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Homilías Dominicales – Domingo 27 de Abril – 2do. de Pascua (ciclo “A”) Por Guillermo “Quito” Mariani

Domingo 27 de Abril  

2do. de pascua (ciclo “A”)

Tema (Juan 20,19-31)

Al atardecer del día primero de la semana estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos les dijo:”LA PAZ SEA CON USTEDES” Mientras decía esto les mostraba las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo “tengan paz” Como el Padre me ha enviado a mí yo los envío a  ustedes. Al decirles esto sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a quienes uds. los perdonen y serán retenidos a quienes ustedes se los retengan. Tomás uno de los Doce de sobrenombre “el mellizo” no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron ¡hemos visto al Señor! El les respondió: Si no veo la marca de os clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré. Ocho días más tarde estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás estaba con ellos. Entonces apreció Jesús estando cerradas las puertas y les dijo “La paz esté con ustedes” Luego dijo a Tomás : Trae aquí tu dedo, aquí están mis manos. Acerca tu mano y  métela en mi costado. Y en adelante no seas incrédulo sino hombre de fe.

Tomás respondió: Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Ahora crees porque me has visto. Felices los que crean sin haber visto. Jesús además realizó muchos otros signos en presencia de sus discípulos que no están narrados en este libro. Pero estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el mesías, el hijo de Dios, y creyendo tengan vida en su nombre.

 

Síntesis de la homilía

La narración de Juan nos trasmite la más completa de las visiones de los Doce, constatando una nueva presencia de Jesús en medio de ellos. Ya han transcurrido muchos años  cuando el  escritor de 4to. evangelio asume la tarea de convencer a quienes estaban influenciados por el gnosticismo, una doctrina que negaba la humanidad de Cristo reduciéndola a una apariencia, que el Jesús resucitado no era sólo un espìritu o un fantasma sino el mismo  hombre crucificado y muerto.

Esta intención aparece muy clara en el relato joánico y se completa con la actitud de Tomás que representando a todos los incrédulos,  recibe un argumento “ad hominem” tan contundente que resulta  imposible refutar.

El detalle de las puertas cerradas que responde al  inocultable miedo a los judíos que invadía a los discípulos, favorece también la idea del relator, de que a pesar de ser el mismo Jesús, el resucitado participa de cualidades y características distintas. Se sugiere así un modo de presencia y vida absolutamente distinto del meramente corporal.

Lo central del mensaje, además del saludo Shalom! que tiene tan profundo significado en hebreo, es el soplo con que Jesús entrega el espìritu, su intimidad y la del Padre, enviándolos como el mismo Padre lo ha enviado a él.

Nosotros estamos acostumbrados a hablar de la venida del Espíritu y eso colabora a imaginarnos y materializar una persona que, por añadidura, ha sido identificada por la tradición como una paloma. Juan, en cambio, presenta la entrega del espíritu como una trasmisión. El espìritu del Padre que quiere la realización de su reinado entre los hombres es trasmitido a Jesús, para que él haga su parte a través de su mensaje y su testimonio de vida Y ese espíritu comunicado desde el Padre y es trasmitido por él su  para que sus seguidores más íntimos imbuidos con él sigan cumpliendo con  la misión liberadora de redimir el pecado. De oponerse a lo que daña la dignidad o la felicidad del ser humano y de la sociedad. Y hacerse responsables concretamente de acciones y emprendimientos tendientes a esa liberación. Aquí aparece con toda claridad la misión de la Iglesia, los convocados, que tantas veces ha sido desfigurada con imposiciones, descalificaciones, esclavitudes y opresiones.

Cuando la teología tradicional, preocupada de buscar argumentos en la Escritura para justificar los recursos autoritarios de distintas expresiones sacramentales (significativas)impone diversas prácticas obligatorias se presenta este pasaje como decisivo para afirmar el poder eclesiástico de perdonar y condenar, de liberar o de recrudecer la opresión que pudo llegar hasta la Inquisición. En tiempos de Juan, no existían rastros de lo que nosotros hemos llamado mucho tiempo, usando lenguaje de tribunales, la confesión de los pecados.

La riqueza de este pasaje de Juan nos introduce entonces en la plenitud del sentido pascual de compromiso con la vida, la libertad y el amor como valores definitivos del Reino.

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