Con Usted al PasoFranciscanismoJosé Arregui

El Evangelio de Jesús en lenguaje de hoy. Entrevista a José Arregui

Jose Arregui, sacerdote y franciscano hasta hace un mes, inició su secularización y exclaustración, tras decidir no acatar, por razones de conciencia, libertad personal y fidelidad al Evangelio, las órdenes del actual obispo de San Sebastián. Abarrotó el primer Foro Gogoa en Pamplona, el 10 de octubre.
Entrevistado por Javier Pagola

Eduardo Galeano dijo que “hay que tener el coraje de estar solos y la valentía de estar juntos” ¿Se parece eso a su situación actual?

A mí me han conmovido la invitación del Foro Gogoa, la afluencia masiva y el largo aplauso de tanta gente que me quiere. Pero lo importante es que, reunidos, podemos encontrar palabras de presente que crean el mundo futuro. Dios crea de nuevo todas las cosas, aprovecha nuestras posibilidades para producir vida.

¿Por qué dice usted que hay que aprender a ser buenos y felices?

“La felicidad es lo que hace buenas a las personas, no las leyes rígidas escritas en tablas de piedra”. Ese es el primer mandamiento. Tal vez el único.

La palabra “dichosos”, felices, aparece 50 veces en el Nuevo Testamento. Las bienaventuranzas resumen toda la alternativa y el programa de vida que propuso Jesús. Es el tiempo de ser felices. La felicidad es lo que nos hace buenos, no las leyes rígidas escritas en tablas de piedra. Es la felicidad la que nos hace humildes, compasivos, pacificadores, dadores de felicidad a otras personas. Y es la bondad la que nos hace ser dichosos. Esa es la magia de Dios: hacernos felices con la sola bondad.

Pero el Evangelio parece contradictorio. Jesús dice que ha venido a traer fuego, espada, división y discordia ¿No es así?

Sí. Según ha descubierto la investigación sobre el Jesús histórico, es seguro que esas son palabras que él pronunció. Con ellas nos invitaba a resistir y a imaginar un mundo distinto. Planteaba una revolución de valores. Prendió fuego a la sociedad opresora y las agobiantes leyes y estructuras religiosas de su tiempo, y ese fuego le abrasó también a él.

Pero ese ascua de Jesús no se apagó, sigue encendida en sus seguidores. Él no sería hoy un ciudadano domesticado y sumiso. Arriesgaría a favor de otra realidad, provocaría conflictos en la sociedad y en la Iglesia. Le volverían a tachar de peligroso y hereje.

Pero quedaría claro que ese fuego suyo no querría deshacer ni consumir a ningún ser humano. El Dios de Jesús es una buena noticia para todos los humanos.

La gente y el mundo de hoy, ¿sufren demasiadas heridas?

Ahora, como antes, existe mucho sufrimiento. Jesús era un sanador, un curador. No hacía milagros, en el sentido de que no rompía el curso natural de las leyes físicas. Pero Jesús curaba, consolaba, aliviaba, sanaba los males físicos y psicológicos. Él curaba contando historias y tocando a las personas, acercándose a ellas, acogiéndolas, devolviéndoles la confianza en sí mismas, transmitiendo paz.

Ser cristiano no consiste en creer en dogmas, ni en cumplir mandamientos. Ser cristiano es seguir a Jesús, cargar como el buen samaritano con el dolor ajeno. Curar al enfermo y amar a Dios no son cosas distintas.

¿Por qué ha hablado tanto la iglesia de pecado, o de culpa, y de perdón?

Muchas religiones, también la católica, han gestionado abundantemente esa idea de pecado y culpa. Pero a Jesús eso no le importaba, no se movió en ese registro culpa-perdón. El traía una buena noticia, y llamaba a seguirle en su grupo a prostitutas y recaudadores de impuestos que estaban muy mal considerados por la gente.

A él no le importaba el pecado, sino la herida. Y no hablaba de castigo, sino de medicina curativa, porque “no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos” Lo que necesita un enfermo no es un juez, sino un médico. Y, no se puede hacer mejor a nadie haciéndole pagar un alto precio por sus culpas. La cárcel puede impedir que alguien cometa un crimen, pero no hace, no puede hacer, a nadie bueno.

¿Ha crecido el miedo entre nosotros?

En el mundo, en la sociedad y en la Iglesia, tenemos demasiados miedos. El miedo, en una justa medida, no es malo de por sí. Nos salva de peligros y nos ayuda a conservar la vida. Pero, a menudo, el propio miedo es el mayor peligro. Levanta ante nosotros negros fantasmas. Construimos sistemas de seguridad, grandes murallas, nos aislamos, pero perdemos libertad y vivimos en un mundo más inseguro que nunca.

También en la iglesia ha crecido un miedo que la aísla. Pero Jesús decía, repetidas veces: “No tengáis miedo, yo estoy con vosotros, yo he vencido al mundo”.

El Espíritu de Dios está construyendo un mundo nuevo. No hay que tener miedo al mundo actual, ni a la cultura moderna, ni a la postmodernidad, ni a la ciencia, ni a las redes de comunicación planetaria. Hay que salir a su encuentro.

¿Pueden dialogar la laicidad y las religiones entre sí?

Hace mucho que llegó ya el tiempo de superar todo confesionalismo, y trascender toda frontera y todo celo del bien ajeno. Porque es triste que nos duela el bien ajeno. Es un auténtico mal de nuestros ojos el que no seamos capaces de ver, de agradecer y de alegrarnos de las buenas cosas que les pasan a otras personas o colectivos humanos.

Esa desgraciada frontera entre nosotros y ellos, frontera que aparece en todos los grupos, singularmente en los partidos políticos y en las confesiones religiosas. Pero el celo colectivo se vuelve aún más mezquino y peligroso cuando se pretende justificarlo, con exclusivismos, en nombre de Dios. Donde está la bondad, con nombre y también sin nombre, allí está Dios.

¿Hay que inventar un nuevo lenguaje religioso, que sea inteligible hoy?

Esa es una gran necesidad y desafío. Es imposible anunciar la Buena Noticia con un lenguaje trasnochado, que correspondió a una sociedad rural, y que no se ha actualizado tras la modernidad, la postmodernidad y la era actual de las comunicaciones.

Jesús no se apegó a expresiones trasnochadas. Varias veces se lee en el Evangelio esta manera suya de hablar: “Habéis oído que se dijo a los antiguos tal o cual cosa, pero yo os digo algo nuevo”.

Nosotros estamos inmersos en un grandísimo cambio cultural. Como alguien ha escrito: “No vivimos en una época de cambio, sino en un cambio de época”.

Manuel Guerra Campos, médico y hermano de aquel obispo de Cuenca en tiempos del franquismo, escribió:

“La iglesia está enferma. Se quedó dormida en la historia. Lleva 500 años pataleando para que nada cambie. Aconsejo a los obispos que tomen el Catecismo de la Iglesia católica, le den un respetuoso beso, lo encierren en el sagrario de una capilla abandonada, tiren la llave y, a continuación, hagan ejercicios espirituales en un monasterio y traten de formular la buena noticia en palabras y contextos adecuados a nuestra cultura”.

¿Qué queda del Concilio Vaticano II?

Aquel fue un esfuerzo sincero de puesta al día. Pero el postconcilio coincidió con el vaciamiento de las iglesias y el fracaso en la transmisión de la fe, porque había llegado un cambio de época. Entonces Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger y un sector de la iglesia próximo a ellos hicieron el diagnóstico de que todos los males del postconcilio se debieron al propio concilio que, según ellos, disolvió fronteras, puso en tela de juicio dogmas, y relativizó la identidad católica.

Ese diagnóstico curiosamente coincidió con el alza del neoliberalismo más conservador en los Estados Unidos. Tras ello, pusieron en marcha un proyecto, muy estudiado, de retorno a las verdades de siempre y las estructuras sempiternas. Es un proyecto muy estudiado, coordinado, y sociológicamente sólido. En eso están y su cálculo es que eso va a tener futuro.

Pero somos muchos los cristianos que creemos que no puede tenerlo. Además de convertirse en algo irrelevante, la iglesia institucional va camino de convertirse en un gueto o una secta. Y, desde luego, en las condiciones actuales en que está la Iglesia, un nuevo concilio resultaría un desastre.

¿Qué futuro tiene el cristianismo?

Karl Rhaner, uno de los grandes teólogos de nuestro tiempo dijo que el cristiano del futuro o será un místico, o no será. En medio de una gran masa de indiferentes y agnósticos hay una sed creciente de espiritualidad. Los cristianos debemos estar atentos a lo que está emergiendo fuera de nuestras fronteras.

¿Qué aportar en este invierno social y eclesial?

El invierno recrudece a ojos vista en la Iglesia y en el planeta. Se comprende que cunda el desaliento, porque las amenazas aumentan y las fuerzas disminuyen. Pero no es tiempo para consumir energías en lamentos ni en querellas intraeclesiales. Es tiempo de volver a lo nuclear del Evangelio, de vivirlo y anunciarlo: la bienaventuranza de la bondad, la osadía para decir no, la eliminación de fronteras religiosas, la reinvención del lenguaje.

Es la hora de la fe en la pequeña semilla y en la levadura invisible. Es el momento de hermanar desánimos y perseverar, “dejando el pesimismo para tiempos mejores”. Es el momento de verificar que “donde aumenta la amenaza crece la salvación”. Como dijo el profeta Casaldáliga, “somos perdedores de una causa invencible”.

Fuente: Fe Adulta

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