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Amor, Pasión, Matrimonio. Por Eduardo Marazzi

“Una vida que sea mi aliada para siempre:

he ahí el milagro del matrimonio.

Una vida que quiere mi bien cuanto quiere el suyo,

porque se identifica con el suyo.

Y si no fuese para toda la vida sería una amenaza,

aquella amenaza que está siempre latente en los placeres

que nos provee una ‘relación amorosa’.

Pero, ¿cuántos hombres conocen la diferencia

entre una obsesión que se padece

y un destino que se elige?

(D. de Rougemont, El amor y el Occidente)

1) Jamás como hoy, escribe el sociólogo Ulrich Beck en su excelente libro Dans ganz normal Chaos der Liebe (El normal caos del amor)  “el matrimonio ha sido tan etéreo y fundado sobre bases inmateriales”, como si el amor, en una sociedad como la nuestra en la cual se impone el tener y la lógica del “usa y tira”, reclamase una propia realidad contra la realidad regulada de las leyes que gobiernan la vida de todos los días. El amor hoy es autofundado porque no reconoce otra autoridad que no sea la decisión subjetiva. Y esto tanto en el caso del matrimonio cuanto en el caso del divorcio, caracterizados ambos del rechazo sistemático del cálculo, del interés, hasta llegar al rechazo del acuerdo, de la responsabilidad, de la justicia, en favor de la autenticidad del sentimiento y de su incondicionalidad.

2) Hoy – y no se trata de moralismo, sino una descripción (fenomenología) – amar o no amar no es una infracción jurídica, no es un acto criminal, aunque si todos sabemos y experienciamos que del amor depende la vida de otra persona que puede ser herida mucho más profundamente por el abandono o por la indiferencia que por una enfermedad mortal y desvastante. Absolutizado y desligado, como no lo había estado antes, de todo tipo de referencia religiosa, cultural, jurídica, el amor hoy se presenta como una absoluta promesa de felicidad o como una guerra sin cuartel y sin fronteras, combatida con las armas imprevisibles de la intimidad.

2.1) Así es, sin duda, cuando, a promover el amor, son las exigencias de autorrealización fundadas en la ciega intensidad del sentimiento que se ejercita en una sociedad que acentúa el individualismo a ultranza, hasta niveles patológicos, “caiga quien caiga”. Esto significa que, en una sociedad como la nuestra que tiende a subrayar no sólo la autonomía sino – y sobre todo – la autosuficiencia, y que por lo tanto, enseña a ser dueños de la propia felicidad, felicidad medida según la intensidad de las pasiones, quien opta por el matrimonio, tiene que disponer de una capacidad de tedio o de aburrimiento casi morbosa, a menos que no haga tal opción soñando una posible pasión capaz de poner en movimiento o actuar una distracción permanente, durable y así exorcizar el vómito del tedio, la insensatez de horas, meses, años sin “emociones fuertes” – una de las características del hombre de la postmodernidad.

2.2) Dicho en otros términos: el amor sin pasión corre el serio riesgo de ser aburrido, achatado, flaco. En compensación da seguridad, continuidad, permanencia; la pasión sin amor, al contrario, es volcánica, da emociones, frenesí, adrenalina, pero como contrapartida es siempre incierta, implica riesgo, incertidumbre.  Por lo tanto, quien se casa opta por un tedio resignado, una especie de aburrimiento, o si no se casa y tiene relaciones, entra en la dinámica de la pasión y vive siempre con una pistola en la cabeza (el ejemplo no es tan metafórico como parece). Este es el dilema de la idea moderna de felicidad, medida según la intensidad del sentimiento que, como sabemos, es siempre inestable, borrascoso, turbulento o manso hasta el aburrimiento.

3) Lo que hay que decir y subrayar es que quizás el “amor-pasión” no ha sido jamás una verdadera experiencia de la vida real sino, y sobre todo, un problema de literatura, que poco a poco, sedujo la religión, la filosofía, la antropología, la psicología y todas las ciencias humanas para después arribar a los medios de comunicación, a la música clásica y moderna las cuales parece que no pueden vivir sin referirse al amor. Este “amor-pasión” ha terminado por adueñarse también de los espacios publicitarios para ayudar a las mercaderías a salir de los escafales y góndolas de los supermercados y así entrar en los carritos de los clientes dando continuidad a una locomotora consumista que, como sabemos, no va a ninguna parte, o, más bien, nos lleva derecho al eco-cidio”.

4) “All you need is love” (todo lo que necesitas es amor) decía un lindo tema de los Beatles. A) En estos últimos cuatrocientos años un campesino hubiera respondido, a quien hubiera hecho la pregunta, que en las cosas del amor todo lo que le servía (all you need) era una mujer que fuera capaz de parir hijos robustos, saber controlar el monedero y al menos, si no era una excelente cocinera, preparar discretamente la comida para toda la familia. B) Un Príncipe, por ejemplo, hubiera dicho que a él le servía – en las cosas del amor – la hija de otro Príncipe potente y adinerado y así aumentar la fortuna de ambas familias. C) No diversamente habría respondido un industrial del 1800 o uno del 1900, preocupados por hacer crecer la empresa y aumentar los dividendos. Y no otra hubiera sido la respuesta de sus empleados, los cuales tenían que habérselas con la falta de vivienda y con la prole – que no era poca.

5) A proponer el “amor-pasión” entre todas aquellas cosas de las cuales tenemos necesidad (all you need ), cuando, a punto, uno se enamora fue, al inicio del 1900 S. Freud, el cual describe el amor más bien bajo el perfil de una patología. Entonces, si se trata de una enfermedad, lo que más se busca en la cama matrimonial, como en el diván del analista, no es tanto el amor, sino más bien la salud. El mensaje fue inmediatamente recogido y ampliado por los Estados Unidos donde se renunció rápidamente a la complicación psicoanalítica, para conservar el núcleo “saludable” del “amor-pasión”, que la hegemonía cultural del imperio americano gracias a sus poderosos medios de comunicación, difundieron no sólo en Occidente sino también en Oriente – sobre todo después de la segunda guerra mundial.

6) Esta difusión masiva ha obligado – si así puede decirse – a los diversos pueblos y culturas a abrir una especie de hendidura en sus tradiciones milenarias, seculares, para tirarse olímpicamente en los brazos fogosos del “amor-mercado” de los occidentales. Es así que se estrechan o ligan la pulsión amorosa y la pulsión de muerte, de las cuales nos hablaba Freud. Se estrechan celebrando, con perfiles bajos, sus monotonías y sus repeticiones en aquella forma de degradada trasgresión a la cual, en cambio, George Bataille había dedicado páginas de refinada belleza (G. Bataille, L’érotisme).

6.1) En efecto, el amor-pasión vive de obstáculos, intensa excitación, espasmos, despedidas, adioses, lágrimas, desgarros;  el matrimonio, en cambio, vive de repetición, de cercanía cotidiana, de continuidad prevenible. El amor-pasión quiere mantener alejado el amor de los trovadores, el matrimonio, en cambio, quiere mantener cercano el amor de los cónyuges. Y en un mundo como el nuestro, que ha conservado como último residuo del amor, no tanto la pasión cuanto la “nostalgia” de la pasión, es obvio que se abra camino la tendencia a optar por el matrimonio sólo teniendo en cuenta la perspectiva del divorcio o de la separación, de los cuales todos piden la facilitación burocrática.

7) Quizás, y para hacerla corta, no se trata de hacer fácil el divorcio sino de hacer difícil el matrimonio, si para liquidarlo se piensa que pueda ser suficiente el “amor-pasión”. La actual crisis del matrimonio que vive el Occidente, nos está diciendo que en nuestra cultura no se tiene otra concepción del amor que no se resuelva o se identifique con la “pasión”, la cual desligada de todo fundamento, es divinizada. Quede bien claro que la pasión es un sentimiento noble y no es de condenar, pero su divinización o absolutización no deja de ser peligrosa, porque nos atornilla o nos fija en un polo de aquella tensión creadora en la cual encuentra su articulación toda dinámica existencial.  El otro polo no es la moderación, el contenerse, la prohibición sobre la cual insisten tantas morales y prédicas irrisorias sino, más bien, la “acción”  que no ignora la felicidad  de la pasión y tampoco su irregularidad, pero no se contenta de una felicidad “pasiva” porque quiere visceralmente crear. Sería lo que el filósofo Gabriel Marcel llamaba “fidelidad creativa”.

8) Si el amor es focalizado desde la perspectiva de la pasión y de los valores que de ésa fluyen, el matrimonio no puede ser visto o vivido que como una “dulce cámara a gas” (Marisa Rusconi). Ante esta visión más bien dantesca, se imponen  dos preguntas: ¿La pasión tiene verdaderamente la última palabra sobre el amor? ¿Cuántos hombres (y mujeres) conocen la diferencia entre una ‘obsesión que se padece’ y un ‘destino que se elige’?

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