaret”. Indudablemente fue un fracaso. No expresa,  sin embargo, el evangelista, el resultado de esta misión de los Doce que , al parecer fue también un fracaso en cuanto al logro de conversiones, por más que a la vuelta la enumeración de lo hecho incluye la victoria sobre los espìritus inmundos.

El detalle “de dos  en dos” no parece corresponder a que los Doce fueron divididos en seis grupos. Considerando que era muy raro para los judíos que se desplazaran por los caminos dos varones solos

lo más normal es pensar que cada uno de los apóstoles o los discípulos fuera acompañado de su pareja, como resulta más claro en el relato de Lucas en que los enviados con las mismas características e instrucciones son setenta y dos discípulos

Estos envíos de Jesús adiestrando a los discípulos para lo que él les encomendaría en los últimos días de su vida y los apóstoles revivirían después de su muerte en los  “mensajes del resucitado”, tienen su resonancia a través del tiempo en  los numerosos “misioneros” que desde distintas iglesia o congregaciones cristianas

han afrontado la responsabilidad de trasmitir la buena noticia del evangelio de Jesús que es reclamo y camino de liberación, despertando actividades de victoria sobre los espíritus inmundos de la opresión, la injusticia, la mentira, o la falta de respeto a la dignidad de cada ser humano.

Una tarea que, respondiendo a la  acertada previsión de Jesús engendró mártires, muchas veces cruentos y y por que  fueron asesinados por los “espíritus inmundos” y, en otras oportunidades, porque incluso la Iglesia los desplazó considerando su causa demasiado complicada con lo temporal en comparación con el mensaje de Jesús errónamente considerado netamente espiritual.

Las nuevas teologías calificadas como de la “liberación” constituyen todavía un reclamo de una acción definida y clara de la Iglesia y las iglesias en favor del cumplimiento de la misión liberadora de la vida de Jesús encomendada a sus enviados para dar cumplimiento a lo que él mis recibió como vocación del Padre.

 

¿Qué es y qué hay detrás de una CANONIZACION? Por Guillermo “Quito” Mariani

 ¿Qué es? Para muchos resulta algo misterioso, que produce una especie de estremecimiento mundial con ceremonias multitudinarias, para proclamar que alguien es un SANTO. Esto, en realidad, supone todo un proceso de investigación en la historia de vida y costumbres de la persona de que se trata, hasta considerarla primero como “siervo o sierva de Dios”. Desde allí se continúa investigando y recibiendo juicios hasta que el SUMO PONTIFICE (la Iglesia sigue siendo monarquía) decreta la BEATIFICACION, que es lo primero se celebra solemnemente. Para entonces, la investigación tiene que haber constatado  dos “milagros” o sea intervenciones expresas de Dios para probar la santidad del investigado. Estos hechos resultan seleccionados entre los numerosos testimonios que llegan al Vaticano, intercediendo por la canonización. Se deja pasar un tiempo (corto a veces y normalmente largo) para que producidos y examinados otros tres hechos milagrosos se decida finalmente la CANONIZACION Con lo cual queda asegurado para los católicos del mundo que la persona de que se trata ha logrado situarse en la presencia de Dios para siempre. “Está en el cielo” se dice vulgarmente.

Esto ciertamente huele a “cuento” y fantasía. Para algunos “misterio”. Vamos a tratar de dilucidar el “misterio” o explicar el “cuento”, recorriendo previamente la ruta seguida en la historia de la Iglesia, por las “canonizaciones”  (inclusión en la lista de los muertos que están en presencia de Dios, y son santos, por su excelencia de vida, y son también por eso, modelos  para los fieles)

El grupo social que es la Iglesia, puede afirmarse, se expresa en su santoral. Allí se entreveran: las características de una época; los diversos intereses de la institución y sus personajes; las influencias y ambiciones de dominio y poder; las ventajas económicas; la superación de las manchas inocultables con destellos de luz emanados de la misma fuente institucional; la variante influencia de la autoridad monárquica que determina y opta con actitud infalible…etc. Y, en este amasijo polimorfo, entran con su historia, las CANONIZACIONES.

En los primeros tiempos, la decisión de venerar a un difunto tributándole un culto público se tomaba por decisión popular, por consentimiento natural y multitudinario sobre sus virtudes. El origen de este criterio puede ponerse en el reconocimiento de la hazaña de los mártires. Cuando los cristianos a partir del siglo cuarto, dejan de ser perseguidos y se convierten en perseguidores, la santidad se traslada a otros personajes (monjes, ascetas, benefactores, gente piadosa…)

Recién en el siglo X un Papa canoniza a un santo. Juan XV al obispo Ulrico. Bastante más tarde, en el siglo XVII se dicta una normativa oficial para el proceso. La historia muestra con mucha claridad cómo el poder religioso se fue transformando en poder político. Y esa característica comenzó a mostrarse en las canonizaciones que iban reflejando los intereses de la institución en esos momentos. La canonización de un emperador se encamina a proponer como modelo a un gobernante político sumiso a la Santa Sede. Así  como la de Tomás Becket en 1973 , significó que la Iglesia elevaba a los altares a un obispo rebelado contra Enrique II.

Juan Pablo II canonizó una cantidad de santos superior a la de todos sus predecesores juntos. Su ideal:  mantener todas las características de la religión tradicional, anterior al Vaticano II. La rápida (contra toda regla) canonización de Jose María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus, tiene en ese objetivo del Papa, parte de su explicación.

Hay otro aspecto, marginado con frecuencia, que es el económico. Ya con respecto a la importancia adquirida por el Opus en el pontificado de Juan Pablo II, tomó estado público la gran influencia ejercida por esta  Opus en la solución del escándalo del banco Ambrosiano, con el aporte de dinero influencia para sacar a Vaticano de esa circunstancia de quiebra desprestigiante y delictiva. Pero las canonizaciones mueven mucho dinero. Es muy difícil saber cuánto dinero “cuesta” un santo. Pero se trata de un  negocio parecido al de las indulgencias, a propósito de “la condenación en suspenso” del Purgatorio.

Pero, quizás lo más importante es que, además de alejarse del sentido evangélico de la santidad, se ha perdido el sentido original de este título concedido  a algunos de los fieles difuntos. La primera Iglesia lo usó para destacar la vida ejemplar de esos cristianos encajados en el mundo y comprometidos de diversos modos con su liberación. La importancia de las celebraciones litúrgicas de las canonizaciones ha ensombrecido ese primer objetivo justo y evangélico, para convertirlo simplemente en intercesor ante Dios (absolutamente innecesario porque el Padre nos ama sin necesidad de “cuñas”), aumentando así el sentido de sumisión, promesas y cumplimiento de las mismas con importantes dispendios económicos.

Las “beatificaciones” de Francisco, han escapado relativamente a las principales objeciones formuladas en mi reflexión. Brochero, inmerso en la realidad de su pueblo hasta el heroísmo.  Romero cuya historia hace vislumbrar una admisión de la santidad política (comprometida con la justicia y la fraternidad) El martirio es aquí el gran argumento y entonces se desdibujan las exigencias de hechos milagrosos requeridos reglamentariamente. No falta quien , sin embargo, afirma que el motivo fundamental es haber sido asesinado mientras celebraba la eucaristía. En otros casos, como Angelelli, Rutilio Grande, los mártires de Chamical y los de la universidad salvadoreña, como también Mujica, no pasarán la prueba porque no fueron muertos en expresa manifestación de fe católica.

Digamos, por otra parte,  que es mejor que así sea, porque vuelve a tratarse, a Dios gracias, de Canonizaciones populares,  que ganan en autenticidad.

 

¿Es de los padres la culpa? Por Guillermo “Quito” Mariani

Creo que entre las relaciones humanas, la más completa es la de hijos. Es difícil calificar ordenadamente los puntos salientes de cada una de esas relaciones,  encaminadas todas a lograr felicidad y realización personal y social. Muchas veces se me ocurre pensar que la mejor, la más completa es la de ser, saberse y sentirse hijo. Se puede hablar de satisfacciones más intensas momentánea o transitoriamente, como las de ser padres, ser amigos, ser esposos, ser novios. Pero todas ellas, además de la satisfacción y seguridad que engendran necesitan ser cuidadas, alimentadas, recuperadas, recicladas constantemente. “recauchutadas” diríamos,  con un término más ordinario y callejero. La de los hijos tiene, en eso, un lugar excepcional. Porque el hijo siempre es hijo. No sólo biológicamente, sino espiritualmente, sentimentalmente, demandante desde lo más íntimo.

Por eso quizás Jesús de Nazaret no encontró mejor recurso para afirmar nuestra dignidad humana al mismo tiempo que nuestra responsabilidad, que el de situarnos en la posición de hijos, cambiando el nombre de Dios, en los tres primeros evangelios, por el de “Padre”,  para establecer el tipo de relación con nosotros del que es origen y creador de todo.

Y eso, a la vez que produce, seguridad, compañía en toda circunstancia, fuente de comprensión y protección en las múltiples y variantes circunstancias de la vida, habla de la grandeza de la función paterno maternal, sin la que toda esa realización y fuente de felicidad que supone ser hijos, carecería de fundamento.

Celebrar un “día del padre” no es sacar del depósito una cosa olvidada y lejana. Es, para los hijos, darle fuerza a la gratitud que ennoblece y agranda a quien la brinda, y también prepararse para cumplir esa función con acierto y felicidad en el futuro.

La tarea de los padres ha pasado por distintas etapas, siguiendo la evolución de los tiempos. En culturas patriarcales significó poder (dominio) Al revelarse el sentido de la ternura como generadora de energías para mantener y defender la vida, la presencia femenina de la madre, cobró importancia. Las influencias de la interacción familiar pasaron entonces por muchas variantes. Una novedad de la psicología profunda fue descubrir que esas influencias tenían una crecida importancia en la formación  de la personalidad de los hijos y su realización  en el futuro.

Se pasó a establecer una especie de consigna especial en la relación familiar, para la educación: la formación en el aprecio y la práctica de los valores relacionales. Se descubrieron, más adelante, características a veces irreversibles,  heredadas de situaciones vividas en la infancia y el clima familiar. Se hizo una especie de costumbre generalizada y sin demasiado preocupación por fundamentarla con argumentos y experiencias, de que casi siempre que los hijos fallaban, había que investigar los errores de los padres. Y esto alteró de una manera significativa, en un contexto bastante amplio, el aprecio de los hijos con respecto a los padres, con la exigencia de una perfección absoluta (que no posee ningún humano) en el cumplimiento de su misión.

Las exigencias de la especialización laboral, condición indispensable para el progreso tecnológico y el bienestar social, llevó a naturalizar las distancias geográficas que separaron a los miembros de las familias,  disminuyendo a veces de manera significativa los vínculos afectivos,  influyentes en la conducta y el sentido de seguridad.

La responsabilidad atribuida a los padres por quienes se quejan de la falta de educación (diferente de “información”) de los jóvenes, resulta así, una injusticia porque es una falsedad. El sistema y los medios de comunicación tecnológicamente centrados en aparatos estrictamente individuales y sofisticados, han robado  los hijos, a la familia, con una cantidad de recursos que contribuyen a alejarlos cada día más.

A muchos padres no les cabe ya otra solución que la de resignarse a que los jóvenes sigan sus caminos con todas las deficiencias que ellos descubren. Y se va produciendo una actitud contagiosa: no se puede cambiar lo que ellos adoptan influenciados por el consumismo individualista. No nos queda otra cosa que  tratar de vivir con los esquemas tradicionales de responsabilidad y trabajo, para estar listos cuando ellos, los hijos, los necesiten.  Creo que realmente ¡los necesitarán en algún momento! Y no dudarán en acudir a ese puerto siempre abierto para recalar e impulsar la continuidad de la marcha.

Normalmente es fácil encontrar padres “demasiado” padres. Ojalá se multiplicaran los hijos “demasiado” hijos.