Homilias DominicalesJosé Guillermo Mariani

Domingo 12 de Agosto de 2012 – 19 durante el año litúrgico (ciclo”B”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Juan 6, 41-51)

Los judíos que lo escuchan, comienzan a murmurar sobre Jesús que ha afirmado que es el pan venido del cielo. Y   dicen: ¿Acaso no es éste el hijo de José?  Nosotros conocemos a su padre y su madre ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Jesús les dijo entonces: Dejen de murmurar. Nadie puede llegarse a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré el último día. En los libros de los profetas se dice “Dios instruirá a todos” Así que todos los que escuchan al Padre y aprenden de él, vienen a  mí. No es que alguien haya visto al Padre, el único que lo ha visto es el que ha venido de Dios. Les aseguro que quien tiene fe tiene la vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto y, a pesar de esto, murieron. Pero yo hablo del pan que baja del cielo y el que lo come no muere. Yo soy ese pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo y lo daré por la vida del mundo.

 

Síntesis de la homilía

El cielo interpretado como un lugar distinto de la tierra es lo que provoca la desorientación de los que escuchan a Jesús. Por eso la dificultad queda centrada en que ellos conocen a sus padres y entonces no puede haber venido del cielo o de otro planeta.

Esta confusión que implica la separación absoluta de lo que llamamos cielo, con respecto a la tierra en que vivimos y transcurre nuestra historia, es lo que Jesús trata de remediar. El cielo no es un lugar, un planeta distinto. El cielo es el Padre, Dios, expresado en toda la creación, pero de la manera más accesible a nosotros, en un ser humano, con padre y madre: Jesús de Nazaret. Un ser humano que transforma al Dios lejano, poderoso e inalcanzable, en accesible para el hombre porque se expresa en otros hombres y de manera particular en su enviado Jesús el hombre nuevo.

La imagen del pan, alimento tradicional cuya elaboración depende del conocimiento y trabajo del hombre sobre la naturaleza, aparece para dar idea de la compenetración de lo divino con lo humano en Jesús (pan del cielo) y de la profundidad con que la aceptación de su mensaje y su práctica de vida, pueden ser vividos por quienes confían en él para ponerse en contacto con la vida verdadera, con la vida en Dios, con la vida en el Amor.

Siempre se ha afirmado que este pasaje tan largo de Juan tiene fuerte tinte eucarístico. Juan es, efectivamente el único escritor de evangelio que no relata la institución de la eucaristía en la última cena, reduciéndose a trasmitir el signo de fraternidad del lavado de pies para dejar bien claro que el fruto de comer el pan que es él mismo, es la exigencia de la comunión que construye el reino de los cielos en la tierra.

La visión propagada abundantemente de que el comer el pan eucarístico (comulgar) contagia de inmortalidad, resurrección o vida eterna, constituye de alguna manera una desfiguración del auténtico sentido  eucarístico, ya que transforma en fruto individual lo que es de perspectiva comunitaria y universal, la comunión del reino.

La separación entre cielo y tierra, entre el hombre y Dios, entre lo sagrado y lo mundano que ha adquirido muchas veces una vigencia extraordinaria no es propia de lo cristiano.

Por eso mismo las constantes fricciones entre los que comprometidos fuertemente con el mundo en su realidad completa, es decir abarcando toda la actividad humana y por tanto  su aspecto más dificultoso que es el sociopolitico, y quienes quieren o acostumbran visualizar el cristianismo como una religión que nos une a Dios separándonos del mundo.

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