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Homilías – Martes 25 de diciembre de 2012 – Festividad del Nacimiento de Jesús. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema (Lc. 2,1-14)

Salió por entonces un decreto del emperador Augusto mandando hacer un censo en el mundo entero. Fue el primero, siendo Quirino gobernador de Siria. Todos debían inscribirse en su ciudad de origen. También José por ser de la estirpe y familia de David, subió desde Galilea, la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, con María que estaba embarazada. Mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y María dio a luz a su hijo primogénito al que envolvió en pañales y recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. En aquella misma comarca había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie cuidando sus rebaños y se les presentó el ángel del Señor envolviéndolos de claridad, lo que los asustó mucho. Y les dijo: No teman porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo.

En la ciudad de David, les ha nacido un salvador que es el mesías, el Señor. Les servirá de señal que encontrarán un niño en pañales reposando en un pesebre. De pronto alrededor del ángel se reunió la multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: gloria a Dios en lo más alto  y  paz en la tierra a los hombres y mujeres que son de su agrado.

 

Síntesis de la homilía

A pesar de los datos de Lucas tratando de injertar en la historia humana el nacimiento de Jesús y todos sus esfuerzos por destacarlo como un hecho que conmovió al cielo y la tierra, sólo mucho tiempo después fue posible determinar la fecha e historicidad relativa de su relato. Ya para entonces la primeras generaciones de cristianos habían encontrado el modo de explicarse la humanización de Dios que muy pronto se designó como “encarnación” recurriendo a las imágenes paganas y mitológicas a que estaban acostumbrados. Así en las catacumbas romanas más antiguas  NERON (54 al 68) ponen las cabezas de Dios padre con barba larga, jesús y el espíritu sobre los cuerpos de los dioses paganos.

La virginidad como hecho simbólico de que en la concepción de Jesús no existe complicidad alguna el espíritu del mundo es la gran afirmación que se abre paso desde el nacimiento de Jesús. San Agustín, Calderón de la Barca, los gnósticos antiguos y muchos budistas coincidieron al parecer, en la afirmación de que para el hombre el mayor pecado es nacer. Su pecado de origen. Todo nacimiento entonces resulta expresión de una violencia carnal. El nacimiento de Jesús en cambio, es fruto del espíritu de amor, la máxima señal de liberación, que abre un espacio de vida para los enfermos, los pobres, los hambrientos y derrotados de la historia.

Decía un sobreviviente del holocausto nazi H.Arendt, que sólo si aprendemos a nacer de un modo distinto, NO PARA LA SEGURIDAD Y CONSUMO de un sistema homicida (Herodes)

seremos capaces de sobrevivir sin caer en los campos de concentración de ese sistema que sólo nos deja nacer como esclavos del consumo.

Cada nacimiento o renacimiento (lo que llamamos hombre nuevo) debe ser en ese sentido, nacimiento virginal, de ruptura e inversión de la potencia esclavizante del egoísmo humano.

La ingenuidad de la ternura con que el andar del tiempo ha revestido aquel nacimiento ignorado para el Imperio, es traducción del anhelo profundamente humano de renacer como hijos de Dios y hermanos de los demás hombres. Vivamos esa ternura no sólo como producida por la simplicidad pacífica de la navidad, sino para introducirla como valor importante en nuestra historia personal y social encaminándola por la justicia hacia la verdadera paz.

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