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¡Ojo con los estudiantes! Por Guillermo “Quito” Mariani.

Ya es indudable que el problema de las tomas de los Colegios secundarios se ha escapado de las manos de las autoridades. La movilización actual es un eco del estudiantazo del 2005. El ambiente secundario comenzó a entrar en erupción con la destitución por parte del rectorado de la UBA de la directora del Colegio nacional Virginia González Gass. Era una primera chispa. Se encendieron desde allí pequeñas llamas que se fueron avivando con la toma de conciencia por parte de los estudiantes de que si ellos mismos no exigían el respeto de sus derechos, nadie se jugaría por ellos.

Cosas muy evidentes a primera vista, como el deterioro de la infraestructura de los colegios oficiales, fueron motivo de consenso  para iniciar los reclamos que se fueron traduciendo en tomas de diversos establecimientos.  A costa de asambleas se pusieron sobre el tapete cuestiones más fundamentales como la ley de educación en cuya elaboración exigen ser participantes y la democratización de los institutos de enseñanza secundaria dando participación a los alumnos en la selección de programas y el nombramiento de profesores.

Como siempre hay quienes muestran la hilacha pidiendo proceder con mano dura. También desde los ministerios de educación se opta por amenazar con pérdida del año y exámenes de todas las materia cuando no esas intempestivas reacciones de “echarlos con 4 patadas” de un director de escuela.

Hay también todavía quienes con una sonrisa entre inocente y despectiva, creen que sólo se trata de “cosas de chicos”. No es así. Los adolescentes secundarios son representantes de una generación que  ha sido arrinconada en el reducto estrecho que son los Colegios y la ley de educación, pretendiendo imponerles una disciplina y una información simplemente académica, que no es capaz de contribuir al crecimiento en orden a los valores personales y sociales.

La postergación constante de los presupuestos para educación y salud, no pasan inadvertidos para estos jóvenes que, además de escaparse de todas las normas tradicionales, ya comienzan a pesar del consumismo que los atrapó en un principio, a darse cuenta de que merecen más. De que ellos tienen no que esperar el futuro sino construirlo desde ahora con todas sus potencialidades.

Pretender solucionar con un mezquino presupuesto las deficiencias edilicias en un plazo determinado entra en el escepticismo de quienes  han comprobado tan repetidamente el incumplimiento de los compromisos adquiridos ante medidas de reclamo que amenazaron desbordarse. Junto con eso y la jerarquización de los profesores gracias a salarios justos y  a sus posibilidades de capacitación para rendir ante los alumnos el gran examen de si son capaces de interesarlos y ayudarlos en la búsqueda de la verdad, es un camino lento pero eficaz de recuperación.

La escuela pública tiene que volver a su estatus y su prestigio, no gracias a disposiciones autoritarias sino en mérito a lo valioso de la formación ciudadana que están destinadas a brindar.

Una ingeniosa propuesta de Martín Caparroz sostenía que el comienzo de recuperación de la jerarquía que tuvo en otros tiempos la escuela pública como igualizante y engendradora de los mejores valores del respeto y la convivencia debía ser una ley que obligara a todos los funcionarios hasta cierto nivel desde arriba, a mandar a sus hijos a la escuela pública. Así habría más preocupación por la calidad y la eficacia educativa, como también para el mantenimiento de las infraestructuras en los límites de la seguridad, disponibilidad de elementos salud y comodidades elementales.

Hoy no sería posible ni admitida socialmente una represión cruenta como la de la “noche de los lápices” que los estudiantes, sin conocer demasiado de aquellos tiempos, no han olvidado. Ni siquiera una actitud, como pretendió asumir el ministro E. Bullrich, de la ciudad autónoma de Buenos Aires, ni la investigación sobre los estudiantes activistas que lideran las tomas que en lugar de infundir temor y encontrar soluciones sensibilizaron inmediatamente a los jóvenes y provocaron reacciones adversas. Las movilizaciones pueden seguir creciendo y contagiar a otros sectores de la sociedad convirtiéndose entonces en un problema grave e insoluble. No hay por supuesto ninguna semejanza ni con el clima ni con la evolución del mayo francés del 68 que proclamaba “la imaginación al poder” y puso en graves aprietos al gobierno de De Gaulle. Pero la semilla es la misma: la justa disconformidad juvenil con el sistema educativo y, más allá, con el sistema social en que permanecemos encajados. Aunque finalmente el movimiento se fracturara con intervención de adultos, ya significa una alentadora postura juvenil. Y “donde hubo fuego cenizas quedan”.

José Guillermo Mariani (pbro)

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