Homilías Dominicales. Domingo 3 de septiembre de 2017.- 22 durante el año. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Mt. 16,21-27)

Jesús comenzó a decir a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas pruebas por parte de los ancianos y los sumos sacerdotes, que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día  Pedro lo llamó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo “Dios no lo permita Señor, Eso no sucederá. Pero él dándose vuelta dijo a Pedro: Apártate de mí Satanás. Tú eres para mñi un obstáculo porque tus pensamientos no son de Dios sino de los hombres. Y Jesús dijo a los discípulos: elque quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me sigha, porque el que quiera salvar su vida la perderá y el que ìerda su bvida por mí la encontrará. ¿De qéle servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Y ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?  Porque el hijo del hobre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles y entonces pagará a cada uno según sus obras.

 

Síntesis de la homilía

No podía Jesús introducir en la mente de esos discípulos que lo habían seguido desde su pobreza y abandono social, como Maestro que les devolvía su dignidad humana y los protegía integrándolo a la sociedad, la plenitud de su conocimiento sobre la misión que el sentía encomendada por el Padre Dios. El sufrimiento no podía aparecer demasiado en el programa del futuro porque era como una convocatoria con fracaso anticipado. Cuando, como en este caso, se arriesga a hacerlo obtiene una reacción inmediata. Pedro es quien representa a todos, opinando que eso no puede suceder de ninguna , manera. Por eso Jesús extiende su respuesta a todo el grupo aclarándoles que no pueden interponerse entre él y la voluntad de Padre. Y que si alguien se interesa de tal modo por su propia vida, que margina o desecha las de los demás ,no es digno de èl, se deja llevar por un interés absolutamente humano.  Al mismo tiempo exalta la vida como el mayor valor de la vida humana y descubre que el secreto para salvarla está en entregarla, dándole el sentido del pan que se comparte para bien de todos.

Defender  la vida es además del instinto más fuerte de la naturaleza viva, la más asimilada al sentido de felicidad que puede experimentar el ser humano. Jesús no desconoce esta valoración, pero no es ingenuo al juzgar su entorno y descubrir constantes acechanzas por parte de todos los que se molestan porque predica un reino distinto del de la La Ley y del Imperio y por eso, la persecución solapada y expresa es absolutamente previsible. Judas Iscariote no ha tenido presente esta advertencia y por eso se ha dejado seducir por la oferta de  los  sumos sacerdotes de venderles la persona del Maestro, salvándose así de lo que se preparaba para él desde la autoridad judía y romana. Se trata de una advertencia que no estamos acostumbrados a tener en cuenta:  “propiciar la generosidad para con todos, buscar realmente una inclusión social dignificante para todos, acarrea necesariamente persecución y por eso se recurre a negociaciones que, con demasiado frecuencia dejan en el camino los propósitos de fidelidad a la búsqueda de los derechos de todos.    Desde luego que el anuncio de muerte y resurrección al tercer día, que Mateo pone en labios de Jesús, es una añadidura después de los hechos, que no debe atribuirse a deshonestidad histórica, sino a que después de ocurridos los hechos anunciados en general, el vivirlos detalladamente trae casi sismpre una actualización aclaratoria.

 

 

CUMPLO NOVENTA AÑOS. Por Guillermo “Quito” Mariani

No sé cómo llegaron… Pero aquí están. En mi cuerpo, en mi persona, en mi historia.

No sé cómo llegaron… Pero ¡aquí están!
Mi celebración es sobre todo y, primero que todo: AGRADECIMIENTO. Al Ser supremo que está en el origen y detrás de todo. A la Naturaleza, que es su primera presencia, y me brindó familia, amigos, miles de oportunidades de ser feliz y hacer felicidad a mi alrededor, posibilidad de crecer para servir, amar y ser querido, fortaleza para luchar con mis modestas capacidades por la justicia y la paz, al mismo tiempo que para resistir a la incomprensión, la agresividad de las diferencias ideológicas y hasta la persecución.

En este agradecimiento no quiero dejar de invitar a los distintos eventos planeados con mis amigos:

1) Presentación, el mismo día de cumpleaños martes 1ro de Agosto, de mi nuevo libro “COLUMNAS a los noventa de pie”, en el salón de Luz y Fuerza (Deán Funes 672) a las 19.30

2) El domingo 6 de Agosto a la celebración eucarística de las 11 horas en el salón del Club Atalaya y ese mismo día en el mismo salón, a las 16.30 “Peña de los 90”, desde las 16.30, hasta “que las velas no ardan”,

Con gusto compartiré con cada uno de ustedes esto que es al , mismo tiempo, alegría de estar y vivir, tristeza de ausencias, y responsabilidad de seguir luchando y esperando.

 

Homilías Dominicales. Domingo 25 de Junio de 2017.- 12 durante el año.- Por Guillermo “Quito” Mariani                                                       

Tema (Mt.10,26-33)

Dijo Jesús a sus discípulos: No teman s los hombres. No  hay nada oculto que no deba ser revelado ni nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan al cuerpo pero no puede matar el alma. Teman más bien a Aquel que puede condenar el alma y el cuerpo a la Gehenna. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas?  Y, sin embargo, ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento del Padre del cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconoce abiertamente ante los hombres yo lo reconoceré ante el Padre del cielo Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Síntesis de la homilía

los tiempos de persecución resultan muy difíciles de superar. Las primeras comunidades de cristianos, procedentes del judaísmo y el  paganismo debieron padecer mucho  por parte del grupo de autoridades judías que menospreciaban y amenazaban a los convertidos. Y por otra parte la persecución provenía también de los romanos que veían a los cristianos como enemigos del Imperio. Se llegó a resolver por comunidades como la de Mateo a emigrar de Jerusalén para salvarse de esas situaciones y mantener la fe ,muchos que no podían menos de vacilar ante esas dificultades. La conducta de esconderse, callar sus convicciones, renegar de su conversión, o tolerar el conflicto permanente, se hacía más frecuente y a eso obedece la amenazante afirmación que pone Mateo en labios de Jesús. “al que me renegare yo lo renegaré ante el Padre”.  La restauración del culto a su Dios después de la destrucción del Templo por las legiones romanas, enardeció a los judíos fervorosos por restaurar la vigencia de la ley y proceder contra los cristianos a quienes consideraban traidores. Considerar estas realidades desde nuestros tiempos con tantos sufrimientos causados por persecuciones de distinta  índole, pero también religiosas  no nos aparece como de mucha gravedad, pero un análisis del evangelio de MATEO  que es el que contiene más abundantes y severas invectivas contra los fariseos y los doctores de la Ley, deja traslucir que el clima producido por la persecución siempre resulta muy dañosa para quienes tienen conciencia de defender valores importantes. Los mártires cristianos, exaltados con posterioridad a su ejecución con diversos niveles de crueldad, además de ser admirados por la fuerza de su fe, dan una idea del clima de desvalorización de la vida con que había que vivir para no caer como víctima ni tampoco en la tentación de ocultarse, huir o retirarse de las inminencias de la vida y la seguridad amenazadas.                                                                            Aparece también en este trozo, en contraposición con el encuentro con Dios al que se llama “cielo” otro lugar que se denomina Gehenna, Se trata de un valle o desfiladero cercano a Jerusalén en que se ofrecían sacrificios a los ídolos y, después de inutilizado por el rey Josías pasó a ser depósito de cadáveres y basura. El Infierno que presentaba nuestra catequesis tradicional era más parecido al del Dante con distintos grados de tormento de acuerdo a la maldad de las personas condenadas que a esto del valle de Hinón a que se alude muchas veces en el NT y es el lugar de la basura que desaparece con el fuego con el fuego mantenido constantemente.

El Infierno es en el fondo una creación mítica para lograr cambios de conducta en quienes abandonan el testimonio y mandato de Cristo de amor a la creación y al prójimo que es todo ser humano que convive con nosotros.

 

 

 

Homilías Dominicales. Domingo 18 de junio de 2017.- Corpus Christi.- Día del padre. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Juan 6,51-59)

Dijo un día Jesús a los judíos .Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá eternamente Y el Pan que yo  daré es mi carne por la vida del mundo. Los judíos discutían entre sí diciendo. ¿CÓMO ESTE HOMBRE PUEDE DARNOS A COMER SU CARNE? Jesús les respondió. Les aseguro que si no comen la carne y beben las sangre del hijo del hombre, no tendrán vida  en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resuscitaré en el último día. Porque mi carne es una verdadera comida y mi sangre una verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así  como yo que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, de la misma manera el que come mi carne vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo. No como el que comieron sus padres y murieron. El que come de este pan, vivirá eternamente.

Síntesis de la homilía

La liturgia celebra hoy el día del cuerpo y sangre de Cristo. En realidad la denominación tradicional no hablaba de la sangre sino del Corpus Christi. Nos vamos a detener un poquito en eso. Porque exaltar el cuerpo de Cristo es exaltar el cuerpo del hombre. Precisamente el cuerpo que es revelación y realización de nuestra interioridad es en Jesús fundamental  para su misión liberadora (redentora en lenguaje tradicional) Porque ese cuerpo además de gestarse como los nuestros en un vientre de mujer yquedar así revestido de las cualidades, limitaciones y debilidades humanas, aplicó toda su energía en defender la dignidad del ser humano y sus derechos así como para reformar la sociedad en que le tocó vivir. Cuando hablamos del espíritu y de espiritualidad, el cuerpo queda relegado muchas veces con una marginación que descalifica a los débiles y siguiendo la mentalidad platónica lo considera obstáculo para la dignidad y grandeza del ser humano cuando es su base y posibilidad única y concreta.      Habla Jesús en Juan un lenguaje que escandaliza a los judíos. Advirtamos que carne significa cuerpo, lo corporal , y que comer el cuerpo y beber la sangre, que bíblicamente es la vida, el alma del cuerpo, significa identificarse con Jesús como alimento de la vida. El proceso biológico no tiene mucho que ver aquí ni siquiera esa “presencia real” de Jesús en el  pan eucarístico. La identificación con Jesús no es real si es sólo sentimental o dependiente de favores Es comer su realidad completa e histórica para identificarla con nuestra propia historia, desde luego siempre  en la medida de nuestras posibilidades. La vida que comunica ese pan, cuerpo y sangre que simbólica o sacramentalmente fijamos en la hostia y el vino, es unión con el designio del Dios creador y por eso participar de una vida que, como en el mismo Jesús, supera la limitación de la muerte.

Atados a los signos sacramentales que se adoptaron primero por la necesidad de expresión corporal de toda comunicación y también con  de la de Dios, nos hemos acostumbrado a dar mayor sentido al signo que a la realidad significada y así hemos perdido el sentido de fe comprometida, de la que habla el apóstol Santiago en su carta, que llega a ser entonces, una “fe muerta”.

 

Dia del Padre

Hagamos ahora una breve reflexión sobre el Día del padre:

Nuestros padres son los que tienen relación más directa con la formación de nuestro cuerpo. Ese cuerpo que se formó como el nuestro en el seno de nuestra mamá como el de Jesús en el vientre de María embarazadas por el amor matrimonial de su esposo. Pareciera a veces que esto no tiene importancia para los hijos. De modo que es posible escuchar alguna vez el reproche, ustedes me trajeron a la vida así que están obligados a aguantarme como soy. Sin embargo el pensamiento  recto sabe que lo fundamental de toda nuestra dignidad y posibilidades humanas está en nuestro cuerpo. Un cuerpo igualmente  colmado de posibilidades como el que María y José dieron a Jesús. Lo de todos los días valernos de nuestro cuerpo, a veces nos hace perder la noción de la importancia que tiene la relación con nuestros padres, porque es como si realizado el proceso de nuestra concepción y el desarrollo elemental de la salud y la vida de los primeros años, la relación con ellos no influyera en nuestro crecimiento y desarrollo.

Pero el cuerpo no es solo lo material que con la riqueza de la naturaleza se basta a sí mismo después de las exigencias de los primeros meses o años del nacimiento , el cuerpo es también el vehiculo del espíritu, de la riqueza de nuestra interioridad y eso sigue necesitando de la presencia, la protección, y  la guía de los padres contando con nuestra predisposición para utilizarlas.                            Cuando nos fijamos y nos afligimos por las discapacidades corporales, a veces evadimos la preocupación por las discapacidades que cultivamos en nuestro interior como la incomprensión, la pereza, el menosprecio o discriminación, la deslealtad , todo  lo cual puede resumirse en lo que ya sostuvo Confucio y fue repetido por Jesús de hacer o no hacer a otros lo que nosotros quisiéramos o no quisiéramos   que nos hicieran a nosotros

Y en ese orden de cosas, creo que vivimos un tiempo en que se hace absolutamente necesario revalorizar la presencia activa de los padres junto a sus hijos, ya que se está probando que aunque se multipliquen los edificios, los libros y los progresos tecnológicos y científicos en general, se multiplica también  el lamento por la falta de educación que es el delicado y poderoso instrumento que es el cultivo de la fuerza y riqueza interior para hacer posible la desaparición de muchas fallas en las posibilidades de realización de todos los integrantes de la sociedad,

Voy a pedirles por eso un gesto que grabe la importancia del valor de la relación filial que cuenta con un fertilizante no muy fácil de encontrar que el amor que biológica y psíquicamente distingue  la relación paterno-filial.

 

 

 

 

 

 

Pentecostés: libres como el viento. Por José M. Castillo, teólogo

Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta del Espíritu. Y, como es sabido, la palabra “espíritu” es la traducción del griego “pneuma” (de ahí, “neumático”), que significa, a la vez, “espíritu” y “viento” (R. E. Brown). Por eso, sin duda, Jesús le dijo a Nicodemo: “el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5). ¿Qué significa “nacer del agua y del Espíritu”? Jesús lo explica enseguida: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a donde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3, 8).

El viento es libre. Y tiene tanta libertad, que nadie puede encadenarlo. Por eso dice Jesús que no se sabe ni de dónde viene, ni a dónde va. Es el símbolo perfecto de la libertad indomable. Una libertad que está allí donde está el Espíritu, el “pneuma”, o sea: el “espíritu”. Teniendo en cuenta que Jesús no destaca la “fuerza” del viento, que puede llegar a ser un huracán. Lo que Jesús destaca es la “libertad” del viento, que no se deja esclavizar, someter o dominar.

En esta sociedad en que vivimos, cuando nos imaginamos que somos más libres que nunca, ahora – precisamente ahora – es cuando estamos más controlados, más sumisos y además encantados con esta atractiva esclavitud que nos han impuesto. La particular eficacia de este sistema consiste en que “no actúa a través de la prohibición y la sustracción, sino de complacer y colmar. En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes” (Byung-Chul Han). Porque la fuerza, que nos somete, no es el “poder opresor”, sino el “poder seductor”. No le faltaba razón a El Roto cuando, no hace mucho, puso en una de sus mordaces viñetas la figura de un gran mandatario, que le estaba diciendo a la gente: Las dictaduras son innecesarias: ya nadie desobedece.

Por más que nos quejemos de los corruptos y los violentos, cuando veo en el autobús, por la calle o en la sala de espera, a la mayoría de la gente, sobre todo si es gente joven, enganchada al móvil, un móvil que está perfectamente controlado, no se sabe dónde, ni por quién, ni para qué, entonces pienso, con pena y rabia, que “el poder adquiere cada vez más una forma permisiva. Y su permisividad, incluso en su amabilidad, esconde su negatividad y se ofrece como libertad”.

El día que la fiesta de Pentecostés sea, de verdad, la fiesta de los hombres y mujeres libres como el viento, ese día habremos nacido de nuevo. Y en este mundo empezará a ser posible superar la contradicción que hoy nos parece insuperable: armonizar la libertad con la igualdad. ¿Una utopía? Sí. Por la fuerza del Espíritu.

Homilías Dominicales. Domingo 4 de junio de 2017.- Pentecostes. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Juan 20,19-23)

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas la puertas del lugar en que encontraban los discípulos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos les dijo “Tengan paz” Diciéndoles esto mostraba sus manos y su costado. Viéndolo, los discípulos se llenaron de alegría. Entonces Jesús les dijo de nuevo “Tengan paz” como mi Padre me envió así yo también los envío a ustedes” Como mi Padre me envió así yo también los envío a ustedes. Al decirles eso sopló sobre ellos y añadió ”reciban el Espíritu Santo. Los pecados están perdonados a quien uds los perdonen y retenidos a quienes ustedes se los retengan”

 

Sìntesis de la homilía   repitiendo el gesto divino del Génesis al crear al ser humano, Jesús sopla sobre sus discípulos con el sentido simbólico del viento que traslada las semillas, cambia las cosas de lugar, impulsa el movimiento y arrastra las basuras  del aliento que trasmite la riqueza íntima y vital. Es muy evidente que la `preocupación de Jesús está en que se continúe por parte de la Iglesia ( de la que es semilla el pequeño número de convocados, sus apóstoles) la misión central que es perdonar los pecados. También es muy evidente que esto de perdonar los pecados no tiene nada que ver con el dos por uno ni cosa parecida, ni tampoco con una especie de muestra de la grandeza del Ser supremo inalcanzable para el ser humano, ni una disculpa, cualquiera sea, del daño producido por una conducta deficiente. Mucho menos se refiere a las transgresiones detalladas por las listas de pecados que, desmenuzando los mandamientos mosaicos se fueron creando primero por parte de los escribas y fariseos y después por la autoridades de la iglesia. La raíz de “pecado” es “pecus” la suciedad o mancha Y, si bien es cierto que los pecados personales producen manchas deshonrosas y malsanas en la sociedad, el perdonarlos no produce ningún beneficio ponderable. Más bien podría incidir (y la experiencia es frecuente) en que la disculpa alimente la tentación de repetir la misma conducta ,El sentido bíblico más profundo del “pecado” es el egoísmo humano, raíz de todos  los males. Y el plural “los pecados” se aplica a todos los males que son resultado de ese egoísmo practicado en las más diversas circunstancias. Perdonar los pecados es comprometerse con su remisión, con su liberación y el soplo del espíritu del amor de Dios es el que impulsa el movimiento para analizar las causas concretas de los  padecimientos personales o sociales y consagrarse a colaborar a u disminución o desaparición. Por eso es más grave que la afirmación positiva de perdonar (liberar), la negativa de retener, que conlleva la culpa o irresponsabilidad de no trabajar lo suficiente para remediar los males que nos rodean o afectan a las personas y la sociedad.    La insistencia tradicional  utilizó el texto para aplicarlo a la confesión individual (que no existió hasta el siglo XIII) para que este sacramento se convirtiera en remedio del temor ocasionado por la afirmación casi dogmática que morir con un solo pecado mortal era ser condenado al infierno y, de paso para robustecer, mediante el miedo, el poder eclesiástico y lograr disciplina y obediencia. Pero históricamente, para el tiempo en que se escribió el cuarto evangelio, no había rastros de la confesión de pecados como se practicó después. sino que la confesión era de fe en el amor que se comprometía con remediar los daños causados individual o socialmente por quienes habían obrado mal, con conocimiento y voluntad.

 

 

 

 

Fátima nunca más. Por Mario de Oliveira, Teólogo

I. Dioses contra Dios

En Fátima, como en cualquier otro Santuario o templo, no basta con invocar a Dios, para concluir que estamos frente a una manifestación de fe. Por lo menos de fe cristiana. Cuando mucho, estamos ante una manifestación religiosa, lo que no es lo mismo. De hecho el cristianismo, en sus inicios, ni siquiera quiso aparecer como una religión. Los textos fundantes del Nuevo Testamento, no nos hablan de una nueva religión, sino de una vía o de un camino. Vía o camino que nos ha de llevar, más que a Dios, al encuentro del otro, de los otros, al encuentro de aquellos que no son de nuestra misma “carne y sangre”, y hasta al encuentro de aquellos a los cuales tenemos como enemigos. Para que entre nosotros y ellos, entre todos y entre todas, se establezca progresivamente, una relación de fraternidad. Pues solamente cuando esta relación de fraternidad es efectiva, es cuando Dios es honrado y venerado, y la fe cristiana se convierte en un acontecimiento verdadero. “No todo el que me diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt, 7,21). El Evangelio es así. No admite fugas, que quizás se presenten como muy religiosas, pero que también son muy alienantes, muy deshumanizadoras y muy poco fraternas.

En Fátima, como en cualquier otro santuario o templo, es necesario interrogarnos con humildad pero sin descanso, si es Dios el que está siendo invocado y venerado. Cuál Dios es el que atrae y convoca a las personas allí reunidas. Porque, al contrario de lo que realmente se piensa, no hay un único Dios. Siempre hubo a través de los tiempos , muchos dioses. Y la dificultad en poder discernir, entre tantos dioses, cuál es el verdadero, cuál es aquel que progresivamente nos humaniza y nos fraterniza (aquel que es buena noticia para los seres humanos), siempre fue muy grande. Hoy parece que esta dificultad es aún mayor que en el pasado. Porque los dioses son muchos, y cada vez se presentan más atrayentes y seductores.

Sabemos que Caín, por ejemplo, en los albores de la humanidad -la primera carta de Juan lo recuerda en los albores del cristianismo- según reza el mito bíblico del Génesis 4, 1-16, también invocaba a Dios, cumplía con todos los ritos religiosos, practicaba regularmente la liturgia de su época. Pero sin embargo, todo esto no le impidió, con la mayor de las calmas y con la más tranquila conciencia, matar a su hermano Abel. El dios al cual él invocaba y veneraba y al que ofrecía generosamente las primicias de su cosecha, no era incompatible con el acto fratricida. Por el contrario, él mismo se lo habría sugerido e inspirado, en algún momento del culto.

Está narración no fue escrita con el fin de entretenernos, sino para edificarnos. Para que estemos alertas, para ayudarnos a discernir. Para revelarnos que no alcanza con admitir la existencia de Dios, ser deísta, ser religioso, frecuentar actos de culto a determinadas horas y en locales considerados sagrados, para que seamos automáticamente varones y mujeres humanos, humanizados, fraternos, en una palabra: cristianos. Podemos hacer todo eso y mucho más, como por ejemplo: contribuir con holgadas ofrendas para la construcción de templos y de santuarios, hacer difíciles y dolorosas promesas, y cumplirlas escrupulosamente, tener hasta una buena relación con los sacerdotes de las múltiples religiones que entre nosotros existen y, al mismo tiempo, alimentar sentimientos de odio y de venganza, de celos y de muerte contra el otro, y contra los otros. Y lo que es aún peor , podemos hasta pasar de los sentimientos a los hechos, y matar al otro, a “los enemigos”, a los que no piensan como nosotros, los que no son de nuestra religión, los que no aceptan “jugar nuestro juego”… Y todo esto, sin la necesidad de inquietar nuestra conciencia; al contrario, con todo el sentimiento del deber cumplido, con la calma de quien piensa que es así como se es verdaderamente una persona religiosa.

Escribir y decir estas cosas, puede ser eventualmente impactante para mucha personas, sean éstas creyentes en dios, o ateas. Pero no debería serlo, por lo menos, para los cristianos y las cristianas y sus respectivas iglesias. El cristianismo, que en sus inicios, nunca quiso ser una religión más, entre las múltiples existentes en el imperio romano, sino un camino hacia al encuentro del otro, de los otros, incluso de aquellos que una cierta educación cívica y religiosa los define como enemigos nuestros, para que con todos y con todas hagamos juntos el descubrimiento y la experiencia de la fraternidad y de la comunión cada vez mayor, el cristianismo nació, como se sabe, de la revelación definitiva y más radicalmente liberadora de la humanidad, y también de la revelación más humanizante y fraternizadora.

Jesús de Nazaret, reconocido y proclamado por los primeros adherentes y seguidores como el Cristo, lo fue por fuerza de la resurrección que inesperadamente para ellos sucedió. El había sido, hasta la resurrección, el más odiado de los hombres; condenado a muerte como blasfemo y subversivo y ejecutado en la cruz. Ahora bien, quien está por detrás del crimen mayor de la historia de la humanidad, quienes conducen el proceso hasta su consumación, son hombres religiosos, profundamente creyentes en Dios, puestos al frente de la institución religiosa más sagrada. Y cuando los príncipes de los sacerdotes y el sanedrín procedieron, junto a los teólogos del templo, lo hicieron con la convicción de que, de esa manera daban gloria a Dios, al Dios que rendían culto y adoraban en el grandioso templo de Jerusalén. Tal es así, que después de cometer tan horrendo crimen, continuaron, con sus conciencias tranquilas, frecuentando el templo y promoviendo el culto en honor a su Dios, en los días y a las horas exactas.

¿Pero que paso con Jesús de Nazaret, llamado el Cristo? Se convirtió, por lo menos para los cristianos y las cristianas, y para sus respectivas iglesias, en el acontecimiento más revelador de la Historia, la Luz que ilumina a todo ser humano que nace en este mundo. Es el nuevo y definitivo Big-Bang de la creación de la humanidad y del mundo nuevo. Lo nuevo y definitivo comenzó. En Él y con Él la Humanidad nació de nuevo, nació definitivamente fraterna y solidaria.

Sabemos por esto, y de manera definitiva a partir de Jesús crucificado a quien el Padre resucitó, que de hecho, Dios nunca fue una realidad unívoca. Hay muchos dioses. Está Dios y están los dioses. Y hay una lucha de los dioses contra Dios. Hay dioses altamente peligrosos, asesinos y opresores, que no se sienten bien sin víctimas inocentes, cuya sangre reclaman insaciablemente. Dioses sádicos que devoran a sus adoradores esclavizándolos y degradándolos. En una palabra dioses que hacen que las personas se deshumanicen y que lleguen incluso a matar. Así es como ellos son, y como hacen que sean sus adoradores, que suelen ser muy religiosos, como Caín, pero también asesinos como él. Suelen ser a imagen y semejanza de los dioses que invocan y rinden culto.

Y está el Dios de las víctimas, él mismo víctima de los dioses todo poderosos y asesinos, El que resucitó a Jesús de entre los muertos; éste es el Dios de Jesús y el Dios de los hombres y de las mujeres que prosiguen su Causa (cristianos, cristianas, y todas las personas de buena voluntad), el Dios vivo que vive y que hace vivir. El Dios que no quiere otro culto que no sea la promoción de la vida, y la vida en abundancia para todos, El Dios que no sólo no quiere víctimas ni genera víctimas, sino que además trabaja siempre para bajarlas de la cruz. El Dios que se manifiesta en el mirar y en el cuerpo de las víctimas de la historia, a partir de las cuales lanza la pregunta más perturbadora y desafiante, también la pregunta que potencialmente genera más fraternidad, dirigida a todos los que lo invocan como lo hizo Caín, pero que al mismo tiempo matan a sus hermanos: ¿Dónde está tu hermano?, ¿qué hiciste con tu hermano?, o esta actualización de la misma pregunta: ¿Por qué me persigues? (Hch 9,4).

II. Del Dios de Fátima, líbranos, Señor

Dos niños que mueren y una tercera que sobrevive pero es separada de su tierra e impedida para siempre de llevar una vida como las de otras personas (primero, la internaron, secretamente, en el Asilo de Vilar, en Oporto y, después, la mandaron a España y la convirtieron en una monja enclaustrada para el resto de su vida, situación que, luego de 76 años de los acontecimientos de 1917, ¡aún continúa!), he ahí el principal balance de las llamadas “apariciones de Fátima”. Probablemente, nunca nadie en la Iglesia Católica se atrevió a mirar las apariciones desde este ángulo.

Que no piense nadie que escribimos esto para unirnos a los llamados “enemigos” de Fátima. Lo que nos mueve es la fidelidad al Evangelio y al Dios de Jesús, a quien María de Nazaret, cantó mejor que nadie como libertador y salvador de la humanidad, particularmente, de los pobres y excluidos. La lectura que hicimos del libro más importante sobre Fátima, Memorias de la hermana Lucía, nos obliga a ello. Porque el Dios que allí se anuncia y revela no tiene nada que ver con el Dios revelado en Jesús de Nazaret. Se relaciona más bien con un Dios sanguinario, que se complace en el sufrimiento de inocentes, un Dios creador de infiernos para castigar a quienes dejan de ir a misa los domingos, o dicen palabras desagradables, un Dios incluso peor que algunas de sus criaturas.

A los lectores y lectoras les pedimos que, en vez de escandalizarse, traten de leer también el libro de la Hermana Lucía. Porque, si lo hacen, a la luz del Evangelio de Jesús, acabarán, probablemente, orando junto con nosotros: “Del Dios de Fátima, ¡líbranos, Señor!”.

El libro de Lucía nos hace retroceder en el tiempo y sumergirnos en el ambiente religioso y eclesiástico en que tuvieron que vivir los niños de Fátima, alrededor de 1917. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Pero el terror que se respiraba, sobre todo en los medios populares y rurales, no venía de ahí. La catequesis familiar y parroquial, así como las predicaciones dominicales y otras, entonces muy recurrentes, constituían un género de terror no menos intenso y, también, no menos nefasto y criminal. Porque incidía sobre la conciencia de las personas, especialmente de los niños, pequeños seres indefensos y cargados de sensibilidad, dispuestos a creer en todo lo que les dicen los adultos, padres y madres, y también obispos y párrocos, cuya palabra era, míticamente, escuchada y atendida, como si fuese la voluntad de Dios presente en medio del pueblo. (El libro de Lucía muestra hasta la saciedad, que ella misma, incluso hoy, tantos años después, se mantiene en esta visión mítica de la realidad, también de la realidad eclesial, aunque tal visión sea totalmente ajena al mensaje liberador del Evangelio).

Jacinta y Francisco, además de Lucía, respiraron un ambiente así. El libro no deja dudas, para quien sepa leer entre líneas, críticamente, sin dejarse envolver por el misticismo religioso, casi patológico, en que está escrito.

Se percibe muy bien que el terror es una constante en las vidas de estos tres niños. Vivían atribulados por el pecado, con el infierno y con los pecadores que se van, por montones, al infierno. Todo era pecado para ellos. Hasta darle un beso a otro niño en el juego de las prendas. Dar un beso, para Jacinta, por ejemplo, sólo es posible a Nuestro Señor, en la imagen del Crucificado. Como si otro niño o niña, compañero de juegos, no fuese mucho más imagen de él, sino sólo ocasión de pecado. (¿Quién instigó una visión tan moralista en la pequeña y angelical Jacinta? ¿Qué satánica catequesis le distorsionó tan gravemente la mirada? ¿Quién le arrebató, tan tempranamente, la naturalidad?).

En ese contexto, todo puede llevar al infierno. Dios, a los ojos de estos niños, está tan cansado de los pecados de sus criaturas humanas, que su ira está a punto de rebasar los límites, lo cual no sucederá si ellas aceptan sufrir-sufrir-sufrir, hacer toda clase de sacrificios por amor a Él y por la conversión de los pecadores y, al mismo tiempo, rezar muchos rosarios.

Como no podía ser de otro modo, los niños que reciben toda esta información (sensibles e indefensos como sólo ellos son) sufren, lloran, tienen dolor por Nuestro Señor. Y comienzan a pensar en ofrecerse como víctimas, hasta la muerte, para desagraviar a Dios y, de alguna manera, forzarlo a perdonar a los pecadores. Quedan completamente poseídos por una mística de la muerte, una mística sacrificial, que habla más bien de un Dios que se alimenta de gente, en vez de una mística de vida, la única que el Dios de Jesús puede inspirar a sus hijos e hijas, ya que Él mismo es un Dios que trabaja continuamente para que todos tengamos vida y vida en abundancia. Verdadera tortura Vivir en un clima de una religiosidad así se volvió una verdadera tortura. Por lo menos, para estos niños aterrorizados, que siempre toman todo en serio. Se volvió también un riesgo terrible. El riesgo de llegar a ser condenados al infierno. Bastaba con cometer algún pecado. Y el pecado, para ellos era, por ejemplo, decir palabras feas o hacer pequeñas travesuras. Lo suficiente para ser condenados al infierno, descrito por ellos mismos con imágenes sumamente terroríficas. Nunca más, entonces, estos niños pudieron sentir la voluntad y la disposición de hacer sacrificios por los pecadores. El infierno era, finalmente, la gran amenaza para todos y lo que con mayor probabilidad podía sucederle a cualquiera. Y, para los pecadores, más que amenaza era ya una certeza. En un clima así, de religiosidad verdaderamente despojada de Evangelio, peor aún, contra el Evangelio, no es de extrañar que el deseo mayor de estos niños fuese el de ir al cielo porque ésa sería la única manera de no caer en el infierno, donde quien cae queda, para siempre, ardiendo en el inmenso horno de fuego en compañía de los animales más asquerosos y horrendos. Por lo que cuenta Lucía, en este libro, los dos hermanos, Jacinta y Francisco, vivían aterrorizados por el infierno. Era lo más natural. La madre, en las frecuentes catequesis familiares que les administraba, exageraba bien los colores del terror. Y los predicadores de las misiones parroquiales que seguían, con fidelidad, el libro Misión Abreviada, no se quedaban atrás. Por eso es que, en un ambiente así, de verdadero terror teológico, lo que más espanta y escandaliza a quien hoy busca ser discípulo de Jesús y dejarse conducir por los valores de su Evangelio liberador, es que aquella Señora la que los niños dicen que vieron y escucharon los días 13 de los meses de mayo octubre de 1917, a pesar de decir que venía del cielo, es decir, de Dios, no haya aparecido para liberarlos del miedo y convidarles la alegría de vivir. Por el contrario, comienza por anunciarles, a los dos más pequeños y también más aterrorizados, que en breve les llevaría al cielo, una manera eufemística de decirles que iban a morir antes de tiempo.

Catequesis terrorista

En lugar de la buena noticia liberadora de que Dios quiere que ellos vivan y vivan en abundancia, les anuncia que pronto van a morir. En el fondo, se limita a reproducir y legitimar la catequesis terrorista y negadora del Evangelio que los niños constantemente escuchaban en su casa y en la parroquia.

Pero lo más chocante todavía estaba por venir: la aparición en la que, en julio, durante el diálogo que mantiene con ellos, les muestra a los tres niños el infierno y la impresión que les causa es tal, sobre todo en Jacinta y Francisco, que bien podría decirse que los dos hermanitos, de tierna edad y de salud manifiestamente debilitada, nunca se repusieron de esta visión terrorífica y acabaron por morirse del susto, además de la fragilidad que, por otra parte, se apoderó irreversiblemente de sus cuerpos, una vez que tanto ella como él, desde entonces, nunca más consiguieron ser niños como los demás, ni lograron jugar relajadamente, ni encararon la vida como niños saludables (Francisco, por ejemplo, hasta dejó de ir a la escuela, y en vez de eso, prefería esconderse en la iglesia ¡a rezar por los pecadores!) y nunca más se alimentaron bien.

En todos los momentos, a partir de aquel día, la visión del infierno persiguió a los dos niños, aterrorizándolos, obligándolos a rezar por los pecadores, y forzándolos a hacer sacrificios por la conversión de los pecadores. El libro de las Memorias de Lucía da testimonio de que los dos hermanitos eran capaces de pasar días enteros sin comer, daban su merienda a las ovejas, no bebían ni gota de agua en pleno mes de agosto, andaban todo el día, e incluso durante la noche, con una cuerda amarrada permanentemente a la cintura, hasta sangrarse.

Masoquismo religioso

Con estas actitudes, cargadas de masoquismo religioso y sacrificial, pretendían -con una ingenuidad e inocencia sobrecogedoras y de las que personalmente no eran responsables sino víctimas- consolar a Nuestro Señor y al Papa (la preocupación por el Papa surgió después de que, en cierta ocasión, un sacerdote les habló de él y les informó que estaba siendo perseguido por los “enemigos” de la Iglesia).

Se llegó, así, a la inversión total de la Buena Noticia que es la revelación de Dios en la Historia de la Humanidad y que culminó en Jesús de Nazaret, la mayor y más liberadora Buena Noticia que los empobrecidos del mundo y todos los que, oficialmente, son tenidos como pecadores, alguna vez pudieron oír.

En este caso de Fátima, en vez de que Dios sea aquel que viene como compañero y padre con corazón de madre, a consolar a los niños y liberarlos del terror y del sufrimiento en que una catequesis sacrificial y sádica los había condenado a vivir, son los niños quienes lo consuelan y se autoinmolan para conseguir que Él, a la vista del sufrimiento de ellos, víctimas inocentes, contenga su ira y desista de llegar actuar contra las criaturas humanas y pecadoras. En otras palabras: ellos se reducen para que Él crezca, en una liturgia típicamente sacrificial, pero también verdaderamente repugnante, que, cuando sucede, es siempre un insulto al Dios de Jesús y, simultáneamente, una de las causas principales que explican el crecimiento del ateísmo en el mundo.

Urge evangelizar a Fátima

Puede, pues, decirse que el libro Las memorias de la Hermana Lucía -donde ella escribe todo lo que recuerda de sus tiempos infantiles, en Fátima, escrito por obediencia a algunos hombres de la Iglesia que, extrañamente, se atribuyen una tal autoridad sobre ella, porque incluso le dieron órdenes terminantes- contiene y vehicula una teología (reflexión sobre Dios) en las antípodas de la teología cristiana.

Se trata de una teología sobre un Dios que sigue siendo el Dios de mucha gente, pero que tiene que ver más bien con un ídolo devorador de pobres, bastante peor que algunas de sus criaturas, un Dios a imagen y semejanza de los verdugos que sólo calma su ira castigadora y destructiva con sangre, mucha sangre, de víctimas inocentes, un Dios justiciero, verdugo, sanguinario, un Dios contra el hombre y la mujer y sin entrañas de misericordia, tirano y déspota, un Dios intrínsecamente perverso, a quien es preciso apaciguar y cuyo brazo justiciero está presto a caer sobre la humanidad, cosa que no sucede aún porque, felizmente, tenemos junto a Él a una criatura, la más santa de todas y, por lo que parece, más misericordiosa que Él, la Señora del Rosario que ha conseguido calmarlo.

Pero ella misma está a punto de no poder soportar más la ira y el odio de Él contra la humanidad y, por eso, decidió bajar del cielo a la tierra, más concretamente a Portugal, donde algunos años antes, por coincidencia, se instauró una República masónica y atea, para pedir a tres niños inocentes que la ayuden en esta ingente tarea.

“¿Queréis (les dijo, en su primera aparición) ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” Los niños, educados en una catequesis sacrificial y terrorista, dijeron que sí. Y, como ellos, mucha gente aún hoy le sigue diciendo lo mismo a ese Dios. Sólo quien no quiera ver puede ignorar que, en Fátima, el Dios más buscado por las personas que sufren dolencias y aflicciones de todo tipo, es un Dios así. Un Dios que nos espanta, que inspira miedo, que nos castiga, nos da y quita la vida, según el humor del momento. Un Dios que exige sacrificios humanos, que se complace en ver autoflagelarse a los pobres, en una inmolación que puede llegar hasta el límite de las fuerzas y de la vida. Un Dios en rebeldía hacia el Evangelio, con más de demonio que de Dios, quien desde los albores de la humanidad ha vivido en nuestro inconsciente colectivo, en donde, manifiestamente, aún no ha llegado la buena nueva liberadora de todo miedo, que es el Evangelio de Jesús.

La Iglesia Católica, que desde el principio ha administrado a Fátima, no ha sido capaz aún de evangelizarla. ¡Y vaya que es necesario! Por el contrario, se ha mostrado más interesada en aprovecharse sacrílegamente del fenómeno. Tal vez porque él, como dice la publicidad de la lotería, es fácil, barato y da millones. Y garantiza elevadas estadísticas, a la hora de contabilizar a los católicos portugueses, lo que da mucho más poder reivindicativo a la respectiva jerarquía, frente al poder establecido.

Ha llegado la hora de cambiar. Desde la raíz. ¿Es arriesgado? Sin duda. Pero también es imperioso y urgente. Está en juego el Nombre de Dios, del Dios revelado en Jesús de Nazaret. Está en juego la fe cristiana. Y, sobre todo, está en juego la humanidad, particularmente, la mayoría empobrecida y oprimida, también en nombre de un cierto Dios que, en Fátima, continúa dictando, impunemente, su ley sacrificial.

Los teólogos cristianos tienen, pues, una palabra que decir. Con lucidez y valor. Con discernimiento. En la lucha de los dioses en que vive la humanidad, la palabra de los teólogos es insustituible. Puede ser, para algunos, martirial, como ha sido para otros compañeros nuestros en América Latina. Pero no pueden dejar de hablar los teólogos. Tampoco las comunidades cristianas donde ellos se encuentran. Pactar, aunque sea con el silencio, es un pecado contra los pobres y contra el Espíritu Santo.

Y es que Dios, el Dios de Jesús, en vez de crear infiernos para los pecadores (¿y quién no lo es?), los acoge y come con ellos. Por pura gracia. En vez de hacer víctimas, las baja de la cruz. Y está empeñado, como creador que es, en hacer de esta tierra, aún con mucho de infierno, una nueva tierra, donde Él viva con nosotros y entre nosotros, para siempre, como Emmanuel. Y María, la madre de Jesús, lejos de andar por ahí pidiendo sacrificios y el rezo de muchos rosarios por la conversión de los pecadores, es la mayor poeta de este Dios totalmente ocupado en la liberación y salvación de la humanidad y empeñado en llevar a su término la creación del mundo, iniciada hace muchos millones de años. Una creación demorada, porque Él no la quiere hacer sin nosotros, sino junto con nosotros. Y también porque respeta infinitamente nuestra libertad sin jamás perder la paciencia, a pesar de los innumerables disparates que cometemos contra nosotros mismos, contra los demás y contra la Naturaleza que nos sirve de cuna. Y es así porque nos ama infinitamente. Pues ni siquiera puede hacer otra cosa.

Fuente: Este texto es un extracto del libro del mismo título que fue publicado en Portugal en abril de 1999 por la Editora Campo das letras. Servicios Koinonia

Desconcertante Francisco. Por Celso Alcaína

Acabo de leer que el papa Francisco pretende canonizar en mayo a Francisco y Jacinta, dos de los niños videntes de Fátima. En el 2000 ya fueron beatificados por Juan Pablo II. Una curación de un niño brasileño justificaría esta canonización.

En más de una ocasión me manifesté sobre canonizaciones y milagros. La última, en mi reciente libro ROMA VEDUTA. Llego a concluir que Francisco tuvo en su mano la ocasión para clausurar la Congregción de las Causas de los Santos.

Este dicasterio fue creado como autónomo por Pablo VI en 1970. Con anterioridad, era una sección de la Congregación del Culto. A partir de entonces, surge un inusual incremento de beatificaciones y canonizaciones. Una devaluación de la santidad canónica que, tangencialmente, produce unos mayores ingresos extra para el Vaticano. El tradicional elenco de los santos se duplicó. Juan Pablo II beatificó y canonizó a más personas que todos sus antecesores juntos.

Se comprende que la Iglesia Católica ensalce o proponga como modelos a algunos de sus miembros después de su muerte. Lo hacen los pueblos con sus próceres. De manera similar, lo hacen las organizaciones o instituciones con sus mejores miembros o líderes. Pero la normativa eclesiástica de beatificaciones y canonizaciones está plagada de puntos negros, incomprensibles, escandalosos.

En el 2014, Francisco canonizó conjuntamernte a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Un acto de clara endogamia, de exhibición, populismo, autoritarismo, discriminación y puede que deshonesto. El Papa que los canonizó, así como los responsables del evento, fueron beneficiados por uno u otro en vida. De forma claramente discriminatoria, el Vaticano “dispensó” a Juan XXIII del segundo milagro, requerido por Ley para todos los candidatos a la canonización. Es una “dispensa” similar a la que había realizado Pablo VI a favor de nuestro Juan de Ávila. En el caso del “santo súbito” estamos ante una canonización “exprés”.
No se ha tenido en cuenta la repulsa de muchos fieles hacia Juan Pablo II, paticularmente – y no sólo – por la involución operada respecto al Concilio Vaticano II. También por su conocida desidia o complacencia en el tratamiento de eclesiásticos pederestas.
Días después de la doble canonización, los medios han dado a conocer la inminente beatificación de Pablo VI. Al parecer, por su intercesión, un feto diagnosticable inviable por los médicos se habría convertido en viable. La madre californiana se habría encomendado a Montini para dar a luz el fruto de su vientre, no obstante los negros pronósticos de los médicos. El bebé nació sin problemas.

Mi estima y veneración por Pablo VI están fuera de duda. Como persona y como Papa fue superior a los dos ya canonizados. Este mi favorable juicio no se debe exclusivamente a que Pablo VI me haya distinguido llamándome a ser su colaborador. Se esperaría que yo aplaudiera su beatificación. No es así. Estoy convencido de que en santidad y ejemplaridad Montini no fue superior a muchas personas de las que nadie ha propagandeado su nombre para que de ellos se imploren “favores” y milagros.

De siempre, me ha parecido una injusticia, cuando no una puerilidad. Una intolerable discriminación de parte de Roma y, aparentemente, también de Dios. Casi siempre está de por medio el dinero. A veces es el oportunismo. Apropiarse de un genio, de un famoso, de un superhombre o una supermujer. ¿Por qué Dios favorecería a una determinada persona entre miles que piden lo mismo y que están en similares condiciones? Y, sobre todo, ¿por qué siempre se trata de curaciones corporales?

Porque existen otros campos susceptibles de una intervención del Todopoderoso y que reducirían la sospecha de fuerzas naturales todavía – y siempre – desconocidas. ¿Por qué un candidato a santo no atiende al devoto que implora la interrupción repentina del avance devastador del Estado Islámico o la guerra de Siria? ¿Por qué no paraliza tsunamis como el del Pacífico Sur, de Japón o de Indonesia? ¿O multiplica panes y peces para millones de hambrientos, aunque sólo fuera para la India? Y, limitándonos a lo sanitario, ¿por qué no cura repentinamente a todos los afectados por el cáncer, por la sordera o por la ceguera y no sólamente a un individuo?

El sistema eclesiástico actual de responsabilizar a Dios de la santidad de una persona es inmoral. Es un descrédito del Creador. Tú, Dios, has hecho el milagro firmando la canonización. Si el canonizado no lo merecía – inclusive cuando se pruebe que no lo mereció – , la culpa es tuya por haber usado tus poderes taumatúrgicos en su favor- Todavía más inaceptable es que el Papa, ¡al parecer en directa comunicacióin con ese dios!, puede conocer que el candidato está en el cielo, sin necesidad de milagros. Como queda dicho, sucedió con Juan de Ávila, otrora condenado por hereje, a quien Pablo VI “dispensó” de los milagros.

La canonización de los dos niños videntes de Fátima reviste claro carácter de oportunismo. Conocemos las iniciales razonables reticencias romanas a tales apariciones. Sabemos de las reticencias religiosas y científicas a todas las apariciones de la “Señora”. Roma se adueñó del fenómeno Fatíma por proselitismo. Lo mismo que Lourdes, Fátima resultó ser un vivero de devotos católicos. La canonización de los niños Francisco y Jacinta se enmarca en ese proselitismo. No son modelo de nada. Como mucho, fueron víctimas de un episodio paranormal.

En el Vaticano, tuve que estudiar el diario de Lucía, la otra niña vidente de Fátima, muerta casi centenaria. Nada extraordinario. Una monja algo engreída por el trato recibido del mismo Vaticano. Dudosamente histérica. Pablo VI y Benelli controlaban sus escritos y movimientos para evitar males mayores. Su tercer secreto fue conocido por mí. No coincide con cuanto se publicó. Sólo contiene inconsistentes afirmaciones: obispos contra obispos, muerte de un papa… Algo parecido al segundo secreto: la conversión de Rusia.

Concluyo. Un dios que discrimina a sus criaturas, aunque sea positivamente, no es el Dios. Un dios que encumbra a los ricos y famosos, a los poderosos y fundadores de algo, a los amigos de los jerarcas, postergando a los humildes y anónimos, ése no es el Dios. Implicar a nuestro Dios en tales hechos y para tales fines es simplemente un imposible, un infantilismo que conlleva la negación de Dios.

Los fenómenos inexplicables son sólo eso, inexplicables. La hipótesis de que Dios creó el mundo con sus leyes es la más plausible. Resulta absurdo que cada poco, incluso una sola vez, ese Dios haga excepciones a sus leyes. Todavía más absurdo cuando se lo demanda algún que otro humano y con el fin de encumbrar a un humano. Entendemos y creemos que Dios creó este mundo con amor, para que nos amemos y deja que la Naturaleza siga sus propias sabias leyes.

 

CELSO ALCAINA fue funcionario del Vaticano con Pablo VI. Es autor del libro “ROMA VEDUTA. Monseñor se desnuda”.

Homilías Dominicales. Domingo 26 de febrero d 2017 – 8vo. Durante el año litúrgico. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Mt.6,2434)

Nadie puede servir a dos señores: porque aborrecerá a uno y amará al otro. No se puede servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: no anden preocupados por sus vidas, sobre qué comerán, ni por sus cuerpos ¿con qué nos vestiremos?  Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? Por lo demás quié de ustedes puede, por más que quiera, añadir un solo instante a la medida de su vida’ Y del vestido¿por qué preocuparse? Observen los lirios del campo cómo crecen, no se fatigan, ni hilan. Pero les digo que ni Salomón en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Si a  la hierba del campo y mañana se echa al horno, Dios la viste de ese modo ¿qué hará con ustedes, hombres de poca fe? No anden entonces preocupados diciendo ¿qué vamos a comer? Qué vamos a beber? ¿con qué vamos a vestirnos?  De todas estas cosas se preocupan los paganos, Su Padre celestial ya sabe que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero el reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá como añadidura. No se preocupen del mañana que  el mañana se preocupa de sí mismo. A cada día le basta su preocupación.

Síntesis  de a homilía

Si no hubiera otros pasajes evangélicos que tienen distinto contenido porque incitan a trabajar y buscar el pan de cada día y a compartir, como valor fundamental del Reino, y  a no  quedarse dormido porque el sembrador del mal no descansa y mantenerse alertas para que el ladrón no entre a depredar, lo que dice Mateo, sacado del contexto de las fervorosas primeras comunidades, sería una excelente propuesta de discurso para quienes actualmente nos gobiernan. Los pobres abandonados a la “buena de Dios”. Sin preocuparse por el precio de los alimentos y no poder traerlos a la mesa familiar, por acostarse pensando en el mañana que cada vez se vuelve más incierto con la amenaza de despidos y la inmersión del salario en el mar de la inflación. Por suerte, todavía no se han descubierto estos pasajes para usarlos como resistencia a los reclamos justos de los menos favorecidos por el sistema, porque ya estarían transformados en grandes letreros que indujeran sugestión de que las cosas no son como son.

En realidad, el panorama presentado en esta página de Mateo constituye una especie de apertura del libro de la creación como el gran argumento de la presencia y la acción divina en los seres humanos, Un libro cuyas páginas (las llenas de maravillas realizadas y las que se ofrecen para construir)  animan  a no abandonar los esfuerzo de superación de todas la limitaciones naturales y producidas por nuestra propia conducta.  Para lo cual hay que estar convencidos de que la naturaleza en  que estamos insertos, como seres racionales nos brinda posibilidad  tanto de prolongar la acción creadora como de frustrar la perfección de lo creado.    A través de los tiempos,  las diversas propuestas religiosas han ido estableciendo distintos modos de asegurar la presencia divina en la historia. El recurso a lo “sagrado” que muchas veces se identifica con lo “raro” por desconocer su origen,  se  ha utilizado para influenciar la imaginación en el logro de los llamados milagros.      A veces han predominado también las  características alienantes de responsabilidades, como la llamada “fe en la providencia”  Otras, con menosprecio tanto de las ofertas de las realidades naturales como de  los signos de los tiempos que las varían y actualizan para que establezcan  conductas provechosa para todos.                             La frase definitiva con que se inicia el pasaje, es para tenerla en cuenta durante toda la lectura Nadie puede servir a dos señores, orientar su vida en dos rumbos. Y lo  ciertamente rechazado como opción, es, sin duda alguna  EL DINERO- La radicalidad de esta afirmación condena, desde siempre, lo que hoy está instalado de manera evidente y agresiva en nuestra sociedad. La supremacía concedida a ese “señor” es la causa de la angustia preocupante del mañana que nos aqueja con frecuencia.