José Guillermo MarianiReflexiones de Actualidad

Napalpí. Por Guillermo “Quito” Mariani

 Ayer el algodón hoy la soja. Ayer Chaco hoy, los países democráticos de Latinoamérica. Un  nuevo aniversario de la matanza de Napalpí en el Chaco que, entonces territorio nacional, el diecinueve de Julio de 1924. Y otra vez el silencio y el olvido.

Unos doscientos aborígenes de diversas tribus, cercados por el ejército provistos de winchesters y mausers. La confianza en que los dioses qom  los protegerían de las agresiones de los blancos invasores, provocó  una gran convocatoria se reuniendo a familias de todas las tribus. La represión no tuvo límites ni medida. Porque de acuerdo al criterio del gobernador Fernando Centeno que la ordenó, debía servir de escarmiento para vencer toda clase de resistencia. La comunidad de familias reunidas, abarcaba hombres, mujeres y niños sin más armas que palos del monte. Rodeados por el ejército al que apoyaba la metralleta de un avión, después de aprisionar a los caciques castrados y empalados,  fueron fusilados  indiscriminada y cruelmente hombres , mujeres y niños. (se habla de cinco mil proyectiles disparados). Para sembrar mayor terror los agresores entraron en el cerco esquivando cadáveres para exterminar a los moribundos a golpes y culatazos. Pero,¿A qué se resistían los qom? A que habiendo sido ocupadas sus tierras por las empresas francesas e italianas para siembra y explotación del algodón,  exigían que consumiendo sus vidas y las de su familia en un trabajo inclemente y sin límites horarios, la compensación no fuera con alimentos sobrevaluados que les distribuían sino con salarios normales. El capitalismo, afirmado ya con sus tácticas opresoras encontró en la complicidad de los gobernantes, atraídos aparentemente con las ilusorias promesas de trabajo,  prosperidad y riqueza, el camino fácil de la expropiación.  Así se explica la actuación de mandatarios de la zona, aparecidos como agentes de conciliación entre las empresas mutinacionales y los aborígenes. “Conciliación” o muerte,  debió ser su consigna pacificante. La importante región norteña ocupada por tobas, mocovíes y wichis se transformó entonces en un ambicioso  objetivo a conquistar dadas, por una parte, las bondades de esas tierras vírgenes y, por otra, la facilidad de transformar a sus ocupantes en “mano de obra barata”, (delicado nombre capitalista para la esclavitud deshumanizante)

Fue hace mucho tiempo. Algunos nombres de las multinacionales han cambiado. También las complicidades de los gobernantes que, o hacen vista gorda o simplemente apoyan a los que con el rendimiento de los granos y la baja de retenciones esperan que sostendrán sus proyectos de mantenerse en el poder.

Las maniobras no son ahora tan abusivamente antihumanas como entonces. Pero los intereses sojeros transgénicos que traen detrás una inacabable cola de secuelas ecológicas, económicas y monopólicas son capaces de mover intereses sectoriales y lograr, con apariencias legales, que se destituya un gobierno democrático con un proyecto de más justa distribución y una reforma igualitaria. Paraguay es ya una constatación alarmante. Se puede argumentar que Lugo no tenía aparato político propio, que su vice presidente no lo acompañaba desde el comienzo, en su visión de la sociedad, que su apoyo a los sectores campesinos desalojados por la insaciable ampliación de la frontera sojera incitaba a la lucha de clases y perjudicaba a los inmigrantes brasileros. Lo cierto es que, fuera de todo lo previsible, una asamblea legislativa de un plumazo lo destituyó con la aprobación inmediata del estado Vaticano, Alemania, España y Canadá, siguiendo a los grandes hacendados paraguayos. Eso ya fue. ¿Qué será después?

 

 

 

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