Reflexión del Mes

Artigas, caudillo argentino. Su lucha y ejemplo. Por Roberto A. Ferrero

I

El General José Gervasio Artigas nació en las cercanías de Montevideo (Uruguay) el 19 de junio de 1764. Hijo de una familia importante de la ciudad -su abuelo fue vecino fundador- se educó en el convento de los Hermanos Franciscanos. A los 18 años se independizó de su familia administrando un campo propiedad de su padre. Fue luego resero y arriero, operando en el comercio de animales durante años, en cuyo transcurso recorrió y conoció como la palma de su mano todo el territorio de la provincia. En marzo de 1797 se incorporó al cuerpo militar de Blandengues, encargado de cuidar las fronteras y la campaña oriental, alcanzando un alto concepto ante las autoridades españolas, que lo designaron después para ayudar al sabio Félix de Azara en sus tareas de colonizar y asegurar la frontera norte para frenar el avance de los portugueses de Brasil. Terminadas estas tareas, en 1806 interviene junto a Liniers en la Reconquista de Buenos Aires de manos de los ingleses. En 1811 se plegó a la Revolución de Mayo, ayudó a Mariano Moreno en su Plan de Operaciones proporcionándole información sobre su país y obteniendo el grado de Coronel de los ejércitos de la Patria. Volvió al Uruguay, donde encabezó la lucha militar contra el régimen español, obteniendo la gran victoria de Las Piedras (18 de Mayo de 1811), mencionada en el Himno argentino. Pensó las famosas “Instrucciones del Año XIII” (independencia, república, federalismo, autonomía, libertad de los puertos), que fueron rechazadas junto con sus Diputados en la Asamblea Nacional de 1813. Por dos  veces puso sitio a Montevideo, luchó contra  el Ejército portugués del Mariscal Diego de Souza, llamado por los españoles sitiados, derrotó a los porteños en la batalla de Guayabos y alcanzó el gobierno de su provincia en 1815, administrándola por medio de sus delegados de confianza, mientras permanecía al frente de las tropas federales que liberaron del dominio unitario bonaerense las provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Misiones y Córdoba. En la cúspide de su poder, admirado por los republicanos estadounidenses, organizó el “Sistema de los Pueblos Libres” confederados, de los cuales fue proclamado “Protector”. Por tres años ejerció la hegemonía absoluta en el Litoral y desafió a los ejércitos centralistas de Buenos Aires, hasta que la traición de los terratenientes orientales y grandes comerciantes de Montevideo determinó una segunda invasión -con la complicidad de Buenos Aires- del territorio oriental por parte de los portugueses en 1817. Resistió de 1817 a 1820 a los monarquistas lusitanos y sus aliados del lado argentino hasta que sus ejércitos sufrieron la gran derrota de Tacuarembó, que lo obligó a exiliarse en el Paraguay.

Allí, a la sombra del Dictador Gaspar Rodríguez de Francia y del Presidente Carlos López después, vivió durante treinta años en la más extrema pobreza. Falleció el 23 de septiembre de 1850, un mes después que el General José de San Martín.

 

II

De sus múltiples virtudes, tres rasgos de su personalidad se destacan nítidamente: su patriotismo rioplatense, su preocupación por la cultura y su espíritu altruista y revolucionario.

Sobre el primero de estos rasgos, diremos que su compromiso con la independencia de la Patria Grande fue siempre incondicional. A las tentativas para apartarlo de la causa común hechas por realistas y portugueses, su indignada negativa fue siempre terminante: “Yo no soy vendible”, contestaría a unos, o “Yo soy un disidente, no un traidor”, respondería a otros. Y la naturaleza de su patriotismo fue siempre latinoamericana y -en la práctica de sus luchas- ampliamente rioplatense. Jamás pensó en la Banda Oriental como en una nación independiente separada de las demás provincias. Por el contrario, su visión geopolítica puesta en acción se extendía no sólo a su patria chica sino a las provincias argentinas, al Paraguay e incluso a las regiones más apartadas del ex Virreinato del Río de La Plata: las provincias altoperuanas, a cuyo Cabildo de Cochabamba se dirigió en más de una ocasión.

Artigas no es el Fundador de la Independencia uruguaya ni del Estado Oriental, como pretende la vieja historiografía liberal y balcanizante. Por el contrario: la República uruguaya es el fracaso de Artigas y no su creación. El verdadero creador de la “Nación” uruguaya como Estado-tapón es George Canning y el colonialismo inglés, que  no podían permitir que una sola potencia sudamericana controlara la llave de entrada a los grandes ríos interiores del Cono Sur, bocado apetecible para el comercio británico. Tan es así que, al ofrecerle el Directorio porteño en 1815 entregarle el dominio completo y separado de la Banda Oriental con tal de que renunciase a influir en las provincias a Occidente del río Uruguay, el Protector rechazó la oferta porque su idea no era una patria parroquial, sino una gran nación  latinoamericana y, en la escala de sus esfuerzos, al menos una nación  rioplatense. De allí que después de 1830, ya constituido el Uruguay como país formalmente independiente (aunque sometido a Inglaterra y Francia), al ir a buscarlo al Paraguay su hijo José María para que volviese a la Patria, el General Artigas le contestara lacónicamente: “Yo ya no tengo Patria”, porque su Patria había sido descuartizada en la balcanización sobreviniente a su derrota.

No menos intenso que su patriotismo fue su hondo interés por el desarrollo de la cultura y su rol progresivo, interés que nacía ligado a su propia formación intelectual, muy distinta a la que a los caudillos populares le atribuyó la maligna leyenda sarmientina. Según ella, como sabemos, los grandes conductores federales habrían sido “gauchos brutos”, toscos, sanguinarios y analfabetos. Pero nada estaba más alejado de la verdad. Excepto Estanislao López de Santa Fe, que era hijo natural de un capitán argentino -lo que no lo hace mejor ni peor- todos los demás eran miembros de familias antiguas y linajudas, y recibieron la mejor educación disponible para los provincianos que no optaban por los estudios universitarios. Artigas, como muchos de esos jefes de masas, fue educado por los eruditos frailes franciscanos, como dijimos, y los tuvo siempre como doctos asesores: Francisco de la Peña, Benito Monterroso, José Benito Lamas o Dámaso Larrañaga. Como ayudante de Azara, se hizo topógrafo, contable y agrimensor práctico y durante sus luchas por el federalismo leyó la Constitución norteamericana y las pocas y parciales traducciones de los publicistas del federalismo norteamericano. Por ello, al ponerse al frente del gobierno de su provincia, recomendó la lectura de esos textos y de las historias relativas al Descubrimiento y Revolución de Estados Unidos, que por entonces no eran obviamente la nación imperialista que luego serían, sino una república federativa que servía de inspiración a nuestros mejores patriotas. Fray Miguel Calixto del Corro, el argentino que lo visitó en 1816 en su campamento de Purificación, le comentaría reiteradamente al Dr. Dalmacio Vélez Sársfield que Artigas era un hombre culto y educado.

También al asumir el gobierno, impulsa al Cabildo de Montevideo a reabrir las escuelas de primeras letras cerradas por los españoles en 1812, vuelve a poner en funciones a la Casa de Comedias (teatro), rebautizándola como “Coliseo”, y trata de crear un periódico montevideano utilizando la imprenta que los orientales acababan de recuperar de mano de los porteños.

Con la misma fe en el rol palingenésico de la cultura que alentaba estas  creaciones, funda la Biblioteca Nacional con los libros de Larrañaga, de Pérez Castellanos y de ciertos emigrados, poniéndola bajo el lema luego célebre: “Para que los orientales sean tan ilustrados como valientes”.

Pero así como compendia el rol positivo que la prensa y la cultura  podían cumplir en la afirmación de nuestra independencia y el mejoramiento del nivel intelectual de los pueblos, así también entendía perfectamente que su instrumentación bastarda por parte de las fuerzas de la reacción podía ser terriblemente perjudicial a esos mismos ideales. Para estos casos, Artigas contaba sin embargo con una protección impensada: el analfabetismo de las masas populares que le seguían, que por esa característica quedaban a salvo de la insidiosa propaganda del unitarismo porteño. Tal sucedió cuando uno de sus comandantes le advirtió sobre un canallesco folleto denigratorio que el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón había encargado redactar a Pedro Feliciano de Cavia. El Jefe Oriental escuchó la novedad y luego repuso tranquilamente: “No importa; mi pueblo no sabe leer…”

Finalmente, mencionemos su espíritu altruista, que se despliega en dos planos: como generosidad y comprensión en el plano individual y como política revolucionaria y reparadora en lo económico-social. Respecto al primer aspecto, son numerosas las anécdotas que dan cuenta de esa veta de su personalidad: por ejemplo, su negativa a fusilar a antiguos desertores que en cierta ocasión les remite el Directorio para congraciarse con él y  que Artigas devuelve respondiendo: “No seré el verdugo de Buenos Aires” y los remite sanos y salvos con su perdón; su cesantía a un maestro que enseñaba doctrinas contrarias a la Revolución, y al que permite enseguida seguir ejerciendo la docencia a pedido de su hijo José María, con la sola condición de no reiterar su falta; o su entrega de sus últimos pesos, al pasar al exilio paraguayo, para que uno de sus capitanes los llevara a la Isla das Cobras, en Brasil, para aliviar la situación de sus derrotados comandantes, presos en aquella región.

Respecto al segundo plano, el social-económico, el documento que fundamenta imperecederamente su afán de justicia social, igualdad y prosperidad para su pueblo es el “Reglamento para el Fomento de la Campaña”, verdadero programa de una original reforma agraria uruguaya. En efecto: bajo ese inocente título, el Protector establecía la expropiación sin indemnización de los “emigrados, malos europeos y peores americanos” y beneficiados con donaciones hechas por las autoridades españolas y porteñas entre 1810 y 1815, que se anulan. Tales tierras se entregarían gratuitamente a los “negros libres, los zambos de igual clase,  los indios y los criollos pobres” y las viudas pobres con hijos, con ”la prevención -decía el art. 8°- de que los más infelices serán los más privilegiados”. Ellos recibirían, además, una cantidad de ganado y una marca para identificarlos, con la sola obligación de no transferir su estanzuela, poblarla y ponerla en producción. Como el pueblo uruguayo de la campaña no era agricultor, sino ecuestre y ganadero, el Protector, buen conocedor de las necesidades de sus paisanos, ordenó que las tierras distribuidas no fueran reducidas como para chacras cerealeras, como en la vecina pampa argentina pretendían los labradores, sino de una extensión suficientemente  grande como para permitir la cría de vacunos y equinos.

Con estas disposiciones, Artigas se inscribía en una de las dos líneas que  se disputaban la hegemonía al interior de la Guerra de la Emancipación: Una, la simplemente “independentista”, la conformaban grandes terratenientes, comerciantes ultramarinos y magnates mineros, que sólo querían separarse de España para conservar la totalidad del producto nacional en su poder, sin que se introdujera reforma alguna en la estructura de la sociedad colonial. La otra, en cambio, pretendía acompañar la conquista de la independencia política con medidas de reformas económicas que establecieran la justicia social para las grandes masas oprimidas del continente. En esta última corriente, precisamente, se alineaba José Artigas junto a los argentinos como Juan José Castelli y el Mariano Moreno del “Plan de Operaciones”, Morelos e Hidalgo en Méjico con su radical reforma agraria, el Programa de 12 puntos de Titicocha, Carlos Colque y Jiménez Manco Capac en el Alto Perú y el capitalismo de Estado de Gaspar Rodríguez de Francia en el Paraguay

Como ellos, el Jefe de los Orientales fue derrotado. La elite montevideana estaba dispuesta a apoyarlo en sus tentativas autonomistas, pero no más allá de eso: no podía de ninguna manera tolerar la profunda reforma estructural que el Protector había comenzado a implementar en los campos orientales. En consecuencia, los integrantes de la aristocracia criolla solicitaron la invasión de los ejércitos portugueses del Brasil, pues preferían el amo extranjero que protegiera sus propiedades antes que al compatriota revolucionario que prefería a las gentes. Y esa herencia revolucionaria de los derrotados es la que hoy reivindicamos en esta nueva aurora de liberación que campea sobre América Latina. Artigas ha montado nuevamente en su caballo moro. Artigas ha vuelto a cabalgar desde el Orinoco a Ushuaía.

(Resumen de la charla brindada por el autor a la comunidad de “La Cripta”, el 24 de junio de 2011, en el Centro Educativo SABERES de la ciudad de Córdoba, Argentina, en el Bicentenario Artiguista. Presentación por parte del Presbítero Víctor S. Acha)

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