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Carta de nuestro párroco Victor Acha

Queridos amigos y amigas de La Cripta:

Hace poco más de un mes, cuando comenzó esta insólita experiencia de confrontación dentro de nuestra Iglesia de Córdoba  a propósito de la posibilidad de modificar una ley de la nación, manifesté en una homilía mi parecer al respecto y lo hice público también.

Acaba de concluir el debate respecto a esta ley con la aprobación de un nuevo instrumento legal para Argentina. Pero lo que no ha concluido es la situación interna que vive nuestra Iglesia y que excede los límites de Córdoba, porque se enmarca en una realidad que padece toda la Iglesia. La realidad de numerosas manifestaciones que la presentan con mensajes anacrónicos y actitudes que creíamos definitivamente superadas.

Así hemos tenido que asistir a un conflicto entre el Arzobispo de Córdoba y algunos sacerdotes, entre los cuales me encuentro, y con una situación grave en el caso del Padre Nicolás Alessio.

Si ampliamos la mirada descubrimos que estas situaciones de censuras, de condenas, de amenazas, de exclusiones de los que se atreven a pensar y opinar, tocan a la Iglesia católica en todo el mundo.

¿Saben ustedes que hay más de 300 entre teólogos, biblistas, moralistas, muchos de ellos de renombre internacional y de solvencia en sus especialidades, sacerdotes y también laicos, que han sido censurados por organismos del Vaticano? Por lo general el procedimiento  ha consistido en encomendar al Obispo del sospechado que exija retractación de determinadas manifestaciones y/o  escritos, para luego aplicar sanciones e imponer silencio.

Soy habitualmente prudente al manifestarme públicamente, pero ante estos hechos cualquier silencio puede ser complicidad.

Lo que ha sucedido en estos días ante la propuesta de modificación de la ley de matrimonio civil y que ha motivado expresiones y manifestaciones públicas diversas, hacia adentro de la Iglesia ha significado la aparición de mensajes y acciones alarmantes, como las manifestaciones increíbles del Cardenal Bergoglio en Bs.As., anunciando castigos de Dios, una guerra santa y la presencia del demonio.

Una vez más, como sucedió en otros tiempos y a propósito de cuestiones que comprometían el modo de pensar y actuar de la Iglesia como organismo oficial, se ha acudido a la convocatoria masiva en las calles y como en otros tiempos también, utilizando a adolescentes de escuelas católicas que escasamente entienden de que se trata.

El tema de la modificación de la ley ya ha concluido, y ahora el Estado ejercerá su poder de legislar asegurando la igualdad de derechos y deberes de un sector de la sociedad, lo cual es afianzar los derecho de todos especialmente de las minorías. Desde esta novedad habrá que continuar reivindicando otros derechos en razón de la debida justicia.

Pero la realidad de la Iglesia que he insinuado permanece. Y ante esto no podemos ser indiferentes.

Desde distintos sectores, tanto en el decir de pensadores e intelectuales, como en los comentarios callejeros, se señala que la Iglesia ha vuelto a los mecanismos de la Inquisición; que no se sitúa en la actualidad; que pretende un lugar en la sociedad propio de la cristiandad; que hoy dice defender la vida y el derecho de menores, pero silencia el actuar de sacerdotes y religiosos pederastas; que se niega estos derechos a los homosexuales, pero durante la dictadura militar la jerarquía o bien calló, o miró para otro lado, o toleró que muchos fueran cómplices de aquel genocidio.

Ustedes y yo nos reconocemos Iglesia y en esta condición intentamos ser fieles al Evangelio de Jesús, por eso duelen estas verdades y no porque se las diga, sino porque esto que se dice, sucede “en casa”.

Yo viví mi período de formación, y habrá sido la experiencia de muchos de ustedes,  mientras se celebraba el Concilio Vaticano II y me ordené en una Iglesia que había dado ante el mundo un signo evidente y claro de buscar caminos nuevos para anunciar el Evangelio y convocar a la fe; en una Iglesia que proclamó que las angustias y esperanzas de la humanidad eran suyas; que reformó la liturgia; que dio mayores impulsos al estudio, la investigación y la lectura masiva de la Biblia; que declaró y le creímos los de dentro y los de fuera, que ella quería y podía ser “luz del mundo” en fidelidad a Jesús.

Una Iglesia de la cual ese Concilio era una instancia de apertura, y un llamado a prolongarse, a enriquecerse y aún a superarse porque la vida y la fe son dinámicas.

Es la Iglesia que comenzó a reconciliarse con la modernidad y a incorporar en sus búsquedas, en sus mensajes y en sus acciones, el lenguaje y los contenidos de un nuevo modo de plantear la vida y la convivencia social, lo que por entonces se llamaba una adveniente nueva cultura universal.

Esa nueva cultura, la sociedad nueva de la que ella es expresión y cauce, la nueva época de la humanidad que ya es una realidad, nos reclaman un modo de presencia en el mundo, y unas actitudes como comunidad creyente, que asume que ya no es rectora y árbitro de la humanidad, sino compañera y servidora de todos.

Por este motivo la Iglesia no podía en el caso que nos ocupa, ni podrá mas, decirle al conjunto de la sociedad cuáles leyes y cómo debe aprobar. A cualquier comunidad religiosa le asiste el derecho y tiene la libertad de instruir a sus fieles en los criterios que considera acordes con sus principios y opciones, pero ningún credo, puede pretender imponer lo propio al conjunto social.

Hoy parece que aquella Iglesia soñada y concretada hace casi 50 años ya no está. Ha dado lugar a esta otra Iglesia de los miedos, de los integrismos y conservadurismos estériles, de la vuelta a los contenidos y a los símbolos de la cristiandad que terminó, de los métodos de control y manipulación que fueron propios de la peor época de la historia humana y la experiencia cristiana. La Iglesia no más del servicio, sino nuevamente del poder para dominar.

Ante esto me pregunto ¿la comunión a la que estamos llamados se construye con imposiciones de la autoridad? ¿si alguien manifiesta un pensamiento que no es compartido por quien tiene autoridad o por muchos otros, el camino es obligarlo a la retractación? ¿vamos a avanzar en la adecuación histórica de nuestros dogmas, imponiendo la aceptación de lo ya establecido sin buscar el discernimiento, la investigación y la formulación de nuevos modos de presentar el Mensaje de siempre? ¿en una cuestión como la que originó este conflicto se puede exigir alinearnos en una postura única y uniforme? ¿no se ha pensado el enorme servicio que prestamos a la misma Iglesia quienes nos atrevemos a investigar, a pensar y a proponer modos adecuados de entrar en diálogo con nuevas situaciones sociales?

Y en el caso de que alguien yerre en el camino ¿los métodos de persuasión pueden estar reñidos con la caridad o prescindir del diálogo?

En las situaciones que se dieron en nuestra arquidiócesis no fuimos invitados al diálogo sino a retractarnos de lo que pensamos y dijimos. Los sacerdotes hemos prometido obediencia al obispo en nuestra ordenación. Los años que llevamos en el ministerio, lo que hemos entregado de nuestras vidas en este servicio, lo que hemos compartido, padecido y gozado trabajando en la arqudiócesis, lo que hemos brindado con alegría y disponibilidad de nuestro estudio, reflexión y dedicación, a la Iglesia local y a muchos otros ámbitos, lo que aún estamos dispuestos a dar de nosotros mismos para el bien común, todo esto es el testimonio de nuestra obediencia.

Pero no se nos puede pedir una obediencia que nos obligue a renunciar a lo que en conciencia y siempre en búsqueda de fidelidad al Evangelio, hemos entendido y construido.

Mucho queda por decir en cuanto a la concepción del Matrimonio, al trabajo con y para la Familia, a la aceptación de la Homosexualidad como una condición de un importante número de personas, a sus derechos y deberes y a su capacidad para la Adopción. Pero detrás de esas realidades subyacen otras cuestiones que en realidad son el motivo de las posturas cerradas: me refiero a la cuestión de una concepción del poder, de la sexualidad el deseo y el placer humanos, del valor y lugar de la mujer en la sociedad, de la libertad y sus exigencias.  Son temas que junto a muchos otros merecen dedicación, investigación y elaboración de propuestas que se condigan con la realidad de esta humanidad del siglo XXI.

¿Es que tan poco claro fue  Jesús cuando se puso en el lugar de los pobres, de las víctimas, de los marginados de su tiempo? ¿Es tan difícil comprender que actualizar su Mensaje es actualizar su praxis que consistirá en estar con las minorías desposeídas, con los hambreados por el capitalismo inhumano, con los abandonados ya sea por el sistema o por las instituciones, con las víctimas de las discriminaciones de hoy?

El Mensaje del Evangelio nos da una orientación para construir nuestra fe y nuestra experiencia de creyentes; es una luz que nos permite ver por dónde nos abrimos camino para transitar la historia; pero no es un elenco de normas a cumplir, ni un tratado científico, ni se lo puede tomar como un recetario para encontrar respuesta a los desafíos que debemos afrontar en la vida. El Mensaje del Evangelio es único, pero se lee en cada momento de la historia descubriendo matices nuevos que permiten iluminar las cambiantes situaciones de la humanidad. Cualquier intento de utilizarlo para respaldar construcciones culturales o epocales lo convertirá en un mero argumento.

Trabajemos todos para que el Evangelio sea luz, que brille para iluminar la gran casa de la humanidad.

Padre Victor Saulo Acha

17-18 de julio de 2010

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