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Homilías Dominicales. Domingo 28 de febrero de 2916 – 3ro. de Cuaresma Ciclo “C”. Por Guillermo “Quito” Mariani

Tema :(Lc.13,1-9)

Unos galileos cuentan a Jesús lo sucedido con sus compañeros cuya sangre hizo mezclar Pilatos con la de su ofrenda en el templo. Jesús descarta que ellos hayan sido más culpables que otros. Y se refiere a las víctimas del derrumbe de la torre de Siloé de quienes afirma lo mismo. Enseguida brota la lección: si uds. no se corrigen les sucederá peor.  Luego habla  de que un hortelano fue a buscar frutos a su plantación y no encontró los higos que buscaba. Dijo entonces al cuidador que arrancara ese árbol inútil porque ya había venido repetidas veces a buscar sus frutos sin lograrlos. El jardinero pidió que lo dejara un año más antes de cortarlo.

 

Síntesis de la homilía

Acostumbrados a pensar desde una catequesis proselitista que todo lo malo es castigo divino y lo bueno es premio el juicio de los galileos que contradice Jesús parece lo más normal ¿Quién sino Dios puede disponer arbitrariamente de la vida de tanta gente, ya sea permitiendo la impunidad de la maldad y el poder humano o provocando accidentes impensados? En realidad la profundidad del problema de la coexistencia del bien y del mal supera los razonamientos humanos y religiosos que de uno u otro modo recurren a disfrazar la realidad. La dualidad de la creación que indujo a muchas teorías de un doble principio y se trasladó al cristianismo confiriendo a la  figura  del demonio o tentador una categoría próxima a lo divino en cuanto a poder de posesión o manejo del hombre y el universo.  Los maniqueos (religión de origen iraní) llamaban a esos dos principios soberanos Ormuz (luz) y Ahriman(tinieblas) y así explicaban como trataba de hacerlo la mujer cartaginesa de San Agustín a su marido, la coexistencia del mal y el bien que tenía a los humanos como simples instrumentos ciegos de sus designios. Así, el mismo Agustín se enredó con dos  herejías: el pelagianismo y el mismo maniqueísmo.  Pensar en un Dios soberano de todo, autor del bien del que el mal es sólo reverso de la moneda, un principio de todo bien identificado totalmente con el amor en lo que nosotros imaginamos como tal actitud, resulta insuficiente para explicar todos los males que acontecen en el mundo, si bien muchos de ellos pueden ser atribuidos a la malicia humana, al pecado. Un Dios que “permite” como suele arguírse ya sería bastante cruel si su poder fuera suficiente para impedir esos males para sus “hijos muy queridos”.                                                                      Que Dios es una presencia indudable, de acuerdo a la intuición revelación del hombre primitivo, dado el hecho de la creación, de lo que existe, nos rodea y nos integra, parece una afirmación fundamental. Las religiones se fundan en ella y arman cada una su escenografía de intereses, poder, política, riquezas y superación  de los demás.

Pero se trata  de una presencia que nos incluye. Es lo que llamamos su Voluntad, su designio, del que formamos parte con todo el cosmos. En esto tropezamos con una vieja dificultad, la de los pensadores griegos: Un ser perfecto no puede mantener contacto con sus creaturas ni Dios con su mundo. La perfección divina ha sido establecida como fijación, como cosa terminada, como falta de variante y dinamismo, por más que las imágenes bíblicas (siempre antropomórficas) afirman lo contrario. Muy en contra del gran concepto bíblico del Dios viviente, del Dios de la vida, del Dios vivo, en lo que para nosotros sería constante dinamismo. Y allí entra también la “ausencia”. Porque lo que no se orienta de acuerdo a la gran y única ley del amor proclamada  hasta la  muerte por Jesús de Nazaret (desde la perspectiva cristiana) no  acepta su Presencia y  concluye en diversas tragedias.

 

P.D El razonamiento que además de novedoso parece complicado es como una respuesta a las preguntas ocasionadas por las últimas tragedias de nuestro mundo, sin explicación, sin justicia, sin reparación.

 

 

 

 

 

 

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