Homilias DominicalesJosé Guillermo Mariani

Domingo 26 de diciembre de 2010 – Festividad de la sagrada familia de Jesús (ciclo “A”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc. 2,41-52)

María y José llevan por primera vez a su hijo a la celebración de la Pascua en Jerusalén. Tiene 12 años. Al volverse, sin que lo sospecharan, el niño se queda en Jerusalén. En el camino notan su ausencia y lo buscan desesperadamente entre los conocidos hasta que, sin encontrarlo, deciden regresar a Jerusalén. Allí está escuchando y haciendo preguntas a los doctores de la Ley, dejando admirados a todos por sus inquietudes. Sorprendidos sus padres se acercaron y María lo reprendió diciendo “hijo, ¿por que te has portado así preocupándonos a tu padre y a mí que te hemos estado buscando durante tres días?”. El les respondió: ¿Por qué me buscaban? ¿No se dieron cuenta de que yo quería estar en la casa de mi Padre?

Ellos no entendieron esa respuesta y Jesús emprendió el regreso con ellos a Nazaret y les obedeció en todo. Su madre guardaba estas cosas en su corazón. Y Jesús seguía creciendo  es estatura y en su relación con Dios y con los hombres.

Síntesis de la homilía

Si nos animamos a desacralizar este relato de Lucas nos damos con la realidad de la familia de Jesús igual a la de todas las de su tiempo. Padres ligados a las tradiciones religiosas, hijo ansioso de independencia para salir de la mediocridad del ambiente pueblerino de Nazaret, molestia de los padres al no comprender las decisiones de Jesús en la proximidad de la ceremonia del Bar Mitzvah que lo hacía mayor, reprensión cariñosa pero firme de la madre ante la conducta del hijo que había prescindido de su dolor, Jesús reconociendo su falla y enmendándola con obediencia hogareña, curiosidad de un niño de su edad por escuchar y hacer preguntas a los maestros de la ley antes de que en la Mitzvah se las hicieran a él.

Si pensamos que las fuentes de Lucas para contarnos todo esto no pueden haber sido muy exactas nos damos con que evidentemente su intento era argumentar a favor de la misión divina de Jesús concretada en este simple modo de ser hombre como todos que iba creciendo física y espiritualmente a medida que pasaba el tiempo. Quizás este relato de Lucas que hemos escuchado tantas veces y hemos interpretado sólo como una prueba de la divinidad de Jesús, adquiera todo su valor si dejando de lado lo de “sagrado” que es una calificación usada por la iglesia para desautorizar cualquier interpretación, ponemos nuestra atención en todos los detalles humanos aportados por Lucas. Porque allí nos sentimos identificados con Jesús en las etapas de nuestra vida, en las limitaciones y fallas de cada período, en la conciencia de una misión como resultado de examinar las circunstancias personales y sociales, en la manera de instalarse Dios en nuestra historia para revalorizar todo lo conseguido de humanización en el pasado e impulsar hacia un futuro de plenitud. Y este modo de responder a Dios desde la realidad humana nos coloca de pie, conocedores de  nuestras posibilidades y limitaciones, pero prontos para rendir todo lo que entendemos en cada circunstancia que nos acerca al cumplimiento de esa misión de Jesús que hemos aceptado compartir.

Guardar las cosas en el corazón es costumbre y cualidad de las madres. María también lo hacía gozosa de esperar que lo que no entendía se revelara algún día y que su hijo siguiera madurando para cumplir con lo que Dios le encomendaba.

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