Carta a un seminarista. Por Andrés Muñoz

Querido seminarista: No tengo el gusto de conocerte, porque hace tiempo que no voy por el seminario, debido a problemas alérgicos. Pero deseaba ponerme en contacto contigo, ahora que llega el Día del Seminario, para ofrecerte el Servicio de Atención de la Comunidad, (S.A.C.), que se ocupa del cuidado, participación e igualdad entre todos sus miembros, y del que no creo que te hayan hablado tus formadores.

El S.A.C. ha lanzado el Plan Integral de Refundación de la Iglesia Católica (P.I.R.I.C.), en el que se incluye una Campaña de Prevención de Riesgos Laborales, dirigida expresamente a seminaristas que, como a ti, los están modelando en la actual estructura eclesial para ser futuros profesionales de la religión.

A través de estudios, investigación, encuestas y diagnóstico popular se han detectado riesgos, accidentes y/o enfermedades en el clericalato que perjudican a varones célibes y, por extensión a toda la sociedad, por lo que urge su prevención.

Los riesgos profesionales clericales más agresivos son, como se sabe, la pederastia, la pedofilia, el abuso de menores y la discriminación de la mujer, víctima del celibato impuesto, de cuya gravedad y prevención no hace falta insistir.

Pero hay otra serie de peligros igualmente dañinos como la “Robotitis”, virus que se inocula por la demasiada exposición y contacto con materiales de chatarra y desecho provenientes de la teología escolástica, el derecho canónico, el magisterio eclesiástico, la moral sexual vaticana o la espiritualidad pietista, que pueden degenerar en ceguera o dependencia.

También está “El síndrome de poder”, popularmente conocido como “Cojonitis Aguda”, que es la inflación de los ganglios machistas por ponerlos encima de la mesa reiteradamente, que producen exclusión, ordeno y mando y la parroquia es mía.

El “Mobbing Celibatario” es la opresión que sufren muchos curas, localizada en la zona cardiaca y lumbar baja, utilizándose como falsos paliativos el ocultamiento o el apaño sentimental.

Otro riesgo es el “Mal de Sacristía” que se objetiva en una claustrofobia a lo social, reivindicativo, político y laical, para refugiarse en lo ritual y sagrado. Este problema se somatiza en el ombligo.

“Feminalergia” es otra dolencia eclesial y clerical de tipo crónico que se produce por el endoparásito institucional que contagia a los más cercanos y cuyos efectos colaterales lo sufren el 50% de los creyentes, es decir, las mujeres.

El “Traumatismo Múltiple” son las lesiones en los órganos y tejidos vitales de profesionales como teólogos, investigadores, exegetas, profesores, curas casados, homosexuales…, provocadas por prácticas jerárquicas abusivas.

Sin querer ser exhaustivo, te menciono, por último, otros cuantos riesgos de forma abreviada, a los que tendrás que estar atento para no ser víctima de ellos, como pueden ser una parálisis doctrinal, miopía comunitaria, estados climatéricos, asfixia ortodoxa, modorra litúrgica, numismática febril, manía persecutoria, morbosidad privilegiativa y otras manifestaciones curiales que pueden derivar en sarpullidos, eccemas y pruritos sociales.

Para evitar todos estos riesgos, problemas, conflictos, accidentes y/o enfermedades del clero te remito al Plan Integral de Refundación de la Iglesia Católica (P.I.R.I.C.), anteriormente mencionado, que consiste básicamente en un cambio radical del modelo productivo eclesial: cambio estructural, teológico y litúrgico, que da como resultado que otra Iglesia es posible y necesaria.

Para ser eficaz este plan se apoya en estos presupuestos: la comunidad antes que la institución, todos creyentes y no curas y laicos, la vida antes que el culto, Dios antes que ortodoxia, el espíritu por encima de la ley, igualdad varón-mujer, el amor en lugar de derecho canónico, ministerios y no privilegios, el reino de Dios y su justicia y después, mucho después la Iglesia.

De este planteamiento se deduce que no se trata de una reforma, ni una renovación, ni una restauración sino de una refundación o vuelta a la Iglesia de los primeros tiempos, en la que, entre otras cosas, no existía el status clerical o ministerio ordenado como casta y se daba el protagonismo a la comunidad, grande y pequeña, para repartir funciones y ministerios según la necesidad y los carismas.

No me puedo extender más en la descripción detallada de esta otra Iglesia, porque sería objeto, no de una carta, sino de un diálogo en profundidad, pero me gustaría que pensaras esta propuesta y la dieras a conocer a tus compañeros, porque se evitarían todos los riesgos, accidentes…propios de los clérigos y porque creo que esta visión eclesial tiene futuro.

Te puedes informar con más detalle en estos lugares de referencia: Teología de la Liberación, Comunidades de base, Redes Cristianas o movimientos como Somos Iglesia, Comunidades Populares, Moceop, Mujeres y Teología entre otras. Aquí encontrarás personas que te acogerán y te mostrarán sus experiencias comunitarias y en donde verás que no solo Otra Iglesia es posible sino que Otra Iglesia es ya realidad.

Espero verte por aquí. Nos conoceremos.

Fuente: Eclesalia

El disenso en la Iglesia Católica. Por Rafael Velasco, SJ

Una convicción bastante arraigada es que en la Iglesia Católica no se puede disentir, ya que toda enseñanza magisterial es necesariamente dogmática, es decir, “obliga a los fieles a una adhesión irrevocable de la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica, 88).

Sin embargo, los dogmas son más bien pocos. La misma doctrina de la Iglesia señala que hay afirmaciones que obligan de una manera diferente; no es lo mismo un dogma, que una encíclica, que una carta apostólica, que una declaración de los obispos.

Pero hay otras varias aseveraciones magisteriales que pueden –y muchas veces deben– ser objeto de reflexión e incluso de discusión respetuosa y fiel. Ya que –citando al Catecismo de la Iglesia Católica– “todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye y los conduce a la verdad completa.” Si todos los fieles tienen –tenemos– esa unción, significa que Dios habla a su pueblo y a través de su pueblo, y se manifiesta a las comunidades creyentes que en conciencia buscan profundizar en la enseñanza de Jesús. El mismo catecismo afirma que “la totalidad de los fieles… no puede equivocarse en la fe (CIC. 92)”.

Como se ve –aunque en la práctica muchas veces se contradiga– la misma doctrina de la Iglesia expresa que la interpretación revelada no es propiedad privativa de la jerarquía.

Por lo tanto –según esta misma doctrina– si una comunidad de fieles, a la luz de la Palabra de Dios cree en conciencia que algunas de las afirmaciones de los obispos o del magisterio deben ser revisadas y presentan dificultades serias para ser aceptadas, entonces están en su derecho de expresarlo.

Más aún cuando se tiene en cuenta que los cristianos somos discípulos de aquél que puso la religión al servicio de la persona y no al revés. Al afirmar que “el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado”, Jesús estaba diciendo que hasta el precepto más importante y sagrado no era más importante que la persona humana, en particular cuando esta sufre; y por lo tanto, el precepto religioso está al servicio del ser humano, de su propia vida y su propia comunión con Dios y sus hermanos. La preocupación de Jesús no era fundamentalmente doctrinal, sino eminentemente humana; para Él, la religión no podía ser un instrumento de opresión, sino de liberación. Su preocupación por los enfermos, los sufrientes, los alejados de “la religión oficial”, los pecadores públicos y los indeseables lo deja a las claras. Vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Para Jesús, la Buena Noticia (Evangelio) no consiste en defender una serie de principios doctrinales y morales (a los que aquí no se pretende negar relevancia, por cierto), sino en manifestar el amor de Dios hacia sus hijos e hijas. Para Jesús, el amor a Dios y el amor al prójimo están unidos y son el mandamiento más importante.

El disenso no es escándalo. Entonces, quien se escandalice por el disenso en la Iglesia, es porque pretende que la exclusividad de la verdad proviene del magisterio oficial y no hay participación alguna de los fieles; o considera en todo caso, que el rol de los fieles se limita a asentir obedientemente y poco más. Lo que equivale a pensar que los creyentes son una suerte de minusválidos en la fe, incapaces de una honesta y recta inteligencia de la fe y sus consecuencias prácticas.

Pretender que el disenso es malo y es una suerte de traición no hace bien, porque finalmente se anula la participación de los fieles, es decir, se los hace sentir cada vez menos “parte de” y sólo se los sitúa como meros “espectadores” que deben acatar y cumplir, o de lo contrario irse.

Muchas de las aseveraciones magisteriales que provocan serias dificultades para ser aceptadas y vividas en muchos fieles de buena voluntad (como por ejemplo lo referente al uso de métodos artificiales de control de la natalidad, la ordenación de hombres célibes exclusivamente, o la prohibición de la ordenación de mujeres, e incluso la exclusión de la comunión sacramental a los divorciados y vueltos a casar) no son dogmas de fe. Son proposiciones que merecen respeto y un intento serio de comprensión. Pero si en conciencia se encuentra dificultades para aceptarlas, el servicio más honrado que se puede prestar a la misma Iglesia es manifestarlo y proponer los argumentos para la discusión.

Por otra parte, afirmar –como lo hacen algunos– que en todo caso, si hay algún tipo de disenso, se debe plantear exclusivamente puertas adentro y no decirlo públicamente, es actuar ingenuamente, porque se sabe que en ese “puertas adentro” este tipo de discusiones suele terminar en un cajón, o con la afirmación de que “de eso no se habla.”

En tiempos de transparencia y pluralismo, no se puede pedir a otras instituciones de la sociedad transparencia, respeto del pluralismo y la democracia, y luego no aceptarlos hacia adentro de la misma institución eclesial. Hablar, expresar lo que en conciencia creyente se ve, es el mejor servicio que se puede prestar a una Iglesia abierta al Espíritu de Jesús.

Por eso, como cristiano-católico, me alegro de que haya quienes expresen públicamente sus posiciones con la intención de que la Iglesia sea una Comunidad en la que todos tienen la palabra y no solo algunos. Una Iglesia en la que disentir no sea pecado, y en la que expresar públicamente ese disenso no sea ocasión de temor a represalias. Una Iglesia más parecida a la comunidad que –creo– anhelaba Jesús.

Rafael Velasco es sacerdote jesuita actual Rector de la Universidad Católica de Córdoba

Fuente: La Voz del Interior

Reflexiones de camino al Pesebre. Por Rafael Velasco

Jesús nace inmigrante…

Los textos del Nacimiento que se leen en la semana de Navidad muestran una primera sorpresa: la Sagrada Familia aparece en el Nacimiento como una familia de inmigrantes. Inmigrantes dentro del mismo país (Jesús nace en Belén, tierra de Judá porque sus padres debieron trasladarse allí –desde el Norte del país- por el censo). Jesús nace sin tener vivienda propia, en un establo.

Además a los pocos días, según el Evangelio de San Mateo, deben emigrar hacia Egipto; donde viven como inmigrantes durante cuatro años, para después volver a Nazareth. Deben emigrar por que la violencia -que viene de arriba- los obliga. El rey Herodes manda a matar a los niños nacidos en Belén. Eso obliga a José y María a emigrar a Egipto. Con lo que a los pocos días, vemos al Niño Dios como migrante en un país vecino, sin casa y sin trabajo su familia.

Estas consideraciones bíblicas hoy –creo- iluminan de una forma particular esta fiesta y la propia realidad, en un momento en el que la violencia social es preocupante: ocupaciones de terrenos por gente desesperada, sin vivienda, muchos de ellos inmigrantes que han venido escapando de la pobreza de sus lugares de orígenes; represión, muertes, manifestaciones de marcado carácter xenófobo; organizaciones que lucran con la violencia y la ilegalidad; el estado ausente y permisivo; las políticas públicas vacías y los discursos excluyentes. Todo eso es parte del contexto en el que se aproxima esta Navidad.

Herodes entre nosotros

Comprobamos que también hoy proliferan los Herodes que sin compasión destierran, matan o mandan a matar, por conveniencias políticas, sin importarle los problemas reales de los más pobres. Herodes que manipulan a los pobres y los usan de carne de cañón. Herodes que siembran la violencia discursiva, que encienden la llama del rencor de unos contra otros. Y Jesús sigue sin hogar. Trajinando para encontrar un techo en el que poder vivir sin sobresaltos.

Hoy también vemos que se cierran puertas en la cara a los inmigrantes, más aún, se los agrede y descalifica con unas manifestaciones de rabia que han venido incubándose desde hace tiempo.

Miles de familias sobreviven sin poder acceder a una vivienda digna. Miles de familias que –como la de Nazareth- golpean las puertas de las reparticiones públicas, de quienes deben proveer soluciones, y las encuentran cerradas.

Como cristianos, seguidores de Jesús Inmigrante, ¿qué nos dice esta realidad a las puertas de la Navidad?

Como cristianos debemos preguntarnos, también nosotros, ¿qué tenemos que ver en todo esto? ¿Cómo podemos ayudar a abrir puertas, a tender puentes, a controlar a los Herodes?

(…) Como cristianos, en la cercanía de la Navidad, y ante la proximidad de esta realidad social tan seria, debemos seguir preguntándonos y ensayando respuestas que puedan ser útiles para ayudar a construir opciones de vida mejor para los más desfavorecidos.

Como seres humanos, ciudadanos, no podemos mirar para otro lado. Cada uno desde su lugar podrá preguntarse, en esta Navidad: ¿qué espacio le podemos hacer a Jesús que viene en el pobre, en el inmigrante, en el excluido?

Que al brindar esta Nochebuena, pidamos por los deseos y esperanzas de nuestras familias y agreguemos también los deseos, angustias y necesidades de aquellos que están sin techo. Que el corazón de nuestras familias se amplíe en deseos para todos, para una Argentina más justa y solidaria.

Que Dios los bendiga con una muy feliz Navidad y un buen comienzo de año.

Afectuosamente.

P. Lic. Rafael Velasco, sj  -Rector UCC

Dónde está tu hermano? Por Rafael Velasco, sj

Una pregunta recorre la larga noche de la Historia: “¿ Dónde está tu hermano?” Según el mito bíblico originario de Caín y Abel, esa es la pregunta que Dios dirige a Caín, el hermano homicida.

Esa pregunta revela cómo se concibe bíblicamente al ser humano: como un ser responsable por su hermano, como alguien que debe responder por el otro.

La misma pregunta resuena hoy y rebota en cada esquina de nuestro país: ¿dónde está Mariano ?Ferreyra?

La respuesta de Caín en la saga bíblica es: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” Esa respuesta revela la postura de algunos seres humanos que se desentienden de la suerte de su hermano. Son irresponsables. “Yo no tengo nada que ver. No soy el guardián de mi hermano”.

Tirarle el muerto. Esa parece ser la lamentable versión contemporánea de Caín de un sector de la dirigencia que “le tira el muerto a otro”, pero no es capaz de dar una respuesta, de hacerse responsable. Muchos de los que deberían ensayar una respuesta salieron a deslindar responsabilidades, a decir que los culpables son otros. Ni el Gobierno ni los gremios que protegen –y a veces alimentan– a los violentos, ni la Policía, ni la Justicia. No faltan quienes pretenden hacer política con esta tragedia. Algo realmente bajo.

Pero, como sociedad, no podemos eximirnos así nomás y mirar el drama desde afuera, como si no tuviéramos nosotros también una respuesta que dar. Porque este hecho de violencia tremendo no es un hecho aislado, algo así como un rayo en pleno día soleado.

Hace rato ya que venimos asistiendo a una violencia social creciente: aprietes, palos, discursos excluyentes y cada vez más agresiones contra los adversarios políticos… y no respondemos nada. No nos hacemos responsables.

Se escucha –eso sí– el grito por la inseguridad. Eso sí interesa, y es comprensible, pero interesa porque toca a lo nuestro: nuestras familias, nuestros bienes, nuestra propia seguridad personal.

Pero, ya se ha dicho, hay otra violencia perversa que se oculta tras buenas maneras y lugares lujosos, ante la que no respondemos tampoco. Es una violencia sorda, de guante blanco, que hace estragos. No utiliza revólveres, pero excluye; asesina de hambre y desnutrición, deja fuera de condiciones de vida digna a un número cada vez mayor de argentinos. Es la violencia de la exclusión.

Esa violencia se escuda en oficinas muy bien decoradas, en directorios ejecutivos muy pulcros, en algunas bancas con dietas, detrás de balances y rentabilidades excesivas. Por allí merodea Caín. Pero no decimos nada.

Esta violencia fratricida de Caín se ha cobrado una nueva víctima. Abel se llama Mariano Ferreyra. Pero la pregunta sigue resonando acuciante. Es hora de que comencemos a escuchar… y a responder.

Desde la sangre derramada junto a las vías del tren, en Barracas, se levanta –para todos– una pregunta, como un clamor, como una demanda con nombre y apellido: “¿Dónde está tu hermano Mariano Ferreyra?” .

Fuente: La Voz del Interior