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Homilías Dominicales – Domingo 14 de diciembre de 2014 – 3ro de Adviento en el ciclo “B” del año litúrgico Por Guillermo “Quito” Mariani

 Tema (Juan 1,6-8 y 19-28)

Apareció un enviado de Dios que se llamaba Juan. Vino como testigo de la luz para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz sino el testigo de la luz. Este es el testimonio que dio Juan cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: ¿quién eres tu? El confesó sin ocultar nada sino que dijo abiertamente: Yo no soy el mesías: ¿quién eres entonces? ¿Eres Elías? No. ¿Eres el profeta? Tampoco, les dijo.- Entonces ¿Quién eres? dínoslo para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado. ¿qué dices de ti mismo? Y él dijo “Yo soy una voz que grita en el desierto: preparen el camino del Señor, como dijo Isaías. Algunos de los enviados eran fariseos y volvieron a preguntarle.¿Por qué bautizas entonces si no eres ni el mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan respondió: Yo bautizo con agua pero en medio de ustedes hay alguien a quien no conocen. El viene después de mí y yo soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Todo esto sucedió a orillas del Jordán en Betania donde Juan bautizaba.

 

Síntesis de la homilía

La redacción del evangelio de Juan que data de fines del siglo primero, con el desarrollo de varias comunidades cristianas, dirime en el comienzo, una cuestión disputada todavía en la que los discípulos de Juan el bautista, organizados también en comunidades, afirmaban que Juan era el enviado de Dios, rivalizando con los seguidores de Jesús en atribuir a uno u otro la dignidad de mesías. Por eso las preguntas inquisidoras de los enviados de los sacerdotes y levitas ante quienes el mismo Juan deja claro que no es ni el mesías, ni Elías señalado por Malaquías como anunciador y anticipo del día del Señor con venida del mesías liberador, ni otro profeta aludido por varias profecías y salmos

Las preguntas se refieren directamente al asunto de la autoridad para el baño de purificación, al que se daba mucha importancia como incitador a una purificación más profunda, prescritos en diversas circunstancias como introducción a las comidas y se observaba rigurosamente por la ortodoxia judía.

La actitud de Juan, a quien la popularidad de su figura y predicación podía haber halagado hasta hacerlo creer que realmente era el mesías, es realmente señera en la historia tantas veces repetida en las diversas religiones y también en la sociedad de personajes o grupos que admitidos y aclamados popularmente se agrandan hasta considerarse superiores como representantes de Dios cuando no a desplazarlo en la comunicación con los hombres endiosándose a sí mismos.

También podemos añadir a esta consideración, la actitud del apóstol Pablo que advierte sobre el peso que llegan a tener en la iglesia los “falsos profetas” con artimañas engañosas para presentarse como mensajeros de Jesús o del mismo Dios. Absolutante ungidos de su misma autoridad. La humildad de Juan que se confiesa indigno hasta de postrarse ante el que ha de venir, para desatar las correas de sus sandalias resulta ciertamente ejemplar.

El bautismo de agua, con la riqueza de significado de este maravilloso elemento de la naturaleza, engendrador de la vida, la frescura, la limpieza, la alegría y la transparencia no llega sin embargo a igualarse a la importancia que tiene para el ser humano, la limpieza de corazón. El espìritu del Dios Padre de todos, que a nadie se niega según la

afirmación de Lucas (11,13) y que es el verdadero y secreto promotor de la obra del reinado de Dios entre los hombres. Una realidad que debiera movernos a relativizar todos los ritos y costumbres piadosas que conservan para muchos la primacía en lo religioso, para adentrarnos en la valoración de las cualidades humanas de relación con los demás, que construyen realmente la comunidad fraternal necesaria y ansiada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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