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Homilías Dominicales. Domingo 11 de junio de 2017.- Santísima trinidad.- Por Guillermo “Quito” Mariani

 Tema (Juan 3,16-18)

Decía Jesús a Nicodemo: Dios amó tanto al mundo que le dio a su hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a este hijo para condenar al mundo sino para que mundo se salvara por él, El que cree en él no será condenado, pero el que no cree ya está condenado porque no ha creído en la persona del hijo privilegiado de Dios.

Síntesis de la homilía

La fiesta de la Trinidad cierra el período pascual y es como si la comunidad eclesial comenzara a caminar sin la presencia de su fundador, guía y amigo Jesús de Nazaret.  Porque  esta consumación del amor del Padre aceptando la ofrenda de su hijo por la resurrección, visibilizada de manera misteriosa pero profundamente real en sus efectos, pone en juego todo el proyecto del Dios creador, testimoniado con la palabra y acción liberadora de Jesús cuyo espíritu se ha convertido en animador y fuerza para los primeros discípulos, la raíz del nuevo reinado de Dios proclamado por Jesús. La realidad del Padre, aparece tardíamente comoTrinidad, en un contagio con la cultura romana, que brinda la oportunidad de hacer penetrar el mensaje cristiano en lo más refinado de la cultura greco-romana, sus  filósofos y su prestigio científico. El resultado no tuvo la característica de universal que Jesús quiso darle siempre a su `propuesta liberadora. Satisfizo intelectualmente pero se convirtió en ininteligible para la mayoría del  pueblo que, en la alternativa de contrariar o someterse a esta explicación demasiado elevada especulativamente recurrió a la fe, como capacidad extraordinaria para aceptar lo ininteligible y hasta aparentemente contradictorio fuera del sistema filosófico aristotélico que, desde el siglo XIII comenzó a designarse como aristotélico-tomista por la magistral intervención de Tomás de Aquino para trasmitir al pueblo la sustancia de la teoría de Aristóteles. Nuestra catequesis, imposibilitada de llegar a explicaciones tan sofisticadas se resignó durante mucho tiempo a no mencionar la palabra Trinidad calificada como el  mayor misterio de la fe porque exigía aceptación en la oscuridad de lo incomprensible.  Hay que tener en cuenta que este proceso dañó la eficacia y los resultados de la predicación de la Iglesia, en muchos aspectos. Se había convertido la inmensurable realidad del amor divino en misterio incomprensible en contra de lo tremendamente comprensible de ese amor manifestado en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús como hechos de nuestra historia terrenal.

A los constantes esfuerzos teológicos por actualizar las formulaciones dogmáticas y -entre ellas las de la Trinidad divina,- coronó la “teología de los pobres”, convertidos en centro de la atracción y preocupación universal,  de manera muy eficaz, el movimiento nacido en países del llamado tercer mundo, conocido como” teología de la liberación”  que la Iglesia católica no pudo, ni supo, ni quiso aceptar como la mejor traducción de la acción trinitaria y por tanto de la revelación de su sentido, en la historia de la humanidad.

 

 

 

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